#BEN
El vestuario olía a sudor, a pulidor de plata y al trasfondo espeso y almizclado de demasiados lobos jóvenes apretados en un espacio demasiado pequeño. Me quedé en la puerta con la bolsa de hockey de Evan colgada del hombro y el corazón golpeando tan fuerte contra la faja de compresión que podía sentir el pulso en las sienes. Maddox ya había desaparecido entre una fila de casilleros, su voz clara mientras saludaba a alguien llamado Keller con un apretón de manos complicado que terminaba en un choque de hombros. Nadie me había notado todavía. Durante tres segundos preciosos, fui invisible.
Entonces, un pelirrojo fornido con un tatuaje de Ironmaw en el antebrazo levantó la vista de sus patines y se quedó inmóvil.
—Calder —dijo, y el nombre se extendió por la sala como una piedra arrojada al agua quieta. Las conversaciones se detuvieron. Las cabezas se giraron. Sentí una docena de miradas caer sobre mí, con distintos grados de sorpresa, curiosidad y algo más que hizo que la piel me hormigueara bajo la sudadera de Evan.
Eché los hombros hacia atrás y caminé hacia el casillero vacío que Maddox me había señalado antes, el que aún tenía un trozo de cinta blanca con el nombre de Evan escrito en marcador descolorido. Cada paso se sentía pesado. Mis zapatillas hacían un sonido húmedo sobre la goma del suelo. El acónito vibraba en mi sangre, un zumbido constante que mantenía a mi lobo quieto y en silencio, y agradecí ese entumecimiento aunque lo odiara.
—Pensé que te habías transferido —dijo el pelirrojo otra vez. Su tono era casual, pero sus ojos no. Me seguían como un lobo sigue algo que puede ser presa o rival.
—Cosas familiares —repetí por tercera vez esa mañana. Las palabras se estaban convirtiendo en un escudo, un mantra, una mentira que empezaba a creer—. Ya volví.
Algunos jugadores asintieron y volvieron a lo suyo. La mayoría no tenía suficiente interés como para cuestionar la historia. Evan había sido un estudiante transferido de Greymarch, un delantero talentoso con un disparo potente, pero sin raíces profundas en la jerarquía social de Westwood. Tenía amigos, claro. Maddox era uno de ellos. Pero no formaba parte del círculo interno de Ironmaw, y esa falta de protección probablemente era la razón por la que estaba en una cama de hospital mientras yo estaba aquí, usando su nombre como si fuera una armadura prestada.
Dejé la bolsa sobre el banco y la abrí despacio. El equipo de Evan seguía dentro, tal como lo había guardado la mañana en que se fue a casa. Hombreras. Coderas. Guantes que aún conservaban el leve rastro de su olor bajo capas de sudor y hielo. Levanté uno y lo acerqué a mi rostro antes de poder detenerme, y su aroma me golpeó con fuerza. Cedro, escarcha y ese filo limpio de una mañana de invierno. Mi hermano. Mi gemelo. La otra mitad de mí, inmóvil en una cama de hospital mientras yo fingía ser él.
Parpadeé y dejé el guante antes de que alguien notara el brillo en mis ojos.
—¿Necesitas ayuda con las hombreras, Ev?
Maddox apareció a mi lado como si lo hubiera invocado, ya medio vestido con su camiseta de práctica y unos shorts de hockey que caían bajos sobre sus caderas. Su sonrisa era fácil, cálida, y su aroma volvió a envolverme, limpio y dulce. Entonces lo entendí. Esperaba que me cambiara allí mismo, en medio del vestuario, rodeado de dos docenas de lobos que notarían de inmediato que “Evan Calder” llevaba una faja de compresión y tenía pecho.
—Estoy bien —dije rápido, demasiado rápido. La sonrisa de Maddox vaciló. Un destello de decepción cruzó sus ojos y desapareció, y la culpa me atravesó.
—Solo necesito un minuto —añadí, esta vez más suave—. Lo de la familia. Aún es reciente.
La mentira funcionó porque estaba cerca de la verdad. Su expresión se suavizó y me apretó el hombro con un gesto firme pero amable. Su mano era cálida incluso a través de la tela, y tuve que resistir el impulso de inclinarme hacia ese contacto.
—Tómate tu tiempo —dijo—. Te guardo un espacio en la esquina. Ahí sí sale agua caliente. —Me guiñó un ojo otra vez y se fue hacia las duchas.
Tomé el equipo y me dirigí a la esquina más alejada del vestuario, donde unos separadores ofrecían una mínima ilusión de privacidad. Mis manos temblaban mientras me quitaba la sudadera y me ponía la camiseta de práctica de Evan, ocultando la faja bajo una camiseta ajustada. Luego vinieron las hombreras, pesadas y extrañas, las coderas y el pantalón acolchado que ensanchaba mi figura. Agradecí el equipo. Ocultaba lo que no debía verse.
Estaba atándome los patines cuando el ambiente cambió.
No fue algo físico. Los calentadores seguían funcionando. Pero algo en el aire se tensó, una presión que hizo que todos se detuvieran y miraran hacia la puerta. Levanté la vista y sentí que el corazón se me detenía.
Japheth Vorn llenaba el marco de la puerta como una tormenta. Ya estaba vestido con el uniforme de práctica, el jersey n***o ajustado a su cuerpo, el cabello húmedo. Sus ojos grises recorrieron la sala con una mirada posesiva, y cuando se posaron en mí, escondido en la esquina, se detuvieron.
No apartó la mirada.
Yo tampoco pude.
El momento se estiró, tenso, vibrando con algo que no entendía. Mi lobo se agitó bajo el acónito, débil, y por un segundo intentó levantarse, atraído hacia él como si no tuviera elección.
Entonces Maddox se interpuso.
—¡Capitán! Te guardé sitio junto a Keller. Quiere enseñarte su disparo.
Japheth apartó la mirada de mí al fin. Observó a Maddox un momento y luego asintió. Caminó hacia su casillero. La tensión en la sala se disipó.
Pero yo no me sentí aliviado. Me sentí expuesto, como si me hubieran desnudado. Como si esos ojos hubieran visto más allá del veneno y de las mentiras.
Terminé de atarme los patines con manos temblorosas y me levanté.
El hielo me llamaba.
La pista era una catedral fría y silenciosa. Crucé la puerta, sentí las cuchillas morder la superficie, y por un instante todo lo demás desapareció. El miedo. Las mentiras. El peso del estado de Evan. Me impulsé hacia adelante, y mi cuerpo recordó.
Sabía patinar. Había aprendido junto a Evan, en el mismo lago congelado. No era tan rápido ni tan preciso, pero podía moverme con naturalidad.
El disco llegó a mí, enviado por Maddox. Lo controlé y avancé, esquivando a algunos defensores. La portería estaba delante. Disparé.
El disco golpeó el travesaño con un sonido seco y rebotó.
—No está mal, Calder —gritó Maddox—. Un poco oxidado, pero aún lo tienes.
Sonreí. De verdad. El aire frío quemaba mis pulmones y por un instante olvidé todo.
Entonces Japheth Vorn se acercó a mi lado, silencioso.
—Tu forma de patinar es distinta —dijo.
Las palabras fueron bajas, solo para mí. Tropecé y me giré hacia él.
—He estado fuera dos semanas —respondí—. Te lo dije. Cosas familiares.
Me observó en silencio. Sus ojos recorrieron cada detalle. Luego se inclinó un poco más cerca.
—Tu hermano patinaba como si huyera de algo —dijo con calma—. Tú patinas como si fueras hacia algo.
El mundo se inclinó.
Quise responder, negar, decir cualquier cosa. Pero no pude. No había dicho “patinas distinto”. Había dicho “tu hermano”.
Lo sabía.
El acónito seguía en mi sangre. Mi olor estaba oculto. Mi lobo encerrado. Y aun así, Japheth Vorn había visto la verdad.
No huí. No podía. Me quedé allí, esperando que me delatara.
Pero no lo hizo.
Se quedó mirándome un momento más y luego se alejó hacia el resto del equipo.
Me quedé solo en el centro del hielo, con sus palabras resonando en mi mente, mi secreto en manos de un lobo que aún no decidía qué hacer.
Y en algún lugar profundo, bajo el veneno, mi propio lobo despertó por completo y susurró una sola palabra.
Mío.