CAPÍTULO 3: El cobertizo de botes

731 Palabras
#BEN El hielo se convirtió en mi única verdad. Durante la siguiente hora no hice nada más que patinar hasta que los pulmones me ardieron y las piernas me dolieron, hasta que el mundo se redujo al ritmo simple y brutal de la cuchilla contra el hielo. El entrenador Harlan, un lobo viejo de la manada Riversong con gesto duro y un silbato que nunca dejaba, nos hizo pasar por ejercicio tras ejercicio. Sprints. Giros. Secuencias de pase que exigían precisión y ese entendimiento natural que tienen los lobos que han correr juntos bajo la luna llena. Yo no tenía nada de eso. Estaba solo en medio de todos, un extraño con un rostro conocido, y cada vez que el disco llegaba a mi palo tenía que pensar antes de moverme. Los demás lo notaron. Lo vi en sus miradas de reojo y en la forma en que Keller dejó de pasarme el disco después de que fallé un control que Evan habría hecho sin mirar. Pero Maddox siguió pasándomelo. Cada vez que tenía el disco, sus ojos me encontraban y me lo enviaba con un golpe limpio. Intentaba incluirme, hacer que “Evan” se sintiera parte del grupo, y su amabilidad dolía porque no la merecía. —Calder, patinas como si llevaras cemento en los patines —gritó el entrenador Harlan—. Hale, deja de cuidarlo. Si no puede seguir el ritmo, no tiene lugar en el equipo. Maddox iba a responder, pero negué con la cabeza. Él se fue hacia el otro extremo de la pista, y yo me quedé solo cerca de la línea azul, con el frío y mi torpeza. Japheth Vorn no me había hablado otra vez desde aquellas palabras que me desarmaron. Estaba dirigiendo ejercicios en el otro lado del hielo. De vez en cuando sentía su mirada sobre mí, pero cuando me giraba, él estaba concentrado en otros. Me dije que lo había imaginado. Que el acónito me estaba afectando. Que el cansancio me hacía ver cosas. Pero las palabras seguían ahí. Tu hermano. No tú. Todavía estaba quieto cuando el primer golpe del día me lanzó contra las tablas. El impacto me dejó sin aire. El dolor recorrió mi hombro y mis costillas, justo donde la faja apretaba. Saboreé sangre. Mi visión se nubló. Y debajo del acónito, mi lobo reaccionó con furia. —¿Qué haces, Keller? —dijo Maddox, colocándose entre nosotros—. No es un ejercicio de contacto. Keller se encogió de hombros. —Estaba en mi camino. Además, Calder debe aprender. Sus palabras eran un desafío disfrazado de broma. Lo había visto antes. Evan sabía manejarlo. Yo no. No lloré. Me enderecé despacio y lo miré. —La próxima vez —dije, con voz firme—, hazlo en un ejercicio de contacto. A ver qué pasa. Su expresión cambió por un instante. Luego Maddox intervino y todo terminó. —Vamos —me dijo—. Estás sangrando. Miré mi mano. Un corte pequeño. Nada grave. Pero me guió hacia la salida, y lo seguí. El vestuario estaba vacío. Me sentó en el banco y fue a buscar un botiquín. Volvió y empezó a limpiar la herida con cuidado. —Keller es un idiota —dijo—. Está celoso. Evan le quitó su puesto. Observé sus manos mientras trabajaba. Firmes. Cuidadosas. Cuando rozó mi muñeca, sentí una reacción que no tenía que ver con el dolor. Mi lobo se agitó bajo el acónito. No, pensé. No ahora. Pero no me escuchó. —Listo —dijo Maddox—. Como nuevo. Reí, apenas. Me ayudó a levantarme. Su mano fue cálida, firme, y tardó un poco más de lo necesario en soltarse. —Evan —dijo, más serio—. ¿De verdad estás bien? La pregunta quedó entre nosotros. Quería decirle la verdad. Todo. El hospital. El miedo. Pero no podía. —Estoy bien —dije—. Solo necesito tiempo. Me observó un momento largo. Luego asintió. —Si necesitas hablar, aquí estoy. Para eso es la manada. Asentí. Se fue, y me quedé solo. Me senté un rato, respirando, hasta que fui al casillero de Evan y saqué su teléfono. Lo había traído por si encontraba algo. No había mensajes. Nada. Solo una notificación. Un recordatorio para esta noche a las nueve. Lugar: viejo cobertizo de botes. No llegues tarde. O si no.
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