El Vuelo de Dos Corazones

1074 Palabras
Leidy descansaba en la cama, disfrutando de un cigarrillo mientras su mirada se perdía en el techo, como si buscara respuestas en las formas abstractas que emergían de la maltrecha pintura. El cuarto de hotel era compacto, y los gemidos provenientes de las habitaciones vecinas empezaban a volverse molestos. Opté por servirnos más bebida y aumentar el volumen de la música para acallar esos ruidos incómodos. Bebí de manera compulsiva y preparé otro trago para ella, pero su reacción fue impasible. Me recosté a su lado con un vaso en la mano y apoyé mi cabeza en el cabecero de la cama, decidiendo hacer lo mismo. Las enigmáticas manchas en la pintura parecían tomar forma de rostros humanos con expresiones desesperadas y melancólicas. —¿Sabías que nuestro cerebro tiene la capacidad de reconocer cosas, rostros y expresiones humanas o animales en lugares donde en realidad no existen? A esto se le llama pareidolia. Un profesor universitario nos ilustró cómo los artistas a menudo aprovechan este fenómeno psicológico en la creación de sus obras. Interesante, ¿verdad? —Leidy no respondió. —¡Hey! ¿Qué está pasando? —exclamé, intentando captar su atención. Ella emitió una tenue respuesta, me miró fijamente, se deslizó hacia la ventana y lanzó la colilla del cigarrillo a la calle. Después, agarró su vaso, dio un sorbo y vació lo que quedaba en él. La observé atentamente mientras ella regresaba a recostarse en la cama y retomaba su posición anterior, concentrándose en el techo, sumida en sus pensamientos. —No deberías hacer eso —le advertí. —¿Hacer qué? —Es repugnante arrojar cosas por la ventana y derramar la bebida. —No me importa. —Tu actitud es insoportable, Leidy… —¡Vete a la mierda, Malachi! —¿Qué te pasa? —Estoy embarazada, eso es lo que me pasa. ¿Qué futuro puede tener un bebé contigo como padre? —Probablemente nazca con problemas, afectado por el humo de tus cigarrillos y el alcohol. —Le respondí con rabia. —Idiota! —exclamó con furia. —Tu casa ha explotado, estás en la ruina, luchas contra la ansiedad y los ataques de pánico, te has sumido en el alcoholismo y el fracaso, y además, eres un engreído. —¿Qué estás diciendo, mujer? Mi ansiedad surge a causa de mi situación. Tú también tienes problemas con el alcohol, fumas como si el mañana no importara. ¿Por qué te quedas conmigo entonces? Si lo prefieres, puedes irte; nadie te obliga a quedarte a mi lado. —Inconsciente, ¿acaso no te das cuenta de que estoy embarazada? Dime, ¿qué planeas hacer al respecto? Nuestro hijo está en juego aquí, y necesitamos tomar decisiones juntos para asegurar su futuro. —Sus ojos reflejaban una mezcla de miedo y preocupación, esperando una respuesta que pudiera brindarle alguna esperanza en medio de la adversidad. —Estoy en búsqueda activa de empleo, y no debería pasar mucho tiempo antes de que surja una oportunidad. He mejorado considerablemente mis habilidades de diseño, lo que podría generar una gran cantidad de trabajo. ¿Realmente crees que me quedaré ocioso? Soy un hombre saludable y lleno de energía; esto es solo una mala racha. Estoy seguro de que eventualmente alcanzaré un éxito que ni siquiera puedo imaginar, y no planeo rendirme. Tengo esperanza, Leidy. — Leidy se abalanzó sobre mí, golpeándome en la cara y el pecho. Permití que liberara su ira durante un instante, luego la sujeté de los brazos para detener su ataque. Optó por patearme, apuntando a mis partes. La sostuve con más firmeza, envolviendo su cuerpo en mis brazos y la contuve, la deposité sobre la cama y retrocedí, manteniendo la mirada fija en ella. Serví otro trago y lo consumí. Me acerqué a ella y la besé con pasión. Su enojo se transformó en afecto, apreté sus piernas, deslicé un poco sus bragas y acaricié su v****a hasta que comencé a sentir la humedad, la penetré y moví mis caderas suavemente mientras ella suspiraba, continué a ese ritmo, y en un momento específico, percibí su orgasmo. Luego, la agarré con fuerza de las caderas y golpeé eufórico y me vine. Después del polvo, me recosté boca arriba, y ella reposó su cabeza en mi pecho con ternura, fundiéndonos en un abrazo de amor indescriptible. —Renunciaré al cigarro y a la bebida, quiero que el bebé nazca —anunció Leidy con determinación. —Definitivamente, lo lograremos. —Me parece una decisión excelente. Desde mi parte, te garantizo que encontraré un empleo gratificante, avanzaré, reabriré mi propio estudio y cuidaré bien al bebé. —Está bien —concedió. Los gemidos de las habitaciones vecinas finalmente se detuvieron, apagué el reproductor de música, y me detuve a pensar en el futuro mientras acariciaba sus senos. —¿Te lo imaginas? Tú y yo viviendo juntos en una preciosa casa, con un coche y un perro, rodeados de vecinos que nos respetan y admiran. Carlos nos visitará, y yo le serviré bebidas en nuestro elegante bar personal, luego tendremos conversaciones conmovedoras junto a la chimenea. Comeremos deliciosa comida juntos, hablando sobre lo bien que nos va y planeando nuestro futuro. Descubriremos lugares hermosos mientras nuestro bebé nace, sabiendo que disfrutará de una vida hermosa y tranquila llena de virtudes y encantos. —Eso suena verdaderamente encantador, mi amor. Juntos, construiremos un futuro lleno de alegría y amor, haciendo realidad cada uno de esos momentos especiales que imaginamos. Nuestra vida estará llena de aventuras y felicidad, y no puedo esperar para compartir cada uno de ellos contigo. —Así será, sin duda alguna. —¡Mira! —exclamó, levantándose junto a la ventana y señalando hacia el balcón de la casa de enfrente. —¿Qué ocurre? —Van a escapar. —¿Quiénes? —Los pajaritos —respondió. Efectivamente, observé con atención. En el balcón había una jaula, y uno de los azulejos más robustos había logrado abrir la puerta con su pico. Poco a poco, se acomodó para sostenerla mientras el otro azulejo aprovechaba la oportunidad para escapar. Como dos melodías al fin liberadas, las aves entrelazaron sus alas y volaron lejos de su jaula, tejiendo una canción de libertad en el cielo, elevándose hacia el sol. Leidy y yo quedamos maravillados, observando cómo los azulejos se convertían en pequeños puntos casi invisibles en el cielo. —¡Los hijos de puta lo lograron! —exclamé emocionado.
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