Al concluir mi jornada laboral, me dirigí al vestuario en compañía de otros dos colegas. Justo cuando estaba a punto de comenzar a cambiarme, nuestro supervisor irrumpió con una noticia inesperada.
—Malachi, Daniel y Julián, deben presentarse en la oficina de operaciones para nuevas instrucciones.
—¿Nuevas instrucciones? ¡Una mierda! —exclamó Julián una vez que el supervisor se disponía a marcharse.
—Los rumores son ciertos —dijo Daniel.
—¿Cuáles rumores? —pregunté.
—El cliente advirtió a la empresa sobre la falta de presupuesto y planea hacer recortes de personal.
—Se los dije, ser un buen trabajador no sirvió de nada. Deberíamos haber actuado como John —manifestó Julián con un dejo de decepción en su voz.
—Nunca vi a nadie follar a tantas mujeres de la empresa; ese tipo ha establecido un nuevo récord —comentó Daniel, con una expresión de admiración en su rostro.
—Bueno, nos vemos en la oficina, quiero largarme —dije.
Llegamos a la oficina de operaciones donde el supervisor y el jefe hablaban animadamente sobre su fin de semana y de lo mucho que habían cogido. Al vernos, se pusieron serios y nos entregaron documentos firmados.
"Esto parece una especie de competencia para ver quién puede coger más. Qué tontería", reflexioné para mis adentros.
—Señores —dijo el jefe con voz afable—, el cliente solicitó recortes de personal debido a la falta de presupuesto. Aquí tienen las terminaciones de contrato y el paz y salvo para cada uno. Firmen y luego pasen a la recepción para la liquidación. Manténganse atentos al móvil por si necesitamos sus servicios en el futuro.
—¡No cuentes conmigo! —le exclamó Julián al jefe con determinación. En ese momento le admiré.
Salimos de la oficina y nos dirigimos a la recepción.
—Hola, nena, soy Malachi. Siempre he admirado tu sonrisa… ¿sabes?
—¿Sí? Qué bien. Por favor, firme aquí, señor Malachi —respondió la atractiva recepcionista con un tono despectivo.
Recibí el dinero y me dispuse a marcharme.
—Ey, Malachi —llamó Daniel.
—¿Qué pasa?
—Hay una finca magnífica al suroeste, a tres horas de aquí. Es de un amigo. Dos chicas quieren ir. ¿Te unes?
—¿Cuándo?
—Mañana en la madrugada, en la estación de gasolina en el cruce para tomar la autopista.
—Perfecto, cuenten conmigo —les dije.
Debido al embarazo de Leidy, sabía que ella no podía unirse. Los chicos prometieron llevar a dos mujeres, probablemente me tocaría ser el tercero en discordia. Aunque lamentaba la situación, ya era demasiado tarde. Hablé con Carlos, quien amablemente me prestó su vieja Himalayan 400. Fui por la moto, le hice mantenimiento y le di dinero a Leidy.
Le expliqué a Leidy que buscaría otro trabajo en la madrugada. Aceptó sin problemas e hicimos el amor.
Hacer el amor con ella en estado gestante era lo mejor, disfrutaba admirarla mientras estaba encima de mí, observando sus tetas generosas y cálidas, así como sus caderas amplias. Era realmente un placer para los sentidos.
Salí a las cuatro de la madrugada y llegué al punto de encuentro a las cuatro y media. Julián y Daniel ya estaban allí con las chicas, absortos en sus coqueteos.
"¡Sube, nena!", exclamó Julián con entusiasmo, extendiendo la mano hacia las nalgas de la voluptuosa chica. Su mirada irradiaba confianza mientras la ayudaba a subir a bordo del vehículo, y a su lado, Daniel ofrecía amablemente su ayuda a la mujer de figura esbelta. Así, nuestra aventura llena de incertidumbre dio inicio.
A mitad del camino, decidimos hacer una pausa en un acogedor parador. Solicitamos al amable camarero que nos trajera una refrescante ronda de cervezas heladas, y aproveché el momento para presentarme a las dos mujeres que nos acompañaban.
"Mucho gusto, me llamo Camila," expresó la voluptuosa con una voz melodiosa. Poseía unas impresionantes tetas.
"Mi nombre es Jésica," anunció la mujer de figura esbelta, cuyo físico no revelaba mucho, pero su rostro angelical, enmarcado por cabello n***o y brillante que caía en cascadas largas, la convertía en una auténtica belleza.
Después de eso, Daniel y Julián se apresuraron a entablar conversación con ellas, dejando claro que no permitirían que surgiera ni el más mínimo vínculo entre ellas y yo. Opté por apartarme sin preocuparme demasiado por la situación. En su lugar, decidí explorar el estadero y capturar algunas fotografías del hermoso entorno natural que nos rodeaba.
"Malachí, ¿te quedas? Asegura las bolsas con el licor y la comida en las alforjas de la moto; eres el único que no está ocupado, no seas descuidado," expresó Julián de manera despectiva, mientras realizaba gestos insensatos para presumir en secreto el gran culo de Camila.
“Imbécil”. Escupí.
La finca se reveló como un auténtico Edén. Una tentadora piscina parecía susurrar nuestro nombre, mientras que los caballos elegantes añadían un toque de nobleza a los campos que se extendían. Los lagos reflejaban el cielo con perfección, y los árboles frutales ofrecían hermosas sombras. Un fugaz pensamiento de buscar a una scort cruzó mi mente, pero desistí de la idea.
Una vez que todo estuvo debidamente organizado, Daniel y Julián se sumergieron con entusiasmo en la piscina en compañía de las chicas. Yo, por mi parte, opté por alejarme y dejarlos follar para sumergirme en la exploración del lugar que nos rodeaba.
Encontré mi camino hacia una de las habitaciones, me acomodé, permitiéndome un momento de introspección mientras mis pensamientos fluían en torno a las opciones ante mí.
Mis ojos se posaron en un par de botellas de vino convenientemente dispuestas, ello fue una sugerencia tentadora. Con las botellas de vino en mano, emprendí mi camino hacia la vastedad de la finca.
Caminé junto a los lagos, las aves revoloteaban alegremente, sus trinos y graznidos agregando una banda sonora animada a mi aventura solitaria. Los árboles frutales ofrecían sus dulces regalos en un gesto generoso de la naturaleza, y aproveché para saborear la frescura de alguna fruta en el camino.
A medida que la tarde avanzaba, y los últimos rayos dorados del sol comenzaban a ceder su lugar al suave abrazo del crepúsculo, proseguí con mi exploración, sosteniendo en mí una amalgama de emociones: una combinación de cierto aburrimiento que se mezclaba con profunda gratitud. Sin embargo, justo cuando la sensación de monotonía amenazaba con prevalecer sobre mi aprecio por el momento, una sorpresa aguardaba para redefinir mi experiencia.
Fue entonces cuando, en medio de la exuberante vegetación, mis ojos se posaron en un rincón del paraíso que hasta ese momento había eludido mi atención. Un jacuzzi, rodeado por una profusión de hojas y flores, se alzaba como un oasis secreto. La visión fue embriagadora, una invitación irresistible a sumergirse en sus aguas y entregarse a la relajación más profunda.
Coloqué las botellas de vino en un extremo y busqué el interruptor para empezar a llenar el jacuzzi. Mientras esperaba a que el agua caliente alcanzara el nivel adecuado, me tomé un momento para conectar mi teléfono al reproductor de audio y poner mi música favorita. Luego, me deshice de mis ropas, me sumergí en el jacuzzi y, para completar el placer, serví una copa de vino antes de entregarme a la máxima relajación.
Con la noche avanzada y un cielo estrellado como telón de fondo, de repente mis sentidos captaron el murmullo lejano de risas y conversaciones que se acercaban rápidamente.
—Hola, Malachi, parece que tenías un secreto bien guardado, ¿eh, bribón? —expresó Jésica, emergiendo de la oscuridad de la finca.
—¡Vaya! Esto es realmente sorprendente. Malachi, eres un egoísta —bromeó Camila con tono juguetón. —¿Eso es vino? Me encanta.
—¿Qué ha pasado con los chicos? —inquirí, buscando respuestas.
—Es mejor ni mencionarlos, qué asco. —Dijo Jésica.
—La situación es verdaderamente desafortunada. Los chicos excedieron ampliamente sus límites con el alcohol, lo que resultó en que acabaran vomitando en la piscina. Además, causaron destrozos dentro de la casa y, para rematar, optaron por recostarse en el jardín y quedaron dormidos, agarrados del culo. —Comentó Camila.
—Es una verdadera lástima —respondí con una sonrisa comprensiva. —Era evidente que estaban disfrutando al máximo.
—Qué va, ese Julián me tenía cansada, ¡menudo chico intenso! —se quejó Camila.
—Sí, desde que llegamos, no hicieron más que pasarse de la raya con nosotras. Hmm, qué tóxicos —añadió Jésica. —Amiga, este lugar es una delicia, ya no me dan ganas de irme. ¿Por qué no ideamos algo para pasar un rato divertido?
—Mmm, Malachi, eres muy atractivo —susurró Camila mientras sus ojos se posaban cautivados en mí. —¿Qué tal un trio? —Propuso.
Desenfundé la otra botella de vino.