Al despertar, revisé w******p y me encontré con dos mensajes: uno de Carlos y otro de Catalina. Enfocando mi atención en el mensaje de Catalina, lo abrí de inmediato.
“Hola Malachi, ¿cómo estás?”, había escrito, acompañando su mensaje con un emoji triste. Intrigado, respondí: “Todo marcha bien. Gracias a Dios. ¿Qué pasa con el emoji? ¿Hay algo que necesite saber?”
Mientras esperaba la respuesta de Catalina, revisé el mensaje de Carlos. “Malachi, hermano, tengo una propuesta de negocio en mente para ti, considerando tu situación laboral actual. ¿Podrías visitarme en casa? Espero que sea pronto.”
Catalina respondió al mensaje con noticias predecibles. “John volvió a lastimarme y se fue a vivir con su mamá”, escribió. Dejé el mensaje en visto y decidí tomar un taxi hacia la casa de Carlos.
El taxi me dejó frente al Porsche, donde estaban estacionadas la imponente Himalayan 400 y un elegante Rubicon n***o. Un hermoso Doberman descansaba junto a la puerta. “¡Hank, amigo! ¡Ven aquí, buen chico!”, exclamé, saludando al perro con cariño.
Después de saludar a Hank, pulsé el timbre de la casa y, mientras esperaba una respuesta, aproveché para responderle a Catalina: “Ese individuo pagará por esto, me aseguraré”. “No, Malachi, aún lo amo”, escribió. Una vez más, dejé el mensaje en visto, esta vez de manera definitiva.
—¡Malachi, amigo mío! —Carlos exclamó con alegría, estrechándome en un fuerte abrazo que se complementó con un firme apretón de manos. —Adelante, pasa, siéntete como en tu propia casa.
—Gracias.
—Tengo Jack Daniel’s o Johnnie Walker.
—¿Honey?
—Sí, pero ese es para las furcias.
—Dame el de las furcias. —Le dije.
Carlos preparó un vaso y me lo pasó, luego se acomodó frente a mí, su expresión denotaba seriedad palpable.
—Dime, Carlos… ¿Para qué soy bueno? —Pregunté, mi nariz capturando el aroma del Jack Honey.
Carlos miró fijamente y respondió con franqueza:
—Hay un viejo marica que me adeuda cincuenta mil dólares, y está intentando evadir su responsabilidad. No me queda otra opción que forzarlo a cumplir. Si decides echarme una mano… estaré dispuesto a compartir contigo la mitad de lo que logremos recuperar.
—Es demasiado dinero, nunca he poseído tanto. ¿Cuál es el plan?
—Tengo una hermosa M1911, indocumentada, nueva, limpia, será tu herramienta junto con el Jeep y otras tantas incluidas en el plan. Vas a secuestrar a la hija de ese viejo. Pensándolo bien, no quiero los cincuenta mil, quiero doscientos. El trato sigue igual.
—¿Cien mil para mí?
—¿Estás sordo o qué? Los cien mil, el Jeep y el perro.
—Sírveme algo más fuerte mejor —le dije, con voz entrecortada a causa del inesperado golpe de esperanza.
Tomé el volante del Jeep y me dirigí hacia la dirección proporcionada por Carlos, que incluía una foto del individuo junto a su hija. Era la intersección de la avenida El Poblado con la calle quinta, en el número 56-18.
Una vez allí, adquirí varios paquetes de frituras y estacioné el vehículo cerca de la residencia, preparado para la espera. Pasaron más de tres horas sin ningún indicio de movimiento. Justo cuando estaba en medio del cuarto paquete de Choclitos, la puerta principal se abrió de repente. Mi atención se centró en la figura que emergió: era ella, la chica en cuestión, pero estaba acompañada por un escolta.
Proseguí tras la camioneta, que resultó ser una Toyota blanca con vidrios polarizados y matrículas extranjeras. La camioneta se detuvo frente a una universidad privada, donde el escolta gentilmente abrió la puerta del copiloto y ayudó a la joven a descender. Esta chica aparentaba alrededor de veinte años, con una estatura cercana a un metro sesenta y cinco. Su cabello estaba teñido y parecía haber pasado por alguna intervención estética, y llevaba puesta ropa de diseñador que realzaba su figura; era un deleite visual. Mantuve la espera, observando atentamente. Finalmente, saqué mi teléfono y marqué el número de Carlos.
—La tengo —anuncié con emoción.
—Envía la ubicación.
—Hecho.
—Bien, la furcia va en camino, ya estoy gestionando la treta del escritor. —
Al cabo de diez minutos una furcia con un culo enorme arribó en un particular, se bajó, pagó y caminó hacia mí.
—¿Quién es? —preguntó.
—El tipo de la Toyota blanca.
—Bien.
—Suerte —le di una palmada en las nalgas que hizo que temblara toda la carne, la miré con deseo.
La furcia comenzó a entretener al escolta. Realicé un giro y estacioné el Jeep en la entrada alternativa de la universidad. Bajé del vehículo y me dirigí hacia el vigilante con un gesto cordial.
—Buenos días —saludé amigablemente.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle, señor?
—Soy escritor y tengo una presentación en el centro de convenciones de la universidad.
—¿Es usted el señor Contreras?
—Sí.
—¿Puede mostrarme su identificación? —Le mostré el falso documento que me proporcionó Carlos.
—Por supuesto, aquí tiene. —Agradecí mientras me permitía ingresar al vehículo.
Las placas del Jeep habían sido hábilmente falsificadas, lo que evitaba que se relacionara el vehículo con Carlos durante cualquier investigación posterior por parte del CTI. Con confianza, ingresé al campus y empecé a buscar a la chica. Aunque encontrarla parecía una tarea ardua, no perdí la esperanza. Hice tres recorridos por la universidad sin éxito en la búsqueda.
Me dieron ganas de orinar y me escabullí dentro de una de las zonas verdes, cuando intentaba hacerlo giré el rostro para observar el paisaje y… ¡Bingo! La chica estaba escondida en el mismo lugar fumándose un porro acompañada de una amiga. Sacudí y guardé mi coso apresurado y me acerqué.
—Buenos días, señorita Tatiana. Soy el agente Contreras y tengo información de que están planeando secuestrarla. Por favor, sígame. —Mientras decía esto, le mostré una placa falsa de policía; la M1911 era mi recurso de respaldo, pero me aseguré de que notara su presencia en mi cinto. La joven, algo confundida, accedió rápidamente a mi solicitud.
—Suba al vehículo. La llevaré a un lugar seguro —le indiqué, tratando de tranquilizarla.
—¿Y qué pasa con mi escolta? —inquirió, preocupada.
—Le di instrucciones para que mantenga vigilancia en la universidad y nos ayude a identificar a los implicados. Está en buenas manos, no se preocupe —traté de transmitirle confianza.
—De acuerdo, voy a llamar a mi papá —intentó tomar su teléfono.
—Lamentablemente, no es seguro. Los terroristas tienen acceso a los teléfonos. No queremos poner en riesgo su ubicación —expliqué con seriedad.
—Está bien, señor —asintió, colaborando sumisamente.
—Por cierto, ¿qué ocurrió con la charla, señor Contreras? —preguntó el vigilante mientras solicitaba la salida.
—Fue cancelada debido a la presencia de estudiantes agitadores y extremistas —respondí, justificando nuestra situación.
—¿Por qué preguntó eso el guardia? —me preguntó Tatiana.
—Lo vi fumando un porro cuando ingresé, es el efecto, hay que seguirles la corriente.
—Es verdad, todo el mundo fuma porros. ¿Puedo fumar?
—Adelante. —
Todo se desarrolló sin contratiempos. Tras un trayecto de 50 minutos hacia el este, arribamos a una finca en las afueras de la ciudad. Al tocar el claxon, las puertas del portón se abrieron, permitiéndonos el acceso. Inmediatamente, hice una llamada a Carlos.
—¡Objetivo logrado, comandante! —anuncié con satisfacción.
Acomodé a Tatiana en la habitación especialmente dispuesta para su estancia, la cual estaba meticulosamente equipada con todas las comodidades: un baño privado con agua caliente, prendas de vestir, un minibar bien surtido, sistema de aire acondicionado y una televisión. Su reacción fue de total satisfacción. Sin embargo, Tatiana aún estaba convencida de mi identidad como policía, ya que mi plan requería mantener la farsa hasta obtener el rescate.
—¿Cuánto tiempo deberé permanecer aquí, oficial? —inquirió Tatiana con curiosidad. —Veo que me trajiste yerba, también me encantan los psicodélicos, qué lindo y especial eres. Me gustan tus ojos, son verdes, adoro el verde.
—Pero mis ojos no se pueden fumar.
—Supongo que son para mirarme en ellos. —me hizo un guiño coqueto. Aunque en ese momento pasó por mi mente la idea de coquetear, me recordé de que debía mantenerme enfocado en el plan.
—Por supuesto, señorita. Debo repasar algunos documentos relacionados con el caso. Siéntase libre de acomodarse.
—Espero que no me deje sola por mucho tiempo, me agrada charlar contigo.
—No se preocupe, regresaré en un rato. No la dejaré mucho tiempo a solas. —
Salí de la habitación, le puse seguro a la puerta y me dirigí al cuarto de CCTV. (Circuito Cerrado de Televisión) Desde ahí podía monitorear a Tatiana y comenzar con la segunda parte del plan. Cuando encendí el sistema noté que Tatiana se estaba masturbando. “¿Pero qué demonios le pasa a esta chica?”. Pensé para mis adentros. Quería ir a ayudarla pero ya había llegado la hora de la negociación.
Carlos entró, se fijó en el monitor y…
—¡Vaya, Malachi… ¿En serio esa putita se está masturbando? ¡Observa! Mira cómo lo está logrando. ¿Cuánto tiempo crees que lleva practicando eso?
—Apenas ha empezado.
—Toma el teléfono, llamemos a ese anciano. —ordenó Carlos entre risas y sin quitarle el ojo al monitor. —Podemos ganar una buena suma con ese vídeo también. —Agregó.
Acerqué el enfoque de la cámara lo máximo posible, Carlos parecía complacido. Tomé el teléfono y marqué el único número registrado en la agenda.
—¿Hola? —Una voz grave y ruda respondió.
—Señor Gamba. ¡Tenemos a su hija!
—¿Pero qué mierda?
—No cuelgue. Ponga mucha atención.
Me presento, soy Contreras, principal líder del grupo paramilitar Gaitanistas, tenemos secuestrada a su hija y le estoy llamando para negociar su liberación.
—Negociar una mierda, hijo puta, le voy a encontrar y a derretir en ácido maldita basura.
—No vamos a complicar las cosas, señor Gamba. No está en posición de intimidar ni imponer nada. Acabo de enviarle un video a su teléfono que demuestra que la chica sigue viva. Si observa detenidamente, verá un diario de hoy en el muro de enfrente. No cuestione lo que está haciendo ella, solo se está masturbando tranquila. A partir de este momento por cada hora que pase le enviaré una caja a su domicilio con alguna parte de su cuerpo, puede ser una teta cercenada o un dedo; será siempre una sorpresa. Esto es con el fin de acelerar la negociación. Queremos doscientos mil grandes.
—¿Doscientos mil? ¿De dónde hijueputas voy a sacar esa cantidad?
—No me importa eso. Conocemos su situación económica y sé que no le supondrá ningún problema reunir esa cantidad. Considérelo como una contribución a la causa. El dinero se destinará a alimentos, armas y suministros.
En una hora le haré la llamada. Sin embargo, es importante que sepa que no será necesario que intente contactar a la policía, ya que están involucrados, tampoco debería intentar rastrear la ubicación, ya que tenemos decodificadores en todo el perímetro. Cualquier intento de engaño o represalia será respondido con la devolución de Tatiana en condiciones precarias. Espero tener noticias suyas pronto, señor Gamba. —Colgué.
Posteriormente, fui a la cocina y tomé dos vasos de whisky, llevando uno a Carlos para brindar juntos.
—Ah, Malachi, amigo mío, lo hemos conseguido. Ese malnacido debe de estar haciendo todo lo posible para reunir el dinero en este momento.
—Sí —le respondí—. Sin embargo, no conviene subestimarlo.
—Está atrapado, no tiene opciones.
—Siempre hay alternativas. —
Una hora transcurrió y finalmente llamé a Gamba.
—Buenas tardes señor Gamba.
—¡Estás muerto, hijo de puta! —contestó.
—Comprendo, todos compartimos esa preocupación. La humanidad está en una situación tan crítica que parece que la detonación de la última bomba es solo cuestión de tiempo.
—Malparido, es mejor que liberes a mi hija de inmediato.
—Precisamente por eso me pongo en contacto. ¿Ha reunido el dinero necesario?
—Lo que tengo es un ejército para liquidarlos a todos ustedes parranda de hijueputas.
—Oh, parece que ha habido un pequeño error, señor Gamba. Dentro de unos minutos, recibirá un exquisito presente de mi parte. Esta vez, mantendré la línea abierta en caso de que desee discutir términos. Le recuerdo que con cada hora que transcurra, habrá un pequeño obsequio esperándole. —Colgué.
Carlos ya había visualizado la rebeldía de Gamba dentro de la estructuración del plan, logró por medio de sus influencias obtener pedazos del cadáver de una prostituta asesinada días atrás, a la cual le habían cerrado el caso como NN. (El nombre de NN, proviene del latín Nomen nescio, que significa desconozco el nombre, este término se utiliza para las personas que se han encontrado muertas y aun habiéndoles practicado exámenes de recolección de ADN fue imposible su identificación) Parece ser que la fallecida fue catalogada como “NN” debido a la negligencia por parte del estado y la indiferencia general hacia su trágico fallecimiento.
Carlos abrió una nevera portátil y sacó una bolsa que contenía algunas partes del cadáver, tomó una oreja y la puso cuidadosamente en una linda cajita de regalo, la instaló en un dron, activó el dispositivo con las coordenadas y voló. Le serví otro trago.
Habían transcurrido treinta minutos desde que el dron entró en acción, pero la incertidumbre se apoderaba de nosotros. Justo cuando comenzábamos a perder la esperanza, un mensaje de texto del dron nos informó sobre la entrega. El ingenioso dispositivo se encontraba en proceso de recarga en un panel instalado previamente en el techo de una casa vecina a la de Gamba. Celebramos con otro brindis.
No pasaron ni cinco minutos cuando el teléfono sonó insistentemente.
—Buenas tardes, señor Gamba.
—¿Qué le han hecho a mi hija, desgraciados de mierda?
—Veo que le gustó el “regalito”.
—Imbéciles, esa oreja no es de ella.
—Es de su hija —contesté nervioso.
—No es de mi hija. ¿De quién es esa maldita oreja psicópata de mierda? —Desactivé el micrófono del teléfono.
—Ese anciano no es tan tonto, ya sabe que la oreja no le pertenece a Tatiana… —Le susurré a Carlos.
—Nadie se preocupa por orejas, sigue hablando, estamos arruinando el maldito plan.
—Activé el micrófono nuevamente.
—La oreja es de Tatiana y punto, es su problema si no lo cree. —Le colgué.
—Este viejo desgraciado nos puso en aprietos. —Comentó Carlos.
—Te lo advertí, no debimos subestimarlo.
—¿Pero quién diablos aprende a reconocer orejas?
—En este mundo hay de todo. —Le dije.
—¡Maldición! Estamos en una situación complicada.
—Voy a ir a ver a la chica. —Le propuse a Carlos.
—¡Ve, ve! —Contestó con desilusión.
Desbloqueé el cerrojo de la habitación de Tatiana y entré. La encontré absorta viendo videos musicales en YouTube mientras fumaba un porro.
—Hola, nena.
—Hola, oficial. ¿Puedo irme ya?
—No, tenemos un problema.
—¿Qué ocurre?
—Tu padre se niega a presentar una denuncia. Sin denuncia, no hay base para un proceso judicial, y tu vida sigue en peligro.
—Mi papá es obstinado, no le agrada recibir órdenes. Se considera como una especie de deidad en la tierra, ese es el asunto. Deberían haberle pedido el favor.
—Pero, ¿qué favor podría ser más importante que la vida de su propia hija?
—Él no se preocupa tanto, hay algo que le importa más.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es?
—Su escondite de dinero.
—¿Un escondite?
—Sí, tiene una cantidad significativa enterrada en un barril. Ganó ese dinero en un negocio con unos estadounidenses. Era mercancía que envió en una avioneta a los Estados Unidos. Nunca supe qué exactamente.
—¿Conoces la ubicación de ese escondite y cuánto dinero contiene?
—Sí, sé exactamente dónde está y he oído que hay alrededor de cuatrocientos mil dólares.
—¿Puedes proporcionarme esa información?
—¿Estás planeando robar el dinero?
—Podría ser una opción.
—De acuerdo, te daré la información bajo tres condiciones.
—Dime cuáles son. —Le respondí.
—Quiero doscientos mil dólares y una nueva identidad… Además, quiero irme contigo. Desde que te vi, me gustaste, oficial.
—¿Por qué esta actitud?
—Por el bulto que se nota en tu pantalón, bueno, y esos ojitos verdes también.
—¿Tienes la intención de traicionar a tu padre de esta manera?
—No aguanto vivir con él, lo detesto. Quiero ser libre y hacer lo que me plazca. Siempre quise robar esa suma, pero temía que me descubriera.
—¡Acuerdo hecho! —
Sellé el trato con un beso apasionado en los labios de Tatiana, ella metió su mano dentro de mi pantalón.
—Recibirás lo que quieres el día en que robemos el escondite.
—Está bien. —Aceptó.
Informé a Carlos sobre la situación, quien quedó estupefacto y escéptico ante mi relato. Se dirigió rápidamente hacia la habitación de Tatiana para aclarar sus dudas. Ella confirmó cada detalle.