La cubierta del libro, de un rojo tan intenso como la sangre, exhibía un antiguo encanto en perfecto estado. Tanto la portada como la contraportada permanecían en silencio, sin revelar pistas sobre su contenido. Al abrir sus páginas, me encontré con una enigmática frase ilegible; al hojear rápidamente, descubrí que el texto estaba escrito en una desconocida lengua, ajena a mi comprensión.
—¿Lo puedo llevar conmigo? —Le pregunté a Carlos.
—¡Sí! —Respondió.
—Suerte hermano, cuídate mucho por favor. —Le dije.
Me incorporé de mi asiento, culminé el sorbo de vino y deposité la copa con suavidad sobre la superficie de la barra. Justo en ese momento, mi teléfono vibró insistente. Con un atisbo de desconfianza, respondí, mientras notaba la mirada curiosa de Carlos fija en mí.
—Aló.
—Hola, cariño.
—Aquí está Leidy —informé a Carlos. Él regresó su atención al whisky y a su meditación.
—Entiendo, amor. ¿Cómo estás? —contesté.
—Estoy bien, cariñito, gracias.
—Me alegra oírlo.
—Amor, estaba pensando… ¿A qué hora tienes planeado llegar? Resulta que mi prima vino a hacerme una visita y quería salir a dar un paseo. —Recordé que Leidy me había confiado su antipatía por su prima.
—En este momento estoy en casa de Carlos; tenemos algunos asuntos que resolver y planeamos volver en la noche.
—Perfecto, cielo. Voy a intentar estar antes para tener la comida lista cuando llegues.
—Te lo agradezco mucho, mi vida. Te amo —expresé antes de colgar.
Salí de la casa y Tatiana estaba acostada en el césped, Hank yacía echado a su lado mordisqueando la pelota.
—¿Qué te dijo? —Preguntó Tatiana al verme. Se puso de pie y estiró su falda para ocultar las bragas.
—¿Quién?
—Pues Carlos. ¿Quién más?
—Ah, sí, sí, quiero que vengas conmigo, te contaré en el camino. —Respondí.
—¿A dónde?
—A mi casa, necesito que me ayudes con algo.
—¡Claro! Dame un momento me despido de Carlos. ¿Llevamos a Hank?
—No, le necesitamos aquí, cuidando a Carlos.
—Bien. —
Tatiana se precipitó hacia el interior de la casa. Mientras tanto, acaricié la cabeza de Hank y me encaminé hacia el Jeep. Las zapatillas sucias ya no estaban. Tras revisar tanto la cajuela como las bolsas, ascendí al vehículo. Activé la radio, guardé el libro en la guantera y puse en marcha el motor. Apenas Tatiana subió a bordo, pisé el acelerador. Mientras avanzábamos, compartí con Tatiana los detalles del asunto, observando cómo su rostro reflejaba estupor ante lo que le contaba.
“Un Carlos, dos huevos, un Malachi, dos ojos, un perro, dos colmillos, una Tatiana, una esperanza. La esperanza será sometida y se transformará en venganza”.
—¿A qué se refiere cuando dice que yo soy la esperanza y que me convertiré en venganza? —Preguntó.
—No lo sé.
—¿Y la estúpida bolita de estambre?
—Ni idea. —Llegamos a mi casa.
—Espera aquí.
—Bien. —
Penetré en la casa en un silencio absoluto, agarré el destornillador y me dirigí a la cocina. Con sumo cuidado, destapé el calentador, constatando que el dinero yacía indemne; un suspiro de alivio escapó de mí. Devolví la tapa a su lugar y me encaminé al estudio de Leidy. Al intentar girar el pestillo, me encontré con que estaba cerrado con llave. De repente, resonaron gemidos profundos de un hombre al otro lado. Sin titubear, acumulando toda mi fuerza, asesté una patada a la puerta, que cedió ante mi embate.
Leidy reposaba en la cama en una posición provocativa, su cuerpo sin ropa adoptaba una postura sugerente mientras un hombre de tez oscura estaba junto a ella, manteniendo una intensa conexión. Sus manos sujetaban sus caderas con firmeza y acariciaban su piel con deseo.
—¡Malachi! —Exclamó Leidy, con su voz cargada de terror. El individuo quedó inmóvil, paralizado por el miedo.
—Oh, tu prima tiene una fea y palpitante v***a, gracias a Dios usa condón. —Les dije mirándolos con furia.
—No es lo que parece, cariño. Me ha ofrecido una generosa suma de dinero, y podría sernos de utilidad. —Explicó Leidy, apartando al hombre de piel oscura y empujándolo hacia atrás. El individuo permanecía inmóvil, sin saber cómo reaccionar. —
Di media vuelta y me dirigí hacia el Jeep.
—¡Tatiana, entra! —Exclamé. Leidy salió desnuda.
—¿Quién es esa zorra? —Exclamó Leidy en tono elevado al ver a Tatiana entrar en la casa, mientras el hombre moreno permanecía escondido en el estudio.
—Mucho gusto, señora. Soy Tatiana —dijo en tono cortés.
—Tienes un nombre peculiar —comentó Leidy, simulando un celo hipócrita, pero Tatiana optó por no prestarle atención.
—Tatiana, toma esta bolsa y ven conmigo —anuncié.
Nuevamente empuñé el destornillador y retiré la tapa del calentador. Esta vez, ejercí fuerza para forzarla, faltando apenas dos tornillos. Agarré los fajos de dinero y comencé a llenar la bolsa que Tatiana sostenía en sus manos.
—¿Y ese dinero? —preguntó Leidy.
—Soy millonario —le informé, entregándole un fajo. —Es para el bebé, quédate con el tipo sinvergüenza ese. —añadí con aspereza. Leidy derramó lágrimas.
Aproveché para recoger todos los libros que pude y los amontoné. Tatiana me ayudó a equilibrar la pila. Al pasar por el estudio, el hombre seguía petrificado.
—Sigue así, amigo. Voy a cargar esto en el auto, buscaré el arma y regresaré para acabar contigo. ¿Entendido? —le espeté.
Tatiana colaboró organizando los libros en el interior del Jeep, mientras Leidy permanecía junto a la puerta, llorando y sosteniendo el fajo en sus manos, exhibiendo sus tetas. El individuo, visiblemente asustado, aprovechó mi ascenso al auto para huir a toda prisa. Lo vi correr, sosteniendo sus jeans holgados y sin camisa.
Sin perder tiempo, nos alejamos de aquel lugar.