Iván
—¿Me estás jodiendo?
Levanto una ceja hacia la chica histérica frente a mí. —¿De verdad quieres que responda eso?
Estrecha sus ojos hacía mí. Jiménez y su equipo se ríen entre dientes y la fiera frente a mí es lo suficientemente salvaje como para gruñirles y fulminarlos con la mirada.
—Dejando la parte obscena a un lado —dice Jiménez ganándose otra mirada de la chica, muerdo mi mejilla para no reírme, pero ella ya está fulminando mi existencia—, todo es cierto. Eres una testigo potencial ahora y el objetivo principal de la organización a la cual tratamos de desmantelar desde hace tres años.
—Entonces —murmura cruzando sus piernas. Juro que ninguno de nosotros puede evitar mirar sus tonificados muslos. Si la tela de ese vestido sube un poco más... ella se aclara la garganta y frunce el ceño—, pervertidos —brama. Hala la sudadera que Henao le ofreció y cubre sus piernas. Qué lástima—. Siguiendo su línea de argumentos, ¿me están diciendo que si no me voy con ustedes para mañana estaré muerta? ¿Y todo porque descubrí a una organización de criminales a punto de asesinar a un hombre y por eso debo entrar a esto que dicen protección de testigos?
—Así es —dice Jiménez bebiendo su café. Lo miro, irritado porque él ya tiene su café y yo no.
—No puedo hacer eso, tengo una vida. Además mis padres, mi trabajo, mi casa y mi mascota me esperan.
—Si puedes, y debes hacerlo —hablo y trato de arrebatarle el café a Jiménez.
—Pero... no puedo simplemente desaparecer por unos días.
Resoplo y la miro. —No serán sólo unos días princesa, será el tiempo necesario hasta que esta organización esté desmantelada y tu cabeza no tenga signos de pesos sobre ella.
—Llévenme a casa.
—No.
—Miren —dice a punto de llorar—, yo no debí entrar a ese baño, lo entiendo. Pero tengo una vida, tengo muchas cosas que hacer con ella y no quiero irme y esconderme como un fugitivo. Se supone que debo estar desayunando con mis padres a esta hora. Si sólo desaparezco ¿qué pasará con ellos? Mis padres no van a descansar hasta encontrarme, se preocuparan y conociendo a mi madre, enloquecerá si no sabe de mí. —Suspira y se recuesta en el espaldar del asiento del auto—. Tengo que cuidar de Bonnie, alimentarlo, bañarlo y dejarlo dormir a mi lado. Mi jefe necesita que entregue el informe de ventas del mes pasado y mis amigas y yo tenemos muchas cosas que hacer.
—Lo entendemos.
—No —me interrumpe—, ustedes no entienden. No voy a irme, no puedo irme. Llévenme a casa por favor.
—Señorita Juliana...
—¡He dicho, llévenme a casa! —grita.
Miro a Jiménez y ambos tenemos una conversación silenciosa.
—Bien. —Jiménez toma el teléfono y envía un mensaje—. Sube al siguiente auto, mis chicos te llevaran a tu casa.
—Gracias —susurra, pérdida.
—Pero que quede claro —agrego ganándome su atención—, estás bajo alto riesgo, cuídate y mantente alerta. Si no quieres nuestra ayuda, nos alejaremos.
No dice nada, sólo se queda viéndome. Asiente y aleja su mirada de mí para ir al siguiente auto que la llevará a casa.
Todos la vemos subir en compañía de Crisanto, suspiro y recuesto mi cabeza en el asiento. El dolor es fuerte.
—¿No la dejaremos irse así no más, verdad? —pregunta Henao.
—Por supuesto que no —responde Jiménez por mí—. Ahora, ven chico —palmea mi hombro y hago una mueca por el dolor que se dispara en mi costado—. Tenemos que esconderte, los pesos sobre tu cabeza son mayores a los de esa chica.
—¿Podemos irnos ya?, estoy cansado. —Froto mis ojos y aprieto el puente de mi nariz.
—Andando.
—Apuesto a que más de uno va a soñar con la sexy juliana —dice Ramírez, ruedo los ojos internamente—. ¿Vieron esas tetas?, es una lástima que sea una testigo, ya la hubiera invitado a salir.
—Cállate —gruño y pateo su pierna.
—¿Qué? tú también estabas viendo sus atributos.
Suspiro. Los demás hombres sonríen. Niego con la cabeza y murmuro—. Sí, la chica tiene lo suyo.
Sería una lástima que todos esos atributos se perdieran.
—Levántate solecito, tenemos mucho que hacer.
Gimo y entierro mi cabeza más profundo en la almohada. Me duele todo, y siento como si no hubiera dormido en años.
—Tienes que presentar un informe y tenemos que organizar tu nueva identidad. He encontrado más mierda dentro de nosotros.
—¿Qué? —gruño.
—Jason está muerto. Lo encontraron está mañana en el basurero.
Eso hace que me levanté de la cama. Gruño por lo bajo cuando una ola de dolor se dispara por mi costado y mi brazo.
—¿Cuándo?
—Esta mañana. Mientras estábamos contigo y la señorita Juliana, Pérez y Maldonado lo encontraron. Fue torturado, su esposa y sus hijos ya están en PDT. Su hermano está desaparecido.
—Hijo de puta. —Paso mis manos por mi cabello, mi corazón latiendo a mil. Una imagen de Jason pasa por mi cabeza, su suave sonrisa y sus amigables ojos. Es una pena, el hombre era realmente uno de los buenos. Pobre de su esposa e hijos—. Los Urrego lo tienen, a su hermano.
—Es lo que supones también.
—Debemos encontrar al jodido sapo, y sacar a Jillian y a Martha, ellas serán las siguientes.
—Ya están en eso. Ahora vístete. Tenemos que sacarte de aquí. Jillian informó que el grupo se reunió en casa de Omar Urrego anoche, saben de tu escape y también de Juliana Sánchez. La orden es llevarte a ellos con vida y desaparecer a Juliana.
—Mierda, ¿Henao y Monsalve están custodiando su casa?
—Sí, acabo de enviar a Mendoza y a Coronado de refuerzo.
—No debimos dejar que se fuera —suspiro y camino hacia el baño de la pequeña habitación de hotel.
—No podíamos retenerla en contra de su voluntad.
—Ella corre peligro.
Se encoge de hombros y se deja caer en una de las horribles sillas. —Sí, pero la ley es la ley —murmura y enciende la televisión.
Niego con la cabeza y tomo una rápida ducha. Esa mujer es una tonta. Debió quedarse con nosotros.
¿Acaso lo que vio anoche no fue lo suficientemente real para ella? Recibí un disparo y casi nos matan. La chica de verdad no es consciente del peligro al cual está expuesta.
El teléfono de Jiménez suena cuando estoy colocando la camisa sobre mi muy magullado y herido cuerpo. La herida superficial en mi brazo ya fue curada pero duele. Con cuidado de no abrir los puntos, bajo la tela por mi torso.
—¿Qué? Ya vamos para allá, protéjanla y llévenla a una de las casas de seguridad. —Las palabras de mi amigo hacen un hueco en mi estómago.
—¿Qué sucede? —pregunto saliendo del baño.
—Los Urrego enviaron sus lavaperros a casa de la chica. Jillian acaba de informar que dos de sus unidades van por ella.
Me pongo tenso inmediatamente, busco mi arma y el resto de mis cosas.
—Vamos.
Me mira mientras marca de nuevo en su teléfono y habla. —Estén listos, las ratas van por la chica. Enviaré apoyo, Gómez y yo en camino.
Salgo de la habitación y corro, junto a Jiménez y otros dos de los hombres de nuestro grupo, hacia la camioneta que nos espera.
Julianita, si tan sólo hubieras escuchado.