CAPITULO II.- EL COMIENZO (Primera Parte)

4739 Palabras
“No existen las coincidencias, caminamos cada día hacia lugares, situaciones y personas, que nos esperan desde siempre…” Autor Desconocido. Había nacido en el seno de una familia de altos recursos económicos, de esas que llaman “acomodadas”. Su padre era el presidente y representante para el país de una importante empresa transnacional. Un hombre que venía de una raíz familiar de abolengo de la más alta alcurnia de la sociedad capitalina, educado en las mejores universidades dentro y fuera del país; recintos educacionales donde en sus años mozos conoció a la mujer que en el futuro sería su esposa; una bella chica de su misma nacionalidad que no pertenecía a la alta sociedad, pero que por ser una estudiante brillante fue merecedora de la beca que financió sus estudios en el extranjero. Esa era su madre, una mujer inteligente y graduada con honores que; no obstante, como la gran mayoría de las mujeres de su época, luego de casarse guardó los títulos universitarios para dedicarse a sus hijos y en sus ratos libres a labores sociales. Y si de su padre había heredado el gusto por la buena literatura, la música y la buena mesa; de su madre había heredado su belleza y su inteligencia. María Laura era la menor de cuatro hermanos; sin embargo, ya todos se habían casado y se habían marchado de la casa paterna para hacer sus vidas; solo quedaba ella y una prima por el lado materno con la que se había criado como otra hermana más, pero que pronto también se marcharía a la casa de sus padres a continuar con sus estudios universitarios, quedándose la mansión más sola y vacía; resultando ser muy grande para ella y sus padres, incluso con todo y la servidumbre. Se trataba de una enorme construcción estilo mediterráneo de dos niveles. En su parte superior contaba con seis habitaciones y tres salas de baño, una de las cuales se encontraba en la habitación de sus padres y las otras dos en el largo pasillo donde se situaban sus aposentos y los de sus hermanos y huéspedes. El final de aquel pasillo estaba coronado por una terraza amoblada con muebles elaborados en hierro forjado. En la planta inferior, dos salones; en uno de ellos, el principal, se hacían las reuniones y fiestas familiares; este estaba decorado con muebles, cuadros y espejos estilo Luis XV, todo enmarcado en un fondo color azul razón por la que todos le llamaban cariñosamente “el salón azul”; y el otro, un poco más pequeño, amoblado con muebles modernos era el salón usado diariamente. También se situaban en la planta inferior, la biblioteca de su padre amoblada en fina madera tallada y en el corredor que comunicaba la biblioteca con el comedor principal, una sala de baño para las visitas. El comedor principal se hallaba al fondo del corredor y solo era empleado en los almuerzos domingueros, los del día del padre y de la madre, las cenas de navidad y fin de año o cualquier otra comida de importancia. Finalmente, la cocina donde se encontraba el comedor que se utilizaba a diario y la habitación de la cocinera y la empleada doméstica. En la parte externa estaba el estacionamiento, un jardín que ocupaba ambos lados de la entrada principal y finalmente una alberca. En la parte trasera había un patio donde se situaban las habitaciones del chofer y el jardinero, así como el cuarto que ocupaban la lavadora, secadora y los enseres de planchar. Anteriormente, ameritaban aquel espacio, pero ya todo había cambiado; uno a uno fue abandonando aquella casa: la abuela murió, los hermanos se casaron y a su prima Mirna le faltaba poco para abandonarla también, pues sus padres habían comprado un departamento en las afueras de la ciudad y querían que su hija se mudara con ellos. Ese había sido el trato entre Rubén, el padre de Mirna y los padres de María Laura; doña Ana María y don César Del Pino, su hermana y cuñado, respectivamente; ellos costearían la educación escolar de la chica hasta que esta entrara en la universidad. María Laura contaba con dieciséis años y cursaba el penúltimo año del bachillerato en un estricto colegio para señoritas regentado por monjas carmelitas y que funcionaba en una antigua edificación de estilo arquitectónico clásico victoriano de finales del siglo XIX. En su fachada externa, se podían observar sus dos niveles con ventanales en forma de arcos; misma forma que tenían la entrada principal, dotada de una fuerte y hermosa puerta de madera tallada que era estrictamente pulida todos los días, así como amplias escaleras y dos puertas laterales también en madera. Ya en el interior, luego de atravesar su majestuosa entrada; se hallaba un pasillo que conducía a una segunda puerta más pequeña elaborada en madera. Atravesando esta, un porche amueblado con muebles de madera torneada y desde el cual se podía divisar un espléndido jardín cuyo centro estaba coronado por una fuente de la que emanaba constantemente agua cristalina que tenía dos propósitos: ornamento de jardín y bebedero de las aves, que iban y venían. Al lado derecho del porche se situaba la oficina de la Directora del Colegio finamente amoblada con un escritorio y un estante para libros del mismo estilo de la edad victoriana. Del lado izquierdo otra puerta de madera que conducía a la biblioteca del recinto estudiantil. Los salones de clases se distribuían en los dos niveles de la edificación y contaban con grandes ventanas cubiertas con paneles de vidrio de colores tipo vitrales. Finalmente, lo que más llamaba la atención de la estructura del colegio eran las diversas líneas del techo y sus diseños asimétricos. Era el verano de comienzos de los años '80, época marcada por los videojuegos, la música, el cine y la moda; pero también de grandes diferencias socioeconómicas donde unos pocos tenían mucho y otros muchos tenían poco. María Laura pertenecía al privilegiado primer grupo. Acababa de presentar su último examen de matemática para avanzar al último año de secundaria e ingresar a la universidad. Aparentaba más edad pues nunca fue flacucha, más bien ostentaba muy buenas curvas; no tenía la contextura de una niña sino la de toda una mujer y una muy atractiva a los ojos de los jóvenes, lo que al mismo tiempo causaba la envidia de las chicas. Tenía una larga y rizada cabellera color azabache que le llegaba a la cintura y unos ojos rasgados del mismo tono enmarcados por unas largas pestañas. Sus manos eran muy delicadas, pues en su vida había realizado ninguna labor doméstica. Su madre y su abuela siempre le dijeron que podría llegar a ser pianista, porque sus dedos eran de falanges muy largas y delgadas; motivo por el cual tomó infructuosamente clases de piano durante algún tiempo; pero, aun cuando amaba la música, el piano no era su fuerte, abandonando definitivamente este instrumento musical que solo quedó como otro adorno más del “salón azul” de la mansión. Era una joven de tez clara que, cuando tomaba el sol de la playa, resaltaba un bronceado dorado. Sin embargo, en las vacaciones de verano que se aproximaban no iría al mar, su destino era otro porque sin saberlo ya estaba escrito. Iría al nuevo departamento que los padres de Mirna acaban de adquirir en las afuera de la capital, en un lugar que no tenía nada que ver con el sol caribeño del mar al que ella estaba acostumbrada en todos sus veranos; sino más bien con un clima de montaña que según decían era espectacular. Al principio la idea no le entusiasmaba mucho, ya que ella adoraba ir a la casa de la playa. Cambiar el mar por la montaña no le era muy atractivo, pero su madre le insistió pues no podía hacer ese desaire a sus tíos y sobre todo a su hermano y aun cuando su padre tampoco estaba muy de acuerdo que su hija menor fuera de vacaciones sin ellos, ambos padre e hija no tuvieron más remedio que complacer a la doña y así María Laura aceptó ir a regañadientes. Era una soleada mañana de un día viernes de aquel mes de agosto. Luego de desayunar se dispuso a hacer el equipaje porque al mediodía el chofer las llevaría a la estación del tren donde las esperaba el tío Rubén. Su padre había insistido para que el chofer las llevara hasta el departamento de sus tíos; pero Rubén siempre había sido un hombre orgulloso frente a la posición económica de su cuñado. La única excepción que hizo al respecto fue el aceptar que este se ocupara de la educación de su hija; pues en el tiempo en el que su hermana se lo propuso, su situación económica no era favorable, por lo que aceptó que Mirna viviera con sus tíos adinerados hasta terminar el colegio. Ese día ambas llegaron a la estación ya casi entrando la tarde y luego de constatar sus boletos y entregar el equipaje al personal, abordaron el vagón que les correspondía. Durante todo el trayecto María Laura se deleitó con las montañas que adornaban el paisaje ferroviario; notando que a medida que avanzaban, el clima se tornaba más frío, dejando atrás el calor de la capital para adentrarse en aquel ambiente de montaña, pudiendo distinguir como comenzaba a bajar la neblina que pronto cubriría toda su visibilidad. Por ante sus ojos pasaban parajes de distintas tonalidades de verdes, entremezclándose con árboles de diferentes follajes. Estos eran atravesados por los tímidos rayos solares que podían aún filtrarse por entre la espesa niebla; este efecto avivaba los colores naranjas, amarillos, violetas y rojos de las copas de los árboles, dándole al paisaje un divertido aire carnavalesco que combinaba perfectamente con el olor a suelo húmedo, a naturaleza, a vida. Fue un viaje de dos horas hasta que llegaron al final de su travesía, donde los árboles y las montañas parecieron abrirse para darle paso a la entrada de la estación terminal de aquella ciudad que apenas comenzaba a tener esa apariencia; aunque para ser honestos en esa época no parecía todavía una metrópolis en su totalidad, sino más bien un pueblo grande que estaba apenas comenzando a ser urbanizado por altos edificios que contrastaban con las pequeñas casas de rojos tejados que le daban ese aire de pueblito de cuentos infantiles. Finalmente, el tren se detuvo en la estación y todos los pasajeros descendieron. Luego de registrar su llegada y de recoger sus equipajes se dirigieron a una panadería cercana donde el tío Rubén compró pan recién horneado y leche. Para María Laura todo aquello era nuevo, incluso ver a su tío hacer la compra de algo tan sencillo pues nunca en sus dieciséis años había visto a su padre hacer tal cosa porque de eso se encargaban otras personas por él. Al entrar en el comercio le dio la sensación de estar como en una feria y el olor a pan fresco, galletas, café y chocolate impregnaba el lugar. Había mucha gente hablando todos al mismo tiempo; unos hacían sus pedidos de pan y dulces, otros charlaban cordialmente en la barra del café, unos cuantos simplemente esperaban por ser atendidos y muchos se aglomeraban en la caja registradora para pagar por lo consumido. Unos deliciosos dulces de pastelería muy frescos que se encontraban en una nevera llamaron la atención de ambas jóvenes por lo que el tío Rubén le ordenó al dependiente un dulce para cada una de ellas. Luego de deleitar el paladar con los deliciosos pasteles, los tres abandonaron la panadería y se dirigieron, apurando el paso, a tomar un taxi que se encontraba en una esquina, pues comenzaba a caer una garúa muy fría que amenazaba con tornarse en un fuerte aguacero. El taxi avanzó con sus tres pasajeros y María Laura observaba con la nariz pegada a la ventana del vehículo como dejaban atrás el bullicioso centro del pueblo para adentrarse en un angosto camino que los llevaría al nuevo hogar de sus tíos. Aquel camino era más bien una subida empinada que estaba adornada en ambos lados por casitas que parecían de pesebre, incluso se llegó a preguntar si estaban habitadas o simplemente eran un adorno de ese lugar. Ella estaba maravillada con el sencillo paisaje ya que en su mundo solo estaba acostumbrada a las casas de arquitectura suntuosa y era la primera vez que podía ver de cerca, que más allá de lo que ella conocía, existían otras realidades muy distintas. La joven pudo apreciar que a medida que avanzaban por aquella pendiente la bruma se hacía más y más espesa y la garúa parecía escarcha brillante sobre el parabrisas del vehículo; era todo un espectáculo pues se asemejaba a los cristales de hielo hexagonales de los copos de nieve que aparecían en los dibujos animados. Finalmente, llegaron a la parte más alta de aquel camino y justo frente a sus ojos pudo contemplar por primera vez la edificación donde pasaría aquellos días de vacaciones; una construcción compuesta por dos altas torres cada una de doce pisos y un “pent-house” que contrastaban con las casitas de pesebre que las rodeaban; parecía un anacronismo dibujado intencionalmente por un artista en una obra de arte. El taxi entró hasta el estacionamiento de la planta baja de los edificios y se estacionó en una de las torres; todos descendieron del vehículo y esperaron que el taxista sacara del maletero el equipaje de las chicas. Estaba haciendo mucho frío, tanto que María Laura pudo sentirlo colándose por su fina franela blanca de algodón y sus pantalones de mezclilla azul claro, por lo que tomó el suéter de lana rosa que llevaba amarrado a su cintura y se abrigó con él. Mientras se acomodaba el suéter, sacando su larga cabellera que había quedado aprisionada entre su espalda y este; alzó la vista y pudo distinguir una gran letra “B” que se hallaba en el dintel de la entrada del edificio donde el taxi los había dejado; mientras que, al voltear su mirada al dintel de la otra edificación, pudo leer perfectamente la letra “A”. Fue en ese preciso instante, al girar su mirada hacía aquella edificación marcada con la letra “A” cuando él notó su presencia por primera vez. Era Jorge Luis que se encontraba sentado en los bancos de hormigón color gris que se hallaban en el estacionamiento de la entrada de la otra torre, a una distancia prudencial de los recién llegados. Estaba reunido con otros jóvenes de su edad, charlando y gastándose bromas entre ellos; no obstante, aquellas risas y chanzas no pudieron evitar que desviara su mirada hacia las personas que acaban de descender del taxi, observándolos cómo se repartían el equipaje y las bolsas de provisiones que el tío de las chicas había comprado en el centro del pueblo. Pero pronto su atención se posó en ella, pudiendo distinguir su larga, rizada y negra cabellera y muy especialmente aquel cuerpo de cintura angosta y caderas anchas que se dibujaba bajo la tela de mezclilla clara de sus pantalones ajustados. La detalló de pies a cabeza deleitándose con sus mejillas rosadas y sus labios rojos. Estuvo observando fijamente cada movimiento que aquella joven hacía mientras que tomaba el equipaje del asfalto, tratando torpemente de acomodarse lo mejor posible cada maletín mientras luchaba con su cabello que era movido por el viento, apartándolo sin mucho éxito de su rostro para poder tener mejor visibilidad. Y la observaba porque de alguna forma se percató que la chica le era familiar pues había soñado con ella muchas veces. En varias ocasiones la vio en sus sueños, en distintos escenarios y con diferentes estilos de ropas y peinados, pero no cabía duda que era la misma persona que en los últimos meses, había visto mientras dormía. Eran unos sueños que no podía entender y de los que despertaba sudoroso, con lágrimas en los ojos y lo que era aún más extraño, goteando sangre de su nariz. Luego de esos episodios oníricos, quedaba como aturdido, con dolor de cabeza y muy agotado; teniendo que tomar unos minutos sentado en el borde de la cama para recuperarse. Él no podía ver su imagen en esos sueños, solo veía la presencia de ella, pero sabía que de algún modo se encontraba a su lado, observándola, pudiendo sentir las emociones de aquella mujer. Sentía su tristeza y su pesar, pues en todos los escenarios en los que la veía podía notar un profundo dolor en su mirada. Por eso ahora, tener ese mismo rostro en la realidad, a pocos metros de distancia, le traía muchas interrogantes a su mente ya que no cabía duda, esa joven que acaba de divisar descendiendo del taxi era ella. A pesar de la mirada penetrante de Jorge Luis hacia su persona, esta no se percató de que era observada fijamente; pero la joven de piel blanca, cabello rubio lacio y ojos claros que se encontraba al lado de Jorge Luis si notó cómo este se encontraba hipnotizado viendo a la imponente recién llegada. —Podrías disimular al menos, acuérdate que estoy aquí —lo increpó Aixa mientras lo tiraba de la camisa para llamar su atención. —De que estás hablando, solo miraba al señor Rubén que acaba de llegar en ese taxi y pensé en ayudarlo... Pero no fue necesario —trató de disimular su interés por la joven de larga cabellera que lo había impactado y que ya desaparecía detrás del portón de cristal de entrada al edificio. En sus pensamientos únicamente se preguntaba quién podría ser aquella con la que había soñado tantas veces y que ahora llamó tanto su atención por tenerla allí frente a sus ojos. Qué parentesco tendría con el señor Rubén; sería fácil averiguarlo pues ese señor era el padre de Rubén el novio de Milena, una de sus hermanas. Esa tarde el tema de conversación entre sus amigos era la hermana menor de Rubén pues decían que esta se había criado en la capital en la casa de unos tíos millonarios y que ahora se venía a vivir con sus padres. Él no prestaba atención a las especulaciones de sus amigos solo se preguntaba quién era esa joven que estaba en sus sueños y que se había quedado en su mente; no podía sacarse de la cabeza la imagen de la chica batiendo su cabellera luchando con el viento para tratar de quitarse el cabello de la cara. Él en ese momento no lo sabía, pero ella le iba a cambiar la vida para siempre. Si antes de conocerla, se le había metido en sus sueños; ahora, desde ese preciso instante que la vio de frente, María Laura se le metería en su corazón y en cada poro de la piel. El ascensor llegó al piso doce y los tres descendieron dirigiéndose hacia la puerta donde ya la tía Zaida los esperaba para darles la bienvenida. Entraron en el departamento y María Laura pudo constatar que se trataba de un sitio muy acogedor. No tenía la suntuosidad y elegancia de su casa; no obstante, su tía lo había decorado con mucho esmero. Contaba con tres habitaciones, la habitación matrimonial de los tíos, otra habitación que era ocupada por Rubén y sus hermanos Carlos y Alejandro y una tercera que hasta ese día era solo de Zaida la hermana menor de Mirna, pero con la llegada de esta y de María Laura, tendría que compartirla con ambas y después de las vacaciones, con su hermana mayor que se quedaría a vivir con ellos. Las tres habitaciones y los dos baños se encontraban distribuidos a lo largo de un pasillo que conducía al salón comedor ambos decorados con muebles modernos. Al final del salón había un gran ventanal desde el cual, y debido a la altura en la que se encontraba el departamento, se podía ver una vista espectacularmente panorámica de todo el sector. Finalmente, la cocina un recinto pequeño comparado con la cocina de la mansión, pero con un mobiliario tan bien distribuido que lo hacía muy práctico. Luego de los respectivos saludos se quitaron los abrigos y tomaron asiento en el salón mientras disfrutaban de un chocolate caliente con galletas de mantequilla que la propia tía había horneado para darles la bienvenida con el cariño que la caracterizaba. Conversaron de diversos temas, entre los cuales destacó el hecho de que María Laura estaba a punto de entrar al último año del bachillerato para luego comenzar una carrera universitaria. Sus primos le preguntaban si se iría a estudiar al extranjero y ella les respondía que prefería quedarse estudiando en el país, pero que cuando se especializara o realizara algún master si lo haría en el exterior, quizás en la universidad donde sus padres se habían conocido. La chica no compartía mucho con esta parte de su familia por línea materna pues convivía más con sus tíos y primos paternos; por lo que estar con ellos en ese momento significó acercarse a ese linaje, a sus raíces por parte de su madre que, como pudo constatar de entrada, se sentían más cálidas que la frialdad con la que se trataba su familia paterna. Por el mismo hecho de no compartir tanto con su familia materna, para sus primos ella significaba una novedad, al fin de cuentas era la “prima acaudalada”, lo que llenaba su curiosidad por el estilo de vida que llevaba la joven. No paraban de hacerle preguntas, siendo que la velada estuvo muy amena y todos disfrutaron del momento familiar entre risas, charlas y elogios por lo bonito del departamento nuevo. Así transcurrió la tarde, y esta luego, dio paso a la noche. Ya se encontraba instalada en la habitación que iba a compartir con sus primas; hablaba y planeaba con estas todo lo que harían durante las vacaciones. En ese instante Rubén las invitó a conocer a Milena su novia y a algunos amigos que ya comenzaban a reunirse en los bancos de hormigón gris ubicados en el espacio del edificio marcado con la letra “B”. Por consejo de la tía las jóvenes se abrigaron bien pues las noches de ese sector se caracterizaban por ser frías. María Laura se enfundó en una gruesa chamarra con capucha color azul oscuro y se envolvió el cuello con una gruesa bufanda de lana tejida del mismo tono y que combinaba perfectamente con los pantalones de mezclilla y la franela de algodón que llevaba aquella tarde cuando llegó. Ya fuera del edificio se percató que la tía Zaida tenía razón era una noche muy fría a pesar de que se encontraban en pleno mes de agosto; la bruma cubría todos los rincones de aquel sector y era tan espesa que no se podían distinguir ni los faros de los automóviles que llegaban o partían. Se acercaron a los bancos de la torre “B” encontrándose con un grupo de jóvenes cuyas edades oscilaban entre quince y veinte años. Al unirse a los presentes ambas fueron presentadas al grupo por Rubén. —Esta es mi hermana Mirna y ella es mi prima María Laura —se dirigió Rubén al grupo realizando las respectivas presentaciones. —Mirna ella es mi novia Milena —prosiguió, acercando a su lado a una joven de lacios cabellos negros y tez morena. —Mucho gusto, encantada de conocerte, Rubén me ha hablado mucho de ti —exclamó Milena. —Esta es mi prima María Laura —se apresuró Mirna a hacer la presentación de su prima tanto a Milena como al resto del grupo. En eso estaban cuando una silueta proveniente de la torre “A” se acercaba a ellos. Era Jorge Luis que, encontrándose en los bancos del otro lado, se percató de la presencia de las recién llegadas; sintiendo curiosidad por conocer sus identidades. Quería saber por fin quien era aquella joven que aparecía en sus sueños y que estuvo rondando su cabeza toda la tarde, por lo que decidió aproximarse al grupo. —Mi hermano menor Jorge Luis —dijo Milena. Y ese fue el momento cuando por primera vez cruzaron miradas y se tomaron de las manos en una presentación que les pareció una eternidad, porque sintieron que el tiempo y el espacio a su alrededor se había paralizado. Jorge Luis pudo ver fijamente a los ojos a esa chica con la que había soñado durante los últimos meses y que en horas de la tarde había llamado su atención; reconociéndose inmediatamente en esos ojos profundamente negros que le desnudaron el alma. María Laura por primera vez notaba su presencia y sintió estremecer su cuerpo al contacto de su mano con la de él; fue como una corriente eléctrica que le recorrió todo su cuerpo, como si la esencia de su alma se identificara con la esencia del alma de Jorge Luis... Y así era, aunque ninguno de los dos lo sabía en ese momento. Algo extraño sucedió; fue como si ambos hubiesen dado un salto a otra dimensión donde por un instante el tiempo y el espacio permanecieron inmóviles. Todos los que estaban a su alrededor desaparecieron, quedando solo ellos dos dejándose llevar por el momento y sintiendo el calor de aquella energía recorrer sus cuerpos, reconociéndose el uno en la mirada del otro. Era como si después de buscarse por milenios sus almas se hubiesen encontrado nuevamente. —Y a mí, acaso no me van a presentar a la novedad de hoy —interrumpió aquel silencio una voz chillona que los volvió a ambos al tiempo presente, sacándolos de golpe de aquel espacio sin tiempo en el que permanecieron mientras sus almas se reconocían. Jorge Luis soltó apresuradamente la mano de María Laura y volvió la mirada hacia la recién llegada; era Aixa que se incorporaba al grupo. —Disculpen ella es Aixa —exclamó con tono casi de desdén. —Si su novia —puntualizó Aixa tomándolo de la mano como marcando territorio. Todos los presentes quedaron en un profundo silencio que fue interrumpido por Rubén cuando prosiguió con las presentaciones. Jorge Luis y Aixa se apartaron unos cuantos metros del resto de los presentes, notando María Laura que parecían discutir, conclusión a la que llegó por el movimiento de sus labios, gestos y ademanes. Una discusión que terminó con Jorge Luis alejándose del lugar seguido muy de cerca por Aixa. María Laura lo siguió con la mirada viéndolo salir del edificio rumbo a su casa, que era una de aquellas casitas que parecían de pesebre y que se encontraba justo frente a la edificación de dos torres; Aixa dejó de seguirlo y en la entrada principal se devolvió hacia la torre “A” abriendo el portón de cristal y desapareciendo detrás del mismo, oyéndose solamente el fuerte golpe con el que la puerta se cerró a su paso. Tan fuerte fue el aventón, que todos los presentes pensaron que el cristal se había partido en mil pedazos, motivo por el que todos voltearon la mirada para verificar que aún permanecía en pie. —Esa mujer es insoportable, yo no sé cómo tu hermano puede estar con ella. La verdad es que algo debe tener para poder soportar semejante fiera que siempre lo deja en ridículo sin importarle quien está presente —exclamó uno de los chicos presentes en tono de broma. Ante el comentario todos rieron menos María Laura quien quedó pensativa, meditando sobre lo que había sentido al estrechar la mano de aquel joven. Nunca en su vida había experimentado aquello. ¿Qué había sucedido en ese minúsculo instante en el que pareció que ambos trascendieron a otra dimensión? Porque había sucedido eso tan extraño; quien era él y porque sintió eso cuando la piel de su mano entró en contacto con la piel de la mano de ese chico. Eran algunas de las interrogantes que le revoloteaban en la cabeza mientras que la velada transcurría amenamente con uno que otro comentario sobre el incidente. Y aunque nadie lo comentó, todos se dieron cuenta de la instantánea atracción que Jorge Luis y María Laura habían sentido el uno por el otro. La energía fue de tal magnitud que la percibieron todos los presentes y obviamente también Aixa, que desde el mediodía se había percatado del interés que aquella chica de largos y rizados cabellos había despertado en Jorge Luis.
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