Capítulo 06

1597 Palabras
—Axel, Axel… Hey espabila—La voz enfurecida de Jhon me saca de mis pensamientos, tal parece que lleva gritándome más tiempo del que creo, es poco decir que estoy en las nubes, simplemente no puedo concentrarme, al no sale de mi cabeza—¿Qué es lo que pasa contigo? Llevas una hora con esa mesa. —Tranquilo Jhon, te aseguro que no vuelve a pasar—Mi afirmación no parece convencerlo, su ceja acorbatada es suficiente evidencia de ello, le veo suspirar relajando su postura amenazante y me mira frunciendo los labios. —Chico necesito que dejes de estar en las nubes y te concentres—Su llamado de atención me hace pensar que lo inútil que he sido está última semana, no he avanzado ni un solo paso desde que dejé a Archer, estoy estancado, rayos es frustrante, tanto que me hace pensar idioteces cuando debería hacer mi trabajo—Si no te sientes capaz de hacerlo es mejor que lo digas y te tomes el resto del día. — ¿Podrán solos? —Pregunto con curiosidad frunciendo el ceño, provocando extrañamente que Jhon se eche a reír. —Axel has estado tan ausente que la semana entera que ni siquiera te has percatado que estuvimos cubriéndote—Su aclaratoria ha sido un punto en mi contra, es hora de hacer algo al respecto, no es lo mío ser patético y mucho menos mi hobbie perder el tiempo. —Arreglaré eso—Declaro dejando en sus manos el trapo con el que estaba limpiando las mesas. —Espero que así sea, por el contrario deberás buscar otro lugar para dormir—Me advierte sin atisbo de burla en el momento que me alejo de él en dirección del almacén donde he dormido los últimos días, rodeado de especias y trastos viejos, solo cuento con una cama diminuta pero no me queda de otra, sin ánimos de mirar al techo el resto de la tarde dejó el delantal colgado a la pared y salgo de la taberna por la puerta trasera, camino casi por inercia las tres calles que me separan de mi destino, la única biblioteca de Flórina, el lugar donde mis dudas por ecos de ambulantes perdidos entre sus estantes. —Buenas tardes Sr. Montier—Saludo cortésmente al decrepito bibliotecario, quien detrás del mostrador no se esfuerza en ocultar cuanto le desagrada mi visita, en tan poco tiempo me he vuelto su persona menos favorita, no sé quién podría ser de su agrado con 70 años es todo un cascarrabias, tan amargo y solitario que aun la muerte le huye—He venido… —Tercer pasillo a la izquierda Sr. Stein, conoce el camino—Me corta alzando su aguda voz senil, indicándome por décima vez la ubicación de lo que busco, aun así me detengo unos segundos observando su enfermiza postura encorvada, me es imposible mirar sus ojos atraves de sus gruesas gafas de botella, el desprecio es mutuo, pienso avanzando hasta estar frente a la estantería. Escojo esos tres artículos de prensa que mencionan someramente el tema, los números superan por mucho las palabras, 36 barcos perdidos, 180 personas desaparecidas, lo más probable es que no existan sobrevivientes, gran Tormenta. — ¿Aún no se da por vencido? — Cuestiona con ironía el Sr. Montier a mi espalda, estaba tan centrado en la lectura que no lo he oído venir, su voz nasa es realmente escalofriante— ¿Qué pretende encontrar? — Solo busco respuestas— Me limito a decir cerrando las páginas del primer diario, sin ninguna pista que seguir, me atrevo a decir que lo aprendí de memoria. — Es descortés desenterrar los muertos de otros, dejé descansar en paz a los muertos— Su consejo es tenaz, me suena más a una tétrica amenaza, pero no le temo a lo que no existe, vaya alguien más me dice descortés, es curioso porque no sigo las reglas. — Lo tendré en cuenta—Le hago saber con ello lo poco que me afecta su comentario, tomo las notas y me dirijo a una de las mesas al acomodarme en una de las sillas agradezco el sólido silencio, no necesito distracciones. “ Nadie podría haber imaginado que sería el último adiós, las sonrisas precedieron a las lágrimas, igual que la calma a la tormenta, nuestro pueblo se lamenta y gime de dolor, paz a quienes hoy se volvieron uno con el implacable mar, consuelo a quienes hoy lloran con amargura y gran tristeza”. V. Bravo. Su carta llena de buenos deseos y melancolía es lo más cercano que tengo a una vivida experiencia, es casi como si pintaras un paisaje con marcador y antes de que llegue a secarse le pasas la mano, su nombre no se menciona en los documentos, su historia se esconde al igual que una sombra… en la oscuridad camino en círculos, perdido en palabras huecas, el tiempo transcurre con cada tic tac y sin pensarlo el sol comienza a ocultarse. — Espero que su lectura haya sido fructífera—Pronuncia con sarcasmo el Sr. Montier a mi lado tomando sin aviso las notas de las mesa, su arrugada sonrisa se ensancha lo suficiente para ser visible al verme cabreado pero poco le importa y termina dándose la vuelta no sin antes decirme—Procure no volver. — ¿Qué pasa con todos en este pueblo? —Grito enfurecido poniéndome de pie de un salto captando de inmediato la atención del viejo, quien no se inmuta y me mira con rudeza— Permiten que se filtren rumores, que hasta la den por muerta pero, cuando intento indagar un poco más me cierran las puertas. — Lo que le paso a esa mujer es algo que solo ella tiene el derecho de contar, es su tesoro, y tú un vil pirata que se desvela por la ambición de hacerlo suyo, no te importa lo que siente y esa es la razón por la que nadie más que ella podrá ayudarte—Pronuncia con serenidad mirándome a los ojos con firmeza, ahora que puedo ver sus ojos color miel esos que brillan con culpa y amarga tristeza, algo en mi interior se retuerce de la rabia, no soy el culpable de su tragedia, mucho menos un pirata. — No soy el culpable, intente razonar con ella pero, solo es una resentida que vive en el pasado— Aseguro con enfado al recordar sus palabras y su actitud altanera. — ¿Olvidarías tú? Juzgas sin tener una sola idea—Declara con autoridad dejando al aire esa pregunta sin sentido, vuelve a darme la espalda pero, aun no he terminado. — La tendría si alguno de ustedes quisiera decirme—Le reprocho al ver como se aleja de mi sin más, al ver que no se detiene avanzo hasta ponerme en su camino bloqueándole el paso. — Estas remando en dirección equivocada, solo das vueltas en círculos—Su ilustrada negativa no hizo más que mostrarme lo obvio, ahora sé más que nunca que no conseguiré nada de ellos, que irónico Archer tenía razón estoy perdiendo el tiempo ¡Al Diablo! — ¿Debo agradecer su opinión? Me dice lo obvio—Pronuncio con sarcasmo demasiado enfadado para seguir discutiendo en vano, salgo de la biblioteca hecho una fiera dando un portazo. — Necesito pensar…!Rayos¡ —Gruño en voz alta, al salir el viento gélido me hace estremecer así que meto mis manos en los bolsillos de mi jersey, camino guiado por el coraje al único lugar donde sé que nadie se atrevería a molestarme, ha comenzado a llover tan débilmente que las diminutas gotas apenas se sienten en mi piel, me acompaña la oscuridad de la noche y un siniestro presentimiento, aun así, no me detengo, al contrario mis pasos se aceleran, la lluvia se hace más espesa a tan solo unos metros del muelle, camino a ciegas hasta oír el crujir de la madera bajo mis pies. — ¿Axel? —Oigo susurrar mi nombre y juro por DIOS que mi espíritu descendió al abismo en un instante, retrocedo un paso por mero instinto sin poder distinguir si esto es real—Axel. Susurra mi nombre una vez más tomando mi mano con urgencia al ver que intento huir, su gélido agarre es lo único que me mantiene en mi lugar, temeroso vuelvo sobra mis pasos y nuestros ojos se encuentran, el brillo en su mirada me transporta al infinito, casi como una visión astral, sus mejillas humedecidas por las lágrimas son igual que un lienzo, el rojo de sus mejillas iguala al de sus labios temblorosos, es una belleza fuera de este mundo, imposible de igualar. — ¿Qué haces aquí? — Su pregunta tiene algo de lógica pero mi cerebro se niega a salir de su asombro, solo puedo extender mi mano limpiando sutilmente el rastro de sus lágrimas. — Charlotte— Pronuncio fascinado saboreando cada una de las letras que forman su nombre, ella cierra sus ojos disfrutando del calor que mis manos le brindan, por alguna razón puedo sentir su miedo—Estoy contigo. — No me dejes— Suplica acabando la distancia entre nosotros echándose a mis brazos, puedo escuchar el sonido de su desbocado corazón fundirse con el mío, siento que el tiempo deja de existir con la misma gracia que el viento mece su cabellera escarlata, ahora mismo no me importa ser un cascaron sin alma, no le temo a su embrujo, a lo único que le temo es… A que se termine este momento…
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