Me desperté con el sonido de mi alarma y mi cuerpo se sentía como si hubiesen pasado diez millones de elefantes por encima de él. No creía, ni siquiera, poder caminar, así que, apagué la alarma y me quedé acurrucada a Uwe unos minutos más. El contraste de mi blanca piel con la de él, completamente tatuada, era como mirar una obra de arte. —Buenos días, Artemisa —dijo dándome un beso en los labios, al cual, correspondí gustosa —. ¿Cómo dormiste? —Buenos días, Uwe. Dormir, dormir, no mucho —respondí con una sonrisa de satisfacción. Él me miró con orgullo. —Esa es la sonrisa de una mujer completamente satisfecha —asentí dándole la razón y mi segunda alarma interrumpió de vuelta. Suspirando la apagué. —Tengo que ir a casa, aún tengo que alistarme para el trabajo. —Yo te llevo. —No sé si

