El Enigma del Libro Rojo y el Estambre n***o

1585 Palabras
Estacioné el Jeep a unos cien metros de mi apartamento, salí del vehículo y tomé la bolsa con el dinero en mis manos. Avancé, aunque sería más apropiado decir que flotaba, llevando consigo quinientos mil en efectivo. “¿Quién lo habría imaginado? Malachi, millonario. Nadie”. Con suma precaución, introduje la llave en la cerradura del apartamento y abrí la puerta lentamente. Me aseguré de que Leidy no estuviera a la vista, escuché sus sollozos y gemidos provenientes del estudio, asumiendo que estaba trabajando. Aproveché la oportunidad para entrar sin ser notado. Tomé un destornillador que estaba en la sala, me deshice de los zapatos y me moví sigilosamente hasta llegar a la cocina. Observé detenidamente el calentador, y sin pensarlo más, lo desconecté. Procedí a desmontar el compartimento, corté los cables con un cuchillo y saqué todo lo que pude del interior, dejando únicamente el serpentín y los quemadores. Un ruido me sobresaltó y escondí apresuradamente la bolsa en la nevera. No era nada de lo que debiera preocuparme, así que continué. Los gemidos y sollozos de Leidy seguían resonando desde el estudio. Saqué la bolsa de la nevera y empecé a llenar los espacios vacíos del compartimento con fajos de cien dólares. Metí otros dos fajos en mi bolsillo. Una vez vi que no cabía más, atornillé la tapa nuevamente. Miré lo que quedaba en la bolsa: cinco fajos. Los acomodé en mi pantalón, a un lado de mis huevos. Sintiéndome más tranquilo, me dirigí a la habitación. Preparé ropa limpia, guardé lo que quedaba de los fajos en los bolsillos internos de una chaqueta. Luego me duché, me vestí y toqué la puerta del estudio de Leidy. Los gemidos cesaron, y ella salió completamente desnuda. —Hola, mi amor. —Saludó con una sonrisa mientras sostenía un juguete húmedo en su mano derecha y me besó. —¿Cómo estás, cariño? —Súper bien, los clientes no paran de llegar. —Me alegra mucho, amor. Por cierto, conseguí trabajo. —Le informé, tratando de mantener la alegría en mi voz, aunque en realidad no necesitaba fingirla, ya que mi felicidad tenía otra causa. —¡Qué increíble, mi vida! Es una noticia maravillosa. Además, el bebé está por nacer y no podré trabajar en el estudio. —Sí, lo sé. Ya no tienes de qué preocuparte. Amor, toma. —Le entregué quinientos dólares. —¡Amor! ¿De dónde sacaste esta cantidad? —Estaba acompañando a un funcionario, y dan buenas propinas. Úsalo para comprar lo que necesitemos para el bebé. —Está bien, cariño. —Dijo Leidy con una sonrisa radiante. —Debo salir. —Anuncié. —Por cierto, el calentador está averiado, no lo toques. Voy a buscar a un técnico. —Claro, amor. —Respondió mientras me daba un beso apasionado y sensual. Sentí la humedad del juguete rozando mi brazo. Tomé la chaqueta con el dinero y salí del apartamento. Mi primera parada fue una barbería, donde arreglé mi cabello y barba, e incluso me hice las uñas gracias a la manicurista de al lado. Luego, entré al Centro Comercial. —Hola, ¿en qué puedo ayudarte? —Saludó una joven rubia, de figura exuberante y baja estatura. —Necesito ver los trajes y también requiero un cesto de basura. —Expliqué. —No vendemos cestos de basura. —Informó. —En realidad, el cesto es para deshacerme de lo que llevo puesto. —Ah, entiendo. Está bien, allí hay uno. —Señaló hacia el área de desechos. —Permíteme mostrarte la ropa; tenemos opciones casuales y deportivas. —Me gustaría ver ambos tipos. —Solo para informarte, la ropa en esta tienda es exclusiva. —Eso no es problema. Por cierto, ¿cuánto ganas al mes? —¿Qué? Gano el salario mínimo más beneficios legales. —Entiendo. ¿Ves ese Jeep afuera? Es mío. Te daré el doble si vienes conmigo. —¿Adónde vamos? —A un hotel. —¡Disculpa! ¿Crees que puedes faltarme al respeto solo porque tienes dinero? —Mis disculpas. ¿Me podrías hablar de la ropa, por favor? —Hmm, ya no tengo interés en venderte nada. —De acuerdo. Entiendo. —Asentí con cortesía y me retiré de la tienda. Dirigí mis pasos hacia otra tienda y me permití una jornada de compras extravagantes. Adquirí prendas tanto para hombres como para mujeres: Louis Vuitton, Chanel, Hermès, Gucci, Cartier, Dior, Saint-Laurent, e incluso un Rolex. El calzado no se quedó atrás: Christian Louboutin, Jimmy Choo London, Aquazzura, Gianvito Rossi, Stuart Weitzman, Charlotte Olympia. Cargué el Jeep con las bolsas de compras y me dirigí a la casa de Carlos. En el camino, mientras pasaba por el Poblado, divisé una sala de ventas con propiedades en oferta que me llamó la atención. —Buen día, adelante. ¿En qué puedo ayudarte? —Saludó una rubia de estatura baja y atractiva. —¿Cuánto cuesta la casa? —Pregunté. —Ochenta mil, si lo deseas, puedo revisar tu historial crediticio y ofrecerte cómodas cuotas mensuales. —No, gracias. ¿Aceptan efectivo? —Por supuesto, caballero. —Permíteme una pregunta. ¿Cuánto ganas al mes en tu trabajo? —¿Qué? Un poco más que el salario mínimo. —¿Ves ese Jeep n***o afuera? Es mío. Te daré el doble si… — La chica aceptó mi oferta. Fuimos a un hotel y luego contraté a un particular para que la llevara de vuelta a la sala de ventas. Conduje el Jeep hasta la casa de Carlos. Tatiana estaba en el jardín, jugando con Hank. Lucía una espléndida minifalda blanca, suelta y sexy, irradiando una presencia embriagadora. Hank corría a su alrededor, haciendo que la minifalda se alzara y sus atributos resaltaran; sin embargo, recordé el incidente en el que Hank había arrancado de un mordisco las bolas de su padre, Gamba. A pesar de eso, Tatiana jugaba despreocupada y disfrutaba del momento junto al perro. Hank corría alegremente, dejando ver su sonrisa y, a veces, un vistazo fugaz a sus bragas. Parecía que Hank estaba determinado a brindar felicidad, incluso si eso implicaba un acto drástico. Tatiana agarró el collar de Hank firmemente y, con un movimiento ágil, introdujo su mano delicada en su boca, dominándolo para que soltara la pelota. Sin embargo, Hank luchaba por el juguete, tirando enérgicamente, lo que hacía que la minifalda de Tatiana subiera aún más y sus atributos saltaran de manera trepidante. Era evidente que Hank tenía un espíritu altruista, preocupado por el bienestar de Tatiana. Salí del Jeep y me acerqué a ella, caminando unos pasos mientras admiraba su atuendo. No obstante, al pisar algo blando y viscoso, un olor desagradable se liberó al instante. Al mirar hacia abajo, descubrí que mis nuevas zapatillas de ochocientos dólares estaban manchadas con una masa repugnante, cortesía de Hank. Incluso parecía que el perro se burlaba de mí. Tatiana se acercó y preguntó qué había sucedido. Mientras intentaba limpiar mis zapatillas, ella se percató de mi situación y no pudo evitar llamarme "cochino". Hank observaba la escena con aparente inocencia. Me cuestioné qué tipo de alimentación le proporcionaban al perro. Afortunadamente, tenía más zapatillas en el Jeep. Después de intercambiar algunas palabras con Tatiana, decidí tomar las Jimmy Choo London que estaban en su caja. Con cuidado, utilicé el envoltorio para eliminar el barro y me las puse. Dejé las zapatillas sucias cerca del Jeep. En un momento de distracción, Hank saltó sobre mí, dejándome cubierto de pelo y baba, lo que hizo que Tatiana soltara una risa contagiosa. Reflexionando sobre la situación, me di cuenta de cómo el dinero estaba influyendo en mis prioridades. Tatiana me abrazó y me hizo darme cuenta de que estaba experimentando una liberación. —¿Dónde está Carlos? —pregunté. Tatiana bajó la mirada y respondió: —Está en casa, se ve preocupado pero no me ha dado respuesta. Habla con él y cuéntame, yo seguiré aquí con Hank. —De acuerdo, lo buscaré y luego te informaré. Por cierto, Tatiana, llevas una bonita falda. —Le guiñé un ojo, provocando un ligero rubor en sus mejillas, antes de que ella volviera a jugar con el perro. Al entrar en la casa, percibí una atmósfera pesada. En la sala, Carlos estaba sentado, bebiendo Jack Daniel’s y sosteniendo un libro con una expresión obsesiva mientras buscaba algo en sus páginas. —Hermano, —lo saludé. Me miró pero siguió buscando. Serví una copa de vino en el mini bar y me senté a su lado. —Socio, estamos en aprietos. —Admitió, sin dejar de hojear el libro. —¿Por qué? —pregunté confundido. —Mira esto. —Mostró una bola negra de estambre. —¿Qué es eso? —Un enigma. —Explicó. —¿Un enigma? No entiendo. ¡Explícame de una vez! —Alguien quiere jugar, hermano, alguien que exige su turno. —¿La caleta? —Inferí rápidamente. —Eso temo. Cuando volví de Córdoba con el dinero, hallé una caja cuidadosamente colocada en mi cama. La abrí y encontré objetos junto a una nota. —¿Qué nota? —Toma, aquí está. — La nota decía lo siguiente: “Carlos, dos huevos, Malachi, dos ojos, perro, dos colmillos, Tatiana, esperanza. La esperanza será sometida, convertida en venganza”. —¿Qué diablos es esto? —Sentí un palpitar de temor desde la cabeza a los pies. —¿Alguna pista? —le pregunté. —Sí, este maldito libro también estaba en la caja.
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