Muy a mi pesar, he de rebajarme, humillarme yo misma, por interés, por poder dar de comer al pequeño Juan, así que cojo mi móvil y lo enciendo. Llegan instantáneamente un montón de mensajes de llamadas perdidas y mensajes de texto de Sebastián. Tomo aire y le devuelvo la llamada. —¡Lina!, ¿dónde estás? —me pregunta muy serio. —Lo siento, Sebastián, siento lo de anoche —me disculpo forzosamente, no lo siento, se lo merecía. —Está bien, pequeña, ve a mi piso, voy para allí —me dice entonces con la voz más tranquila. No puedo evitar desconfiar por el tono de su voz, que de repente sea dulce y comprensivo, cuando anoche quería matarme, pero no tengo nada que perder ya. Llego a su piso, el portero me abre y me indica que el señor Velarde aún no ha llegado, así que me siento en el sofá de

