Pasa todo delante de mis ojos, Manolo fallece en cuestión de segundos, no podemos hacer nada para ayudarlo, cuando llega la ambulancia es demasiado tarde, todos estamos alrededor del cuerpo sin vida, prestando atención al sanitario que le toma el pulso y confirma lo que ya sabemos. Miro a Sebastián, a mí me duele, pero no puedo ni imaginar cuanto le duele a él, lo que debe sentir ahora mismo, dolor, tristeza, furia... —Sebastián... —susurro con los ojos llorosos tocándole el brazo. —Vámonos —me ordena cogiéndome de la mano. Obedezco, porque quiero, no porque lo haya ordenado, deseo hacerle sentir mejor, deseo no ver su mirada fúnebre y rota. Lo detengo cuando se va a sentar en el asiento del conductor. —No, yo conduzco —le digo. Él no responde, pero acepta, camina hacia el otro lado

