Aria Prescott El despertar fue como emerger de una fosa de agua profunda y estancada. Abrí los ojos y lo primero que percibí fue la oscuridad absoluta, solo rota por el parpadeo azulado de un indicador de carga en algún lugar de la habitación. Me dolía el cuerpo, una rigidez muscular que nacía de haber dormido en una posición forzada durante horas. Consulté el reloj en la mesa de noche con la vista nublada las 10:42 PM. Había dormido casi diez horas seguidas tras el colapso emocional y físico en la oficina Me senté en el borde de la cama, frotándome las sienes. El silencio de mi nuevo apartamento era artificial, demasiado perfecto. En el barrio, a esta hora, siempre había un eco: un perro ladrando, el motor de un coche viejo, el murmullo de los vecinos en los porches. Aquí, solo

