Me despierto un poco desconcertada, me doy cuenta que me encuentro en la habitación de Sebastián, me giro solo un poco y la cama sigue vacía.
Me extraña que no este y me incomoda sentir ganas de ir al baño, pero no poder ir me fastidia más, necesito que me ayude a levantarme, no obstante me voy moviendo lentamente hasta estar más cerca de la orilla de la cama.
Logro levantarme aunque el dolor es menor por un rato mientras llego al baño, sentarme es una tortura, aun así lo logro y luego me muevo de nuevo hacia la cama, tomo mi celular de la mesita de noche del lado donde duermo le mando un mensaje a Sebastián para saber dónde está y espero por su respuesta, mientras lo hago el cansancio nuevamente me vence y me quedo dormida.
Me remuevo incomoda en la cama, siento el dolor intensificarse y esto me hace quejarme abro los ojos y noto que estoy llorando, pero de repente me asusto ya que una caricia en mi cabeza y unos dedos suaves recogen las lágrimas que se deslizan por mi rostro.
―Tranquila, soy yo ―la voz suave y ronca de Sebas invade la habitación y la tranquilidad vuelve a mi cuerpo ―Lo siento, esto no debió pasarte y muchos menos aquí donde se supone estarías más segura.
―No sigas torturándote, los accidentes pasan además estoy bien.
―Cómo me puedes decir que estás bien, si estabas llorando cuando llegue, te quejabas del dolor.
―Debe haberse pasado el efecto del analgésico, que horas son.
―Cómo me puedes decir que estás bien, si estabas llorando cuando llegue, te quejabas del dolor.
―Debe haberse pasado el efecto del analgésico, que horas son.
―Ya te toca el otro por eso me acerque y note que llorabas.
―Y en todo este cuento dónde estabas, te escribí ―se levanta colocando un gesto duro en su rostro. Se acerca a la mesita contraria a mi lado y toma los medicamentos que noto hasta ahora, también hay una jarra con agua y dos vasos a su lado.
Me tiende el vaso y una pastilla, la tomo de inmediato y luego me acomoda en la cama coloca otra almohada. Me arropa y se sienta cerca en el sillón.
―Por qué no te acuestas ―consulto desconcertada.
―Voy a cuidarte mientras duermes, no quiero que sufras más dolor.
―Pero puedes cuidarme desde aquí ―estiro mi mano y la toma entre las suyas ―basta de culparte, los accidentes suceden y no podemos controlar muchas situaciones esto no quiere decir que debemos dejar la vida a un lado.
―No estoy dejando la vida a un lado, solo que quiero estar pendiente, me angustia y molesta a la vez que te lastimes o que algo malo te pueda suceder, no lo entiendo yo quiero que todo salga bien, protegerte te necesito segura y a salvo porque eres mi mayor motivo para vivir, te amo.
Aprieto la mano que sostiene la mía y me muevo un poco para darle un beso en el dorso de esta, pero me sorprende ver que sus nudillos están rotos y enrojecidos, miro a su otra mano y se encuentra igual.
―Qué te pasó en las manos ―pregunto asombrada, si bien es algo no tan notorio, se ve lo lastimado en sus nudillos.
―Estaba boxeando ―lo miro extraña por su respuesta ― necesitaba desahogar la molestia o mejor la impotencia de saberte herida y no haber estado o hecho algo para evitarlo.
―No estoy tan lastimada, no puedes tomar cada cosa que me suceda de esta manera.
―No lo haré porque no sucederá de nuevo ―zanja y yo suspiro, me doy por vencida en este tema y me decido a dejarlo estar por los momentos, el medicamento comienza hacerme efecto y mis ojos se sienten pesados.
―Puedes ―murmuro bajito ya que las palabras se me enredan en la lengua y no logro pronunciar correctamente ―acostarte conmigo no quiero dormir sola, tampoco despertar y no encontrarte.
―De acuerdo, iré a cambiarme y volveré a la cama, duerme tranquila que no te dejaré en nuevamente sola.
―Aquí te espero ―es lo último que susurro.
―Ya te toca el otro por eso me acerque y note que llorabas.
―Y en todo este cuento dónde estabas, te escribí ―se levanta colocando un gesto duro en su rostro.