Panteón
Me deslicé por el barandal que dividía la cocina de la sala común. Me era bastante tranquila la vida aquí, vivía con mis padres y todos los días me dirigía a hacer mis labores de campo, mi pelo desordenado calzaba perfecto con mis prendas de trabajo, en un lugar donde la lluvia era un factor común. Esta era mi casa, mi vida, vivir para la tierra y de la tierra vivíamos todos.
—¡Buenas buenas! ¿Vecino cómo me le va? — escuché al vendedor del pueblo en la mañana, este pasaba todos los días por la finca de camino al pueblo a vender sus cultivos
Era alguien bastante amable, con una cara carcomida por las arrugas y unas cejas pobladas y canosas que cubrían gran parte de sus párpados. Siempre nos daba de los cultivos que no producimos a un muy bajo costo y viceversa, tenía una esposa encargada del negocio, mientras él transportaba y trabajaba la tierra.
—Buenas don Pacho, muy bien ¿Si tuvo buena cosecha? —le respondí cordialmente
—No, si usted viera. ¡Tenemos un montón de plagas, tenemos tronadores dentro del cultivo de plátano y mosca blanca en la espinaca y acelga nos tienen jodido hombre!
La verdad era una pena, la temporada estaba bastante difícil por el tema de plagas, en esta época del año se incrementan y pese a los controladores que se le ponen, no se puede estar al pendiente de todo
.
—Eso siempre es así, debería comprarse unos aspersores, así la mosca no se le posa. —respondí ocurrente
Don Pacho únicamente se limitó a asentir con la cabeza mientras seguía caminando por la cuesta de camino al pueblo mientras se despedía con la mano.
La verdad es que mi trabajo no era tan complejo, pero tomaba gran parte del día, tenía que proporcionar agua manualmente a las plantas, alimentar a los pollos y cerdos y realizar los traslados de la cosecha en auto hasta un pueblo más lejano donde podíamos vender, en esto último se me iba el día, pero era bastante tranquilo y me daba tiempo a descansar a gusto y en paz. Tal cual ese tiempo me fascinaba, descansaba como quería y hacía lo que quería la vida de campo no es costosa en plata, pero si te drena la energía, y yo un pelao que cuando no había cosecha, se caminaba las calles del pueblo al son de la música que reproducía en mi MP3, salsa y rock principalmente.
Muchas veces me olvidaba al cerrar los ojos, veía lo que me rodeaba aún estando a oscuras, contemplando los colores más vivos que me conectaban con un paraíso al cual yo no podía acceder, anhelaba la vida con pasión con adrenalina, donde habían colores vibrantes y que se disgregaron para volver a unificarse en una sola pantalla electrizante color neón. Pero en un momento esa función se acababa y en mi cabeza solo quedaba un telón con un gris depresivo que me obligaba a despertar y ver el plácido y (ya demasiado para mi gusto) pacífico panorama. Que no me malinterpreten, amo el campo y amo todo lo que envuelve a mi gente, pero quiero experimentar tantas cosas que siento que se me queda corto un ambiente y un cuadro tan plano como el de este pueblo me ofrece. Veía las montañas de la cordillera a lo lejos escurrirse, como una serpiente verde que nos arrullaba a todos, pero que llegaría a un punto donde nos va a abrazar hasta asfixiarnos en esta tierra de nadie. Porque si, podemos decir que somos colombianos, pero únicamente he visto autos del gobierno llegar aquí una vez, y fue para proporcionar un servicio de agua a la alcaldía. Esta tierra está manejada por todos los campesinos y los pocos que van a vender a las afueras lejanas, regresan como misioneros promulgando algún mensaje divino.
Soy alguien bastante delgado, el pelo oscuro y desenmarañado, normalmente los dueños de panaderías, carnicerías y de puestos varios me dicen greñudo o mechudo, no me molesta, al contrario siento que es una forma de que se acuerden de mí y me diferencien del resto. Tengo la piel blanca, consumida un poco por el sol y que se evidencia en el dorso de mis brazos.
Bueno, decidí ir derechito por la bajada principal del pueblo, era tan seco y pesado el día que parecía perro buscando el sitio exacto donde tirarse. Siempre he sido muy compinche, me sacan la lengua muy fácil pero a veces se retractan porque la lengua se me pone ligera y no paro, a fin de cuentas me desvarío mucho en mis charlas. En eso me encuentro a Camilo, un amigo que tengo desde hace años, nuestras madres se conocían y nos juntaban en el jardín, siempre nos peleábamos de pequeños, pero siempre he sabido que es alguien con quien siempre salgo a hablar.
—Quiubo pues, rico ese sol, ¿no? — le saludé
—Parce a mi ese sol me tiene es mamado, pero vea traje una cosa— anotó alegrado pese al clima
Camilo saca de su maleta un cassette algo ya roñoso pero que se alcanza a leer escrito en bolígrafo sobre una cinta que rodeaba la cinta el texto «Richie Ray éxitos» en él, un deleite visual de algo sonoro para mi. A Camilo le iban otros gustos, pero le encanta bailar, como a mí. Crecimos oyendo esas canciones de manera esporádica en la radio de nuestras familias, los locales, los buses. Quizá disminuida la emoción debido a que en unos años ambos conseguimos un reproductor MP3; pero innegable era que tenerlo en un formato físico siempre ha sido un fetiche musical para muchos.
— Ve que nota, me lo va a regalar o qué?
—No, si cuando lo ponga en ese tiesto que tiene usted por grabadora se lo va a venir es dañando hermano— comentó burlón.
—Ah, pero bien que le retumbaba el cuarto cuando se la presté, ¿no?— respondí , inculpando.
—A veces se echa de menos si, pero mis papás la odiaban sonaba bestial— dijo.
—Como diría el mismo Richie parce— anoté concluyente.
El pobre Camilo empezó a caminar conmigo por toda la principal, y ojo digo pobre no porque me de pena ni porque esté en la inmunda, sino porque el miserable dice que está harto de la vida de campo, que lo de hoy es la ciudad, que aquí uno está es pa morirse y enterrarse entre las matas, pa ́ nada más. En cierta medida opino lo mismo, me pregunto cómo hubiese sido mi vida en una ciudad, como se ven en las propagandas, llenas de empresas y gente acorbatada que busca tumbarlo a uno y quedarse con toda la plata del pobre, pero sé que hubiese sido sencilla también quizá muy humilde. He viajado contadas veces a algunas de las grandes ciudades del país, Medellín, Bogotá y Cali, para ser precisos, y me ha encantado esa efervescencia que ocurre allí, pero hay que ser honestos, de turista todo es vívido, pero sé que para el que vive ahí es algo normal e incluso bastante rutinario ver a lo que para el pobre campesino es, como dirían, «Lo último en guarachas». Tampoco quiero que nos vean como un pueblo al que nadie va, la verdad en temporadas siempre hay turistas que vienen a descansar de su «bulliciosa vida de ciudad», la cual los tiene atosigados. He de reconocer que Camilo sabe muy bien lo que quiere, está estudiando un técnico para poder irse a trabajar en Cali, «Prefiero sacarme un técnico y romperme el culo trabajando en la ciudad mientras me establezco, a pasar más tiempo aquí sin hacer nada», en cierta medida lo entiendo, pero amo mucho a mi tierra y no sé cómo lo tomarían mis padres, creo que si anhelo irme a la ciudad también, necesito esa extravaganza que quizá solo la ciudad va, la sobredosis de acciones y la falta de tiempo para vivir cada segundo es algo que me llama.
—¡Visita visita!— dijo Camilo golpeando una puerta, la casa era de Sofía, una chica con la que él había empezado a salir hace un tiempo para acá.
La puerta se abrió y salió Sofía, una chica de piel morena, alta y de una gran sonrisa, muy dócil y muy amable con todos, solía ayudar a su madre en el negocio de ropa que tenía por el pueblo.
—Amor, te estabas tardando eh— dijo risueña— Y ricar, ¿que más?—saludó muy efusiva
—Estamos mamados por el sol la verdad— dije sonriendo
Entramos a la casa de Sofía, lo que antes para Camilo y para mi era una caminata sin sentido, sin orientación, la senda fué dirigida por la camisa psicodélica que traía Sofía, llegando a su cuarto pude observar los panfletos que tenía, era un cuarto de una chica estudiosa, con uno de esos póster que siempre dieron gracia, siendo uno de Elvis Presley en sus épocas menos gráciles donde su peso y el descoloramiento del poster lo hacía parecer un fantasma o la mascota de la empresa Bimbo. Yo sin pena ni pudor me dispuse a hacerme dueño de la cama de Sofía, era refrescante en comparación al infierno que había allí afuera.
—¿Rica la cama? — preguntó Camilo trayendo unas cervezas de la cocina, simulaba muy bien eso de ser hospitalario aunque no fuese en su casa.
—Con este detalle, mucho mejor— tomé la cerveza alegremente y le di un buen sorbo que me dejara la boca amarga.
—¿Y por qué tan madrugadores?— preguntó Sofía.
—Yo tuve que bajar para pagar los contados de la técnica, y este man divagando como siempre ya sabés— respondió Camilo.
—Ve, a mi me toca pesado, pero estos días que ni cosecha hay son lo más de deliciosos— profese estirandome por la cama de Sofía.
En eso Camilo enciende la tele del cuarto de Sofía, un televisor no más grande que una cabeza pero que le daba ese toque personal a todo aquel que lo usara. Sintoniza las noticias como siempre solemos escuchar. Sofía saca un espejo y empieza a arreglarse el rostro, con uno de esos delineadores ultra finos que le habrán traído desde la ciudad, lo que es la vanidad.
—La crisis interna del país tiene en jaque a los productores, comerciantes y emprendedores del sector rural. —Narraba la presentadora, fríamente como si de un guión ficticio se tratase.
—La otra vez mi papá me contó que vio un camión lleno de militares yendo por la pavimentada— dijo Camilo, intrigado .
—Mirá que raro, por aquí que no pasa es nadie, pero siguieron derecho ¿no?
—Sí, pero iban lento, como si buscando direcciones me dijo mi papá.
—Quizá y se perdieron, dirán que qué lugar es este— dije riéndome—
Pero la verdad si está raro eso, por ahí andan diciendo que se están dando plomo por los lados del cerro para atrás.
Ha sido una noticia que alarmó al pueblo desde hace ya varios meses, desde que se supo que a unos varios kilómetros se inició un conflicto (uno de los tantos) entre el ejército y la guerrilla. No lo habíamos tomado en serio nunca, siempre decían eso pero no pasaba nada realmente, hasta el día, o mejor dicho, la noche que nadie durmió en el pueblo, porque se oyeron explosiones muy a lo lejos. Al día siguiente en las noticias se decía que hubo un fuerte enfrentamiento, pero que la amenaza de la guerrilla estaba siendo controlada. Yo no sé quién sea la amenaza verdadera en este caso, siempre quiero pensar que existe algo de humanidad y alguna razón de peso por las cuales las personas terminan en alguno de los dos bandos.
—El conflicto ha consagrado una línea de sangre y muerte en los últimos 10 años, y parece no cesar hasta que se planteen acuerdos comunes entre el gobierno nacional, y el grupo terrorista— Concluyó en la nota la periodista
Y tal parece que sí, ya se volvió habitual ver en las noticias un bombardeo mediático para lo que es el conflicto armado en el país, incluso nuestro pintoresca idiosincrasia se toma la dichosa libertad para hacer sátira y comedia con un tema que realmente vive generando llagas a las poblaciones más vulnerables de la nación. Desde que la guerrilla fue tomando más y más áreas a nivel nacional, más gente recluta. Solo hay que pensarlo, si te quitan todas las oportunidades en el lugar donde uno crece, pues estamos mal, toca irse a la única que lo dejan, así les tocó a muchos, y a veces pienso que me puede llegar a tocar a mi, o al Camilo o a la Sofía.
—A mi me da igual la verdad.—apuntó Camilo con sobrada indulgencia
—¿Pero tu no tienes un familiar en el ejército?—pregunté
—¿Y qué?—indiferente—Da exactamente lo mismo, para mi es algo sin sentido el preocuparse por eso, cualquier cosa que pase en este lugar debería ser hasta agradecido, nunca pasa nada aquí
—¿Qué?—añadí eufórico— No es como si puedas simplemente desear que algo pase, sea bueno o malo, solo para añadir o quitarle lo interesante a algo.
—Quizá lo mejor es que no nos toque a ninguno, y ya, el que quiera cosas distintas se va y listo, ¿no? —agregó Sofía
—A nuestros papás no parece siquiera importarles, viven lo más de relajados— siguió Sofía
—Bueno —dije analizando— ya están en esa edad donde nada parece sorprenderlos.
El pequeño televisor de Sofía era bueno para las noticias, para el resto de programas no servía realmente. Seguimos atentos a la transmisión viendo imágenes de los lugares de conflicto, uno ni los diferenciaba, pero se notaba el desamparo de la gente que vivía cerca a las zonas y entrevistaban. Carlos quedaba absorto viendo el cuarto de Sofía, tocando y moviendo las cosas de lugar.
Se acabó la maratón de masacre en el noticiero, y prosiguieron inmediatamente con noticias de farándula olor a lavanda y los deportes nacionales, que parecían ser el colchón anímico de todas las noticias.
Me quedé absorto en la imagen del televisor, pero sin prestar mucha atención, en lo que Sofía sacaba una grabadora para estrenar los tan ansiados temas del cassette, la grabadora era negra, bastante grande y estorbosa, pero que compensaba con el tamaño de las bocinas, era lo suficientemente fuerte como para hacer de estéreo en las fiestas del pueblo.
—Pon a sonar ese tiesto pues amor— dijo Carlos
—Pero yo veré, sígueme enseñando— anotó Sofía
Recuerdo que Carlos me dijo que quería enseñarle a bailar salsa a Sofía, puesto que ella nunca había bailado salsa fuera del paso normal de echar la pata pa´ tras. Yo tampoco es que sea el maestro pero tuve la suerte de tener una madre salsera que me enseñó, si no estaría corriendo la misma suerte que Sofi.
Empezó a retumbar por la casa una estática como si el audio hubiera sido grabado previamente, todos nos miramos el uno al otro con cara de preocupación, pero de repente un sonido estrambótico salió de la grabadora, era Guaguanco raro, una canción ideal para empezar a tomar calor en las piernas, en las rodillas y a azotar baldosa como Dios manda.
—Eo, esperese vaya más lento— Era la frase que más escuchaba de Sofía al estar aprendiendo con el Camilo.
Así pasaban muchas de las horas y de los días en este pueblo, compartiendo pero sin hacer nada realmente contundente. En esos parajes se piensa que todos somos tranquilos y estamos con la vida resuelta y amena al estar únicamente preocupados porque la cosecha no se malogre, pero realmente era un grito agonizante desde un lugar donde nada cambiaba, desde donde nací nada ha sido diferente, solo nos suministran cosas que no podemos obtener de manera natural en la tierra, y así pasarán muchos muchos años, refiriéndome al gran Hector Lavoe, espero y aspiro que algún día llegue el día de mi suerte, nuestra suerte.
Nos retiramos de la casa de Sofía a eso de las nueve de la noche, en otros días nos habríamos podido quedar tranquilamente allí, pero desde que estos dos andan juntos, su madre y padre ha guardado con recelo a la hija. Nos dirigimos hacia la casa de Camilo, era muy tarde y no es por miedo, pero caminar no es lo mío. Al menos no aquí, no hay nada que ver de noche en este pueblo, parece muerto. En contraste con las grandes urbes, donde la noche si es clara y si hay vida, incluso más vida que en el propio día.
Descansamos en la casa de Camilo, madrugamos y nos echamos un desayuno bastante precario porque nunca mantiene llena la nevera este tipo. Camilo vive con sus padres, pero él realiza las compras de la casa cada día. Eso sí, es pésimo administrando su dinero, lo que chilla bastante en comparación a sus ambiciones metropolitanas de abandonar este platanal.
—Oiga papito—comentó doña Marisol, madre de Camilo
—Diga—respondió
—Necesito que me haga unos pagos antes de que se vaya a trabajar—ordenó
—Hmm pero eso se le demora mujer, porque tengo que salir ya, no ve que hay que sacar toda la cosecha de la bodega, hay mucha plaga si se deja ahí.
—Métase el carrerón si puede papito, si no hágale en la noche fresco— concluyó
Siempre me sorprendió la tranquilidad con la que doña Marisol afrontaba las cosas, era bastante tranquila y no se agitaba por nada, me pregunto si en su pasado vivió tantas emociones que ahora las que la vida le da no le generan nada.
Salimos y me despedí de Camilo, él agarraba un camino opuesto hacia donde se encontraba mi finca, caminé tranquilo y saludando a uno que otro señor que estaba asomado trabajando la tierra. Mis zapatos parecían ya lengüetas insípidas, necesitaba cambiarlos, y el camino ya pavimentado del pueblo se volvió en un escabroso camino lleno de piedras subiendo hasta mi finca. Pasé por la finca de uno de mis vecinos, don Jerónimo, bastante desconfiado y cerrado, pero entendible debido a la estafa de un seguro agrícola donde le quitaron gran parte de su dinero en depósito. Eso sí, siempre ha sido amable conmigo y sus dos hijos. Me entretuve subiendo hasta que pasé por el portón que daba acceso a su finca y observo un camión, era bastante grande, ¿De mudanza? No. esos no se animan a venir aquí, eso toca trastear en camioneta. De repente veo un militar, estaba hablando con don Jerónimo, parecía bastante recto; y Jerónimo que siempre posee un semblante bastante serio y calmado, parecía no poder contener mucho tiempo más esa cara arrugada por la angustia. Me quedé quieto, observando la situación, en lo que aparece otro militar y me pregunta que si vivo aquí, a lo que respondo que no. El sujeto se limitó a subir el telón n***o del camión para dejarme presenciar que estaban reclutando niños, no es la primera vez que pasa, pero nunca lo había visto en camiones tan grandes y que tanta gente vaya.
—¿Usted es de por aquí?—preguntó el uniformado
—Si, unas cuantas veredas arriba—respondí
—Por decreto del día de ayer, el gobierno nacional ha requerido la ayuda de jóvenes entre los 18 y 25 años de edad para formar parte del ejército nacional debido a la crisis existente contra la guerrilla—explicó
Sentí una bofetada totalmente fría, no sé si por la constante neblina que se formaba subiendo a mi finca a estas horas de la mañana, eran las cinco y media. No sabía si de verdad me iban a llevar, hasta donde sé era imposible ir de manera obligatoria allí, puesto que necesito ayudar en labores de la finca y eso se le respeta al campesino.
—¿Es obligatorio?— alcancé a preguntar
—Si, de momento hasta que la situación en el sector se normalice
No creí poder salir a hacer algo más allá de mi pueblo, a lo que había salido a las otras ciudades fue a conocer, por capricho más que nada, pero soy bastante inútil, por lo menos para lo que sería el ejército, ¿que iba a ser de mi? ¿habrían agarrado a Camilo? ¿Mis padres qué? Atiné a sonreír y asentir al militar y subir a velocidad de velorio hasta mi casa, pero no estoy triste, ni asustado, simplemente emocionado, algo había cambiado en este pueblucho por fin.