La Caleta

2064 Palabras
A pesar de los obstáculos, la esperanza perduraba al confiar en la autenticidad de la información proporcionada por Tatiana. Al regresar a casa, me encontré con Leidy descansando en la cama, inmersa en una novela romántica cliché que había adquirido en el mercadillo. —Hola cariño. —Mis labios se unieron a los suyos, y su respuesta tranquila me alivió, indicando que mi ausencia no la había incomodado. —¿Cómo va tu búsqueda de empleo? —Estoy seguro de que pronto lograré conseguir uno. —Le aseguré, compartiendo mi optimismo. —¿Y cómo está nuestro bebé? —Está bien, sus pataditas son constantes. Será igual a ti. —Rozando su vientre, expresé mi amor. —¿Cómo va la lectura? —Voy en la parte en la que Michael le pide matrimonio a Laura. Casi derramo lágrimas. —Sus ojos brillaban de emoción. —¡Qué emocionante! —Exageré mi entusiasmo, aunque ese tipo de literatura no fuera lo que más me interesaba. Mi habitación albergaba una extensa biblioteca que había ido construyendo a lo largo de los años, gracias a mis visitas quincenales al mercadillo, donde adquiría un libro y una botella de vino artesanal. Este ritual se convirtió en una costumbre adoptada tras una noche de juerga en mi adolescencia, guiada por mi antiguo amigo barbado y filósofo llamado Abrahán. Fue él quien me introdujo en la filosofía estoica, desde Séneca, Epíteto, Zenón hasta Marco Aurelio. Con el tiempo, mi interés se expandió y exploré otras corrientes filosóficas, desde Diógenes, Sócrates, Platón y Aristóteles, hasta Hermes y Espinoza. Luego me sumergí en pensadores contemporáneos como Nietzsche, Schopenhauer, Hegel, Heidegger y Foucault, entre otros. Finalmente, me adentré en las obras de novelistas y poetas como Camus, Dostoievski, Kafka, Hemingway, Poe, Baudelaire, Vallejo, Tolstói, Chejov, Cortázar y Borges; Bukowski capturó por completo mi atención. Tras la inmersión en tantos libros, el pensamiento de poner fin a mi vida cruzó por mi mente. Sin embargo, decidí perseverar, cuidando de mantener la biblioteca impecable, disfrutando de tragos y aventuras pasajeras. Diariamente, con escobas y paños, eliminaba meticulosamente el polvo, y gradualmente los desvaríos cedieron. Lo curioso de esta historia radica en que, después del inoportuno estallido debido a la fuga de gas en mi hogar, la única estructura que emergió ilesa fue la biblioteca. Este acontecimiento se erigió como un auspicioso presagio, una señal clara. En pleno baño, el móvil interrumpió el flujo del agua. Dejé el jabón, cerré el grifo y contesté la llamada. —Hola. —¡Hermano! —Carlos, ¿cómo van las cosas? —Tatiana y yo estamos listos. —Estoy enjabonado hasta las bolas. Dame media hora. —Entendido. —La llamada se cortó. Llevé a cabo una minuciosa higiene, cuidando cada detalle: lavé a conciencia mi culo y después, me vestí con lo primero que encontré, agregando mis Ray-Ban y una gorra negra. —Hasta luego, cariño, tengo que seguir buscando trabajo. —Cariño, Laura traicionó a Michael con el jardinero y él decidió poner fin a su vida. —Me parece bien. —Comenté. Le di un beso apasionado, acaricié su vientre y le entregué cien dólares. —Cuídate, mi amor. —Ella sonrió. Me despidió con una palmada en las nalgas mientras salía, sintiéndome en paz. Llegué al porche de Carlos y divisé a Tatiana en el Jeep, inmersa en la melodía de la música electrónica, aún evidenciando la influencia del LSD. Su belleza irradiaba esplendor. Vestía un fascinante top deportivo y ceñidas licras negras, su presencia destacaba. —Hola, Tatiana. ¿Cómo estás? —¡Cielo! —Respondió, siguiendo su trance sin interrupción. Carlos salió con un par de palas y las colocó en el maletero del jeep. —Malachi, busca las armas, tú serás el conductor. —Ordenó. —¡Ya rugió! —Exclamé. Nos dirigimos hacia la Circunvalar y nos adentramos en la autopista; Tatiana ocupaba el asiento del copiloto, disfrutando de un porro mientras sus curvas se movían con cada irregularidad del camino. Carlos, en la parte trasera, relajado, sujetaba a Hank por su collar, permitiendo que el perro asomara la cabeza por la ventana, demostrando su alegría. Aceleré con determinación. —¿Cuál es la ubicación exacta? —Pregunté a Tatiana. —Noroeste, Córdoba. A unas ocho horas máximo; mejor hubiéramos elegido el avión… —Tatiana, ¿cómo pensabas pasar esa cantidad de dinero por el aeropuerto? —La cuestioné seriamente. —Por eso te admiro, por tu agudeza. —Elogió idealizando. Anticipándome, maniobré el Jeep sobre un bache considerable, haciendo que sus tetas saltaran y también divirtiendo a Carlos. A mitad del trayecto, nos detuvimos en Caucasia, en un lugar de interés turístico para descansar, comer y tomar algo. Una impresionante vista se extendía hacia el Río Viejo, donde jóvenes hermosas junto a sus respectivos sugar daddies disfrutaban del canotaje y la pesca. Mi mente vagó, imaginando a Tatiana y a mí compartiendo esas actividades. Sin embargo, la perspectiva del dinero me trajo un alivio inigualable. Carlos me sacó de este sueño lúcido e indescriptible al ofrecerme una cerveza fría. Tatiana entablaba amistad con algunas acompañantes que habían escapado de sus sugar daddies, mientras Hank, completamente emocionado, olisqueaba a su alrededor. —¡Vamos! —exclamó Carlos. —No podemos perder más tiempo. —Asentí decidido. El resto del trayecto transcurrió en silencio, como si estuviéramos sumidos en un sueño lúcido, cada uno a su manera. Tatiana personificaba a una tentadora y desgastada chica adicta, víctima de su adinerado padre; Carlos encarnaba a un enigmático y robusto hombre cargado de riquezas ilícitas; y yo, el menos afortunado, me presentaba como un menospreciado infortunado, un ser de ojos verdes y un gran atributo, sin más ambiciones que disfrutar de unas bebidas en modestos alojamientos. Llegamos a Córdoba y Tatiana me indicó un camino rural llamado Los Pericos. Recorrimos una larga distancia hasta llegar a un cruce. Con un gesto delicado, me señaló hacia la derecha y descendimos por un angosto sendero que nos llevó a una parcela, donde se extendían amplios campos de cultivo de plátanos. —Hemos llegado. —Afirmó con convicción. Salimos del vehículo; Carlos aseguró a Hank con la correa, nos armamos y cargamos los cartuchos en las recámaras. Preparados para actuar, quince cartuchos por cargador, dos cargadores para cada uno. Acomodé mi arma en el cinto y tomé las palas, colocándolas sobre mi hombro. —¿Listos para esto? —Preguntó Tatiana. —Preparados. —Cantamos al unísono Carlos y yo. Tatiana asintió con determinación y comenzó a avanzar. Observé su culo, seguro pero tambaleante, firme y constante como los rayos del sol. Atravesamos un alambrado de púas y saltamos sobre una irregularidad en el terreno. En ese momento, aproveché para tomar un plátano y guardarlo en mi bolsillo. Fue entonces cuando divisé a una serpiente de apariencia venenosa deslizándose sobre la tierra reseca. —¡Cuidado con la serpiente! —Alerté. Tatiana saltó hacia atrás con un grito entrecortado, y en un movimiento instintivo, se refugió en mis brazos entre sollozos. —¡Vámonos, vámonos! —Gritó agitada. La sostuve, colocando mi mano sobre su boca y señalando hacia la criatura. —Está tranquila, es una boa, no es venenosa. Manténganse a distancia y estarán bien. —Aclaró Carlos, intentando calmar la situación. Continuamos, Tatiana se detuvo junto a un espinillo. —Caven aquí, en la raíz del árbol. —Sugirió Tatiana. —De acuerdo. —Le respondí. Carlos aseguró a Hank a un árbol y me pasó una pala. Comenzamos a cavar en medio de un calor insoportable. La tierra, dura y reseca, nos desafiaba con cada palada. Anhelaba una cerveza helada para aliviar la sed, pero seguí cavando incansablemente. —Sigamos adelante. —Instó Tatiana. —No debe estar muy profundo. Esa afirmación me inyectó determinación, y continué cavando junto a Carlos. Cada uno de nosotros hundía la pala en la tierra: tres paladas, cinco, diez, quince. El esfuerzo me empapó de sudor, percibí mis bolas húmedas y tibias. ¡Clac! La pala de Carlos chocó contra algo sólido. Nos miramos, con las frentes perladas de sudor, y nos agachamos, usando nuestras manos para despejar la tierra. Ahí estaba, la lata; lo supimos de inmediato. Trabajamos arduamente para limpiar el área, liberamos la caneca de su escondite y aplicamos todas nuestras fuerzas, los tres juntos. Mi mirada se encontró con la de Tatiana, y lo mismo ocurrió con Carlos. Tiramos, centímetro a centímetro, luchando contra la resistencia. Persistimos en nuestra labor, y finalmente triunfamos al sacar el cilindro hasta la superficie. Una hermosa caneca azul de doscientos litros yacía ante nosotros, un espectáculo cautivador. Lágrimas nacieron en mis ojos, mezclándose con la tierra, lágrimas de tierra y felicidad. Desajustamos los seguros, la tapa cedió, y dirigimos nuestras miradas al interior con expectación. Fajos de dólares yacían allí, eternos, silenciosos y poderosos. La caneca estaba repleta, superando con creces las expectativas de Tatiana. —¡Lo logramos, maldita sea! —Exclamó Carlos, lleno de euforia. Lloré en silencio, una sonrisa iluminó mi rostro. Tatiana besó a Hank y nos abrazó a ambos, a Hank y a mí, ignorando a Carlos. ¡Click! Un sonido repentino, el martillo de un arma, resonó detrás de nosotros. —¡Quietos, hijos de puta! —Era una voz grave y ruda. Hank emitió un gruñido cargado de furia y desesperación, Tatiana dejó escapar sollozos, mientras Carlos y yo quedamos atónitos, petrificados. Ya había enfrentado el absoluto terror en el pasado, consciente de la oscuridad que me rodea, de ser nada más que un fugaz destello, un error cósmico, una ilusión del universo, una casualidad delirante suspendida en una fracción infinitesimal de espacio y tiempo. La escena era dantesca, con Gamba en el centro portando una Colt 45, brillante y plateada como un ángel de la muerte. Su aspecto repulsivo contrastaba con su letal determinación al apuntar directamente hacia mi cabeza. —¡Papá! —Ella pronunció en voz baja, su palidez y malestar eran evidentes, sus ojos fijos en el suelo erosionado. —Déjanos ir, y te prometo que no volverás a saber de mí; yo misma pondré fin a mi vida. — El miedo en Tatiana dejaba en claro el terrible peligro en el que nos encontrábamos; ella conocía a su padre y sabía muy bien de lo que era capaz. —Y tú… maldito hijo de puta. —Dijo Gamba, dirigiéndose a Carlos. —Sabía que estabas detrás de todo esto, por eso envié espías a tu casa. —He venido a cobrar lo que me debes. —Respondió Carlos, extendiendo el brazo derecho como si quisiera tocar el cielo. Hank permanecía en silencio, mostrando sus colmillos. Gamba liberó una carcajada desagradable y perturbadora. —¡Oh! No se le puede deber nada a un cadáver. —Replicó Gamba. Con lentitud, reposicionó el cañón de la Colt 45 hacia la cabeza de Carlos. Carlos cerró el puño de su mano derecha alzada, le lanzó a Gamba una mirada siniestra y esbozó una sonrisa, mientras el estampido de un disparo rompía el crepúsculo. Diez hombres vestidos con uniformes camuflados y armados con rifles de francotirador emergieron de la vegetación y abatieron a los gorilas; uno de ellos arrebató con otro disparo la Colt 45 de la mano de Gamba y lo alineó. —Vine por lo que me debes. —Dijo Carlos, imponiendo su palabra y añadió: —Y para mi buena fortuna, sí se puede cobrar algo de un muerto. Carlos soltó a Hank, y el perro saltó de inmediato, incrustando sus colmillos en las partes íntimas de Gamba de manera terrible. Gamba gritó de dolor, luego Carlos tomó su pistola del cinto y con un único disparo acabó con Gamba, su cuerpo sin vida y con las partes afectadas sangrantes cayó hacia atrás. El silencio tejía su hechizo sobre la escena, enredando la relatividad del tiempo. Permití que mi cuerpo exhausto se doblara, apoyándose en las rodillas. Mis manos, temblorosas y llenas de temor, se posaron sobre la tierra cálida y erosionada, mientras intentaba comprender todo lo que había ocurrido. Los hombres bajo las órdenes de Carlos trabajaron excavando cuatro tumbas. Tatiana, en un momento íntimo, compartió palabras con el cuerpo sin vida de su padre. Mientras tanto, Carlos, con una presencia surrealista, de aspecto heroico e imperturbable, posó su mirada sobre la montaña de dinero, dotando a la escena de un aire inhumano y estoico.
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