Había llegado el día señalado para el encuentro que ambos esperaron por una semana; él con más ansiedad que ella, pero ambos esperándolo por igual. El sitio escogido por María Laura era un café que se encontraba en un centro comercial muy concurrido a poca distancia de sus oficinas, pero a pesar de hallarse en esa zona comercial, era un lugar muy íntimo que contaba con mesas tanto en su parte interna como en su parte externa. El interior de aquel recinto estaba acondicionado para albergar a las parejas de enamorados que se daban cita en las noches capitalinas, así como a grupos de personas que asistían los viernes a tomar alguna copa y disfrutar de la música para relajarse de la agotadora semana laboral, ya que, a medida que caía la noche, el lugar se tornaba alegre y fiestero invitando a los que allí se encontraban a mover sus cuerpos al son de ritmos caribeños y anglosajones. En su exterior el ambiente cambiaba totalmente pues era más tipo cafetería parisina con mesas de madera dispuestas al aire libre y protegidas por un toldo color verde. Alrededor de las mesas y cubriendo el entorno, unas jardineras sembradas con preciosas violetas de variadas tonalidades; todo lo cual invitaba a sentarse en aquel espacio tipo terraza a degustar de un buen café mientras se observaba el paisaje que se dibujaba en todo su ambiente. Ella escogió el lado externo para su encuentro con Jorge Luis por dos razones: podían hablar sin ser interrumpidos y podían verse a la cara sin la penumbra que había en el interior.
Llegó antes de lo previsto y se sentó en una de las mesas a un lado de las jardineras. Vestía un conjunto de pantalón y chaqueta de mezclilla azul claro, una fresca y vaporosa camisa blanca de mangas cortas y zapatillas de tacón bajo también de color blanco haciendo juego con un amplio bolso de cuero. El cabello como siempre impecablemente rizado sostenido por unos lentes de sol de espejuelos purpuras coronando su cabeza. El único maquillaje que llevaba en su rostro era un delicado tono rosa en sus labios y mejillas pues siempre había sido una mujer muy sencilla en cuanto a maquillaje se trataba. Uno de los mesoneros se percató de su presencia y acudió a llevarle la carta del menú.
—Gracias, espero a alguien, pero por favor podría traerme un café n***o bien cargado mientras la persona llega —le indicó. El mesero se retiró y a los pocos minutos regresó con el café solicitado, lo colocó en la mesa y se marchó. Ella comenzó a beberlo sin endulzarlo porque hacía años que había retirado la azúcar refinada de su dieta. Mientras tomaba aquel café por su mente desfilaron miles de recuerdos de aquellos años cuando conoció a Jorge Luis y sonrió en su interior pensando que cuando algo está destinado a ser, no hay fuerza que lo impida; aquello será a pesar de todo: tiempo, obstáculos, circunstancias, personas, etc. Y en su caso todo aquello había ocurrido. Esa relación siempre estuvo marcada por los obstáculos, muchas circunstancias y muchas personas involucradas; sin embargo, treinta y tantos años después allí estaba en aquel café esperando para encontrarse con él nuevamente después de tantos años sin verlo.
Era una tarde soleada de comienzos de abril y ella se encontraba en ese café a la espera de aquel pasado que volvía a su vida; un pasado en la forma de ese hombre que fue su primer amor; un amor que la había perseguido durante todos esos años; un amor que había permanecido en ella latente a pesar de su prematuro matrimonio, de la posterior unión con el que era el padre de su única hija y de la relación con el hombre con el que convivió hasta hacía dos años atrás. Muchas interrogantes se cruzaban por su mente: ¿Cómo luciría?, ¿habría envejecido con dignidad?, ¿cómo la recordaría?; eran algunas de las preguntas en su cabeza mientras tomaba la taza de café y esperaba su llegada.
Esa semana, después de aquellos mensajes telefónicos, se dio cuenta de que a pesar del tiempo y la distancia aún Jorge Luis seguía presente en su pensamiento. Se percató que de vez en cuando pensaba en él. Recordó las veces que lo buscó en las r************* a lo largo de todos esos años, en algunas oportunidades de manera inconsciente y en otras de forma muy consciente. También advirtió que cada vez que le tocaba hacer alguna diligencia de trabajo en la ciudad donde él aún vivía, fantaseaba con la idea de encontrárselo en alguna de esas calles en las que tantas veces transitaron juntos. Y hoy iba a tenerlo otra vez de frente, cara a cara. Estaba convencida de que aquel reencuentro tenía su razón de ser; en lo más profundo de su ser sabía que por algún motivo él volvía a aparecer en su vida.
Había transcurrido el tiempo y en más de una oportunidad a lo largo de todos esos años fueron muchos sus encuentros, pero la imagen que tenía de él era la de aquel joven de diecisiete años que ella conoció. Cerró los ojos y lo volvió a dibujar en su mente, como salido de la espesa niebla del recuerdo; lo visualizó tal y como lo conoció aquel verano: un joven de piel morena, estatura media; contextura fuerte y atlética, cabello n***o y ojos de igual color con una mirada penetrante y misteriosa; labios pequeños que cuando sonreía dejaban ver unos dientes perfectos y tan blancos como la espuma del mar. Su sonrisa era limpia, esa sonrisa que tanto había amado y lo que más recordaba porque fue lo que llamó su atención la primera vez que lo tuvo enfrente. Haciendo un ejercicio de memoria recordó que ya habían pasado veinte años desde la última vez que se vieron y treinta y tantos desde aquella fría noche de agosto cuando por primera vez unieron sus labios con aquella pasión que dan las hormonas cuando se es adolescente. Pudo recordar todos y cada uno de esos momentos los cuales pasaron por su mente en forma de imágenes muy nítidas, tan nítidas que parecían de un pasado muy reciente; percatándose así de algo en lo que no había caído en cuenta: aquellos recuerdos permanecían intactos en su memoria y solo de pensarlos el corazón le latía fuertemente en el pecho y las emociones se le tornaban en un torbellino en su estómago. Era una mezcla de alegría e incertidumbre, tal y como lo sintió tantas veces a lo largo de los años cada vez que sus caminos se cruzaban. Es que desde la primera vez que estrecharon sus manos, sintieron esa atracción; esa afinidad que los embargó desde aquella primera noche, definitivamente era algo de otra dimensión.
Era un sentimiento que desafiaba el tiempo y el espacio y allí estaba en aquel momento otra vez, envolviendo nuevamente todo su cuerpo. Advirtió que aquella energía solamente estaba dormida, oculta en lo más profundo de su subconsciente como esperando el tiempo preciso para volver hacerse sentir. Allí estaba de nuevo, intacta, como si fuera la primera vez que se vieran a los ojos, tal como aquella vez cuando ella apenas contaba con dieciséis y él con diecisiete. Indudablemente, esa relación iba más allá del tiempo y el espacio y ahora tenía más claro que ese vínculo que los unía debía tener algún propósito en sus vidas. A pesar de los años se mantuvo, a pesar que ambos tomaron caminos distintos.
A través de los años, mientras transitaba las terapias que la habían ayudado a superar muchos procesos de su vida; tuvo la oportunidad de estudiar varias disciplinas de las llamadas “esotéricas” o “espirituales”. De estas disciplinas aprendió que todo lo que les sucede a las personas en la vida tiene un propósito y que a fin de cumplir con esos propósitos todo se planifica antes de nacer. Con ese conocimiento que fue adquiriendo a través de los años pudo advertir que, ese sentimiento tan fuerte que ambos sentían desde que se vieron por primera vez; esa energía tan marcada que ambos experimentaban con solo estar uno en presencia del otro y que era perceptible por los que se hallaran a su alrededor, debía significar algo. Una voz en su interior le gritaba que sus almas de alguna manera estaban conectadas. Que ese sentimiento que los unía era parte del plan divino trazado por cada una de sus respectivas almas y que formaba parte del acuerdo entablado entre ambos para aprender de alguna experiencia, pero ¿cuál?... eso era lo que les tocaba esclarecer en esta nueva etapa; era el momento de aprenderlo porque se encontraban preparados y por lo menos ella contaba con las herramientas para afrontar ese aprendizaje, asimilarlo e interiorizarlo; el universo no se equivoca.
Allí se encontraba sumida en aquel monólogo interno y tratando de mantener la calma, pero la ansiedad se apoderaba de su cuerpo con el paso de cada segundo a pesar de que sabía que ese momento estaba destinado a ser. Por eso desde el primer momento que se vieron y por siempre sintieron esa extraña conexión, ese “no sé qué” especial que sentían cuando estaban juntos y aun cuando a lo largo de esos años tuvieron muchos encuentros y muchas separaciones; algunas de ellas dolorosas, aquel sentimiento y aquella energía especial estaba intacta.
El recuerdo más latente que tenía de aquel hombre era también el más doloroso porque fue precisamente el momento en que tuvo que renunciar a ese amor que ambos sentían porque la razón pudo más que los sentimientos. En aquel entonces ella era una mujer libre para amar; no obstante, él era un hombre comprometido con Jazmín la madre de sus dos hijos, lo que no impidió que al volverse a encontrar se avivará aquella energía que surgía entre ambos y la magia hizo lo suyo: se amaron con esa pasión desatada que ambos sentían; pero luego de entregarse a aquel fuego que los consumía ella se dio cuenta que el mundo a su alrededor se desplomaría y serían muchas las personas que iban a sufrir las consecuencias de sus actos. A pesar de esas consecuencias él estaba dispuesto a dejarlo todo por ella; sin embargo, María Laura tomó la decisión de alejarse alegando una vil mentira que los hirió profundamente a ambos y no se volvieron a ver más hasta aquel día que iban a estar otra vez frente a frente.
Esa tarde mientras lo esperaba también se percató que, sin darse cuenta, su vida sentimental había girado en torno a él y que todas las malas y no tan malas decisiones que había tomado a lo largo de esos años se relacionaban de una u otra forma con Jorge Luis. Al tener todos estos pensamientos cruzando por su mente se estremeció y sintió mucho miedo; llegó a pensar si a fin de cuentas valdría la pena o sería buena idea tenerlo nuevamente en su vida y sintió un breve impulso de abandonar aquel lugar y dejar todo como estaba. Pero ese impulso quedó allí pues lo ahogó en el último trago de café que ya se encontraba frío y que bebió para tratar de calmar los nervios que la consumían. Se dijo a sí misma que ya era hora de enfrentar aquello que por esos largos años ambos habían dejado en espera, en animación suspendida, encapsulado en el tiempo, como esperando el momento de abrirse paso y de florecer o de morir, de fenecer definitivamente. Era inevitable siempre iba a volver y cada vez con más fuerza y ahora era el momento de enfrentarlo.
Como todas las tardes del mes de abril aquella era calurosa, pero sentada al aire libre del café sentía en su rostro la suave brisa que agitaba su cabello al tiempo que calmaba en algo sus nervios. Para distraerse miraba su teléfono móvil y de vez en cuando observaba a su alrededor tratando de verlo llegar entre las personas que transitaban por la parte externa del centro comercial. Miraba fijamente a todos aquellos transeúntes y se preguntaba si esas personas la observaban y podían darse cuenta de las emociones que en ese momento la embargaban, algo tonto que solo estaba en su cabeza porque aquellas personas no tenían ni idea de quien era ella ni de su historia; era solo su imaginación, sus pensamientos locos que le revoloteaban en la cabeza y que no paraban de aparecer unos detrás del otro como una película mezclando todo: pasado y presente e imaginándose muchos posibles futuros y desenlaces que podrían surgir como consecuencia de aquel encuentro. Allí se encontraba, calmando esos pensamientos, convenciéndose de que lo mejor que podía hacer era encontrarse con él otra vez. Fue allí, en ese preciso momento cuando apareció frente a su mesa.
—Hola buenas tardes señora, será que usted permite que me siente en su mesa—saludó él bromeando para romper el hielo de aquel primer encuentro. Ella levantó la mirada apartando del rostro su rizada cabellera que él tanto amó, lo miró fijamente y sonrió. Él le devolvió la sonrisa y se acercó a ella dándole un beso en la mejilla al tiempo que colocaba un libro sobre la mesa y acercaba una silla para sentarse.
Ella se estremeció al sentir su respiración tan cerca en aquel instante que sus labios le tocaron la piel. La sonrisa se esfumó de su rostro y bajó la mirada dirigiéndola hacia el libro tratando de disimular todas las sensaciones que le recorrían el cuerpo; y en su rostro se dibujó nuevamente una sonrisa pues recordó que él nunca había sido amante de la lectura. Luego lo observó en silencio por unos segundos y se encontró nuevamente con aquellos ojos de mirada penetrante y esa sonrisa limpia que siempre la cautivaron desde el primer momento. Lo detalló por unos instantes y pudo percatarse que estaba igual, que no había cambiado mucho, solo su cabello que ahora, al igual que el de ella, comenzaba a mostrar los hilos plateados que dan la edad. No lo podía creer allí estaba él, había llegado el momento de encontrarse frente a frente con aquel hombre al que había amado en el silencio de sus recuerdos durante tantos años, al que había imaginado en sus pensamientos durante tantas noches, por quién siempre se preguntaba si también la recordaba. Trató de disimular el total nerviosismo que corría por todo su cuerpo; ya que su olor le quedó plasmado en la mejilla por aquel beso de bienvenida. Cerró los ojos sintiendo ese aroma que le traía tantos recuerdos que la remontaban a años atrás, percibiendo que el calor de aquellos labios en sus mejillas era como un fierro ardiente que la quemaba por dentro. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para que él no notara las emociones que estaba sintiendo y rompiendo el silencio lo saludó.
—Hola, ¿cómo estás?, me parece mentira que estés aquí —fue lo único que pudo salir de sus labios. Ahora le tocó el turno a él de contemplarla por unos minutos, detallando a aquella mujer que fue suya tantas veces y que había dejado ir por decisiones estúpidas y cobardes que había tomado en el pasado como consecuencia de la injerencia de ciertas personas a su alrededor. Con los años se dio cuenta que muchos de esos personajes sentían envidia que una mujer como ella se fijara en un tipo como él. También se percató que otros solo pensaban erradamente que ella arruinaría su vida al lado de un hombre que no le podía dar la vida a la que estaba acostumbrada. María Laura sonrió porque se dio cuenta de que cada uno buscaba reconocerse en los ojos del otro tratando de encontrar en aquellas miradas a los adolescentes que fueron mucho tiempo atrás. Y lo lograron, se reconocieron en la mirada del otro a pesar del espacio que los separó y del tiempo transcurrido. Él la escaneó completa con una sola mirada y notó que a pesar de que los años habían pintado su rizado cabello de matices grisáceos, era la misma mujer a la que siempre amó; la mujer que aún conservaba aquellas curvas que le fascinaron desde el primer momento que la vio descender de aquel taxi; era la misma de cintura angosta coronando esas caderas anchas en las que él navegó en un tiempo atrás y que fueron al mismo tiempo su salvación y su perdición. Ciertamente, no eran los adolescentes que fueron, pero descubrieron cada uno en su interior que el sentimiento que los unía desde entonces estaba intacto.
—No has cambiado nada, estás igual de cómo te recuerdo —expresó Jorge Luis tratando de romper el silencio que se había formado en aquel instante.
—No seas mentiroso porque estas canas no las tenía hace veinte años cuando nos vimos por última vez —respondió ella al mismo tiempo que con sus dedos tocaba uno de los rizos de su cabello.
—¿Veinte años? —interrumpió él, tratando de ubicarse en la línea de tiempo a la que ella se refería.
—Si exactamente han pasado veinte años desde la última vez, no lo recuerdas —preguntó María Laura sin entender como él no recordaba aquella la última vez, pero ella no se percataba que él lo recordaba perfectamente; sin embargo, no quería sacar ese tema a colación… Era muy doloroso para él también; pues fue el día que, aun cuando estaba dispuesto a dejarlo todo, ella le rompió el corazón. Se acomodó en su silla, la miró fijamente a los ojos y exclamó:
—Claro que lo recuerdo como no recordarlo si te alejaste, te perdiste sin darme ningún tipo de explicación, te busqué y no pude encontrarte —exclamó mientras se acomodaba en su silla y viéndola fijamente a los ojos. —Me partiste el corazón y no tuve más remedio que continuar con una vida que no quería —señaló con cierto tono de reproche.
—¿Es en serio? —preguntó ella no dando crédito a las palabras que oía; sería posible que él no recordara los acontecimientos que se suscitaron en aquel entonces para que ella tomara la decisión de apartarse de su vida; de verdad él no recordaba que ella se retiró porque las consecuencias de los actos de ambos iban a hacer sufrir a muchas personas; no podían construir aquella relación sobre la desdicha de otros. No, no iban a poder ser felices si tomaban la decisión de seguir adelante aun a expensas de los demás; aquella relación estaría destinada a fracasar porque los iban a perseguir muchos fantasmas. Allí ella constató que la decisión que tomó veinte años atrás fue la mejor, de no haber sido así no estuviera en ese momento frente a él y las cosas hubiesen resultado de otro modo. Lo que sucedió fue lo mejor aun cuando en su momento no lo comprendiera pues de haber sido de otra manera, hoy ambos se odiarían.
Por eso ella se alejó de su vida y aun así algunos años después se volvieron a cruzar en un chat de una red social, una de las tantas noches cuando ella aburrida se sentaba frente a la computadora a navegar por internet y él apareció de la nada. Sí, porque siempre fue de ese modo; siempre él resurgía del pasado buscándola, siempre siguiendo sus pasos; él siempre estuvo destinado a buscarla y ella destinada a ser encontrada. Recordó que en aquella oportunidad charlaron durante varias semanas, confesándose muchas situaciones por las que ambos individualmente estaban atravesando en aquel momento. Se desahogaban mutuamente de una vida en la que ninguno de los dos se sentía cómodo; pero a pesar de todo eso nunca pudieron verse de frente, solo se escribieron a través de una computadora. Hicieron planes en aquella oportunidad para poder reencontrarse; sin embargo, nunca pudieron concretar nada porque siempre el destino les jugaba una mala pasada. En esa época ambos estaban comprometidos, no tenían la libertad para amarse. Él estaba aún con Jazmín y ella con su ex. Ahora era diferente; ya eran personas libres que no se debían a ningún compromiso. El tiempo y todo lo vivido por ambos de forma separada los había hecho madurar y los había preparado para aquel encuentro que podría ser el momento para materializar lo que durante tantos años quisieron y no pudieron. Quizá todo aquello no fue más que aprendizajes que tenían que vivir cada uno individualmente para poder estar finalmente juntos sin ningún tipo de pruebas que superar, con el corazón libre, solventes sentimentalmente para poder entregarle al otro lo mejor de cada uno.
El mesero se acercó nuevamente a la mesa trayendo consigo una carta para cada uno. Ambos le agradecieron al tiempo que este se retiraba mientras ellos sacaban sus gafas para leer, ella de su bolso y el de su chaqueta. Se observaron mutuamente y rieron porque se dieron cuenta que definitivamente no eran los adolescentes de antaño.
—Que deseas ordenar, tienes hambre —preguntó él.
—Realmente no tengo apetito, pero si me encantaría un vodka martini — contesto casi inmediatamente.
—Es en serio, vodka a las cinco y media de la tarde —respondió Jorge Luis consultando su reloj y observándola con una sonrisa en sus labios.
—Es viernes, está comenzando a caer la tarde, me encanta el vodka y me parece que este encuentro merece que se celebre con algo más fuerte que un cafecito —respondió María Laura devolviéndole una sonrisa que rayaba entre lo sensual y lo intelectual.
—Ante esos argumentos no me queda otra cosa que acompañarte, pero yo prefiero un whisky en las rocas —respondió Jorge Luis lanzando una sonora carcajada que hizo que más de uno de los presentes volvieran la mirada para verlos. El mesero regresó con las bebidas acompañadas por unos bocadillos y los colocó sobre la mesa. Ella tomó su copa sacando una de las aceitunas de su bebida y llevándola a su boca para degustarla mientras él observaba sus provocativos labios humedecidos por la bebida. Tuvo que apartar la vista de ella pues sintió el impulso de devorarla a besos como tantas veces en el pasado lo había hecho.
—Brindemos por este encuentro, espero que sea el primero entre muchos otros —exclamó alzando su vaso. Ella levantó su copa y tocando suavemente el vaso de Jorge Luis brindó con él. Luego llevó la copa a sus labios tomando un sorbo de vodka.
—Jorge yo sé que ya ha pasado mucho tiempo; sin embargo, hay algo que me ha dado vuelta en la cabeza todos estos años; y es que quisiera saber el motivo que tuviste para hacer lo que hiciste aquella noche, por qué me dejaste así, nunca lo entendí —le preguntó con cierta curiosidad. Ella se refería a un evento que había sucedido hacía muchos años atrás cuando aún eran unos adolescentes descubriendo su sexualidad y que, a pesar de sus encuentros a lo largo de esos años, nunca él le había revelado el verdadero motivo de lo sucedido esa noche. Aquella pregunta tan directa de ella lo hizo cambiar de actitud, pasó de tener una amplia sonrisa dibujada en su rostro a una seriedad que se encontraba en el límite de la amargura.
—Es muy pronto para contestarte, quizás después de un par de estos —exclamó señalando su vaso de whisky.
—Es que nunca entendí tus motivos, porque nunca me hablaste de ellos, simplemente te alejaste e hiciste lo que hiciste y luego las veces que coincidimos nunca tocamos el tema. Ambos sabemos que si no hubiese sido por aquello tal vez nada de lo que pasó después hubiese ocurrido y nuestra historia pudo haber sido otra. Yo creo que ya es hora que hablemos de eso no te parece —insistió ella.
—Te dije que me dejaras tomar un par de estos y te contesto esa pregunta. Además, recuerda que en una oportunidad fui yo el que quiso hablarlo y tú no lo permitiste —señaló mientras tomaba otro sorbo de su bebida.
Transcurrió la velada y hablaron de cualquier cantidad de temas, recordaron los momentos felices que habían vivido cuando fueron novios en su adolescencia. También se contaron episodios de sus vidas que vivieron por separado y lo que habían hecho durante todos esos años. Reían y charlaban como un par de amigos que tenían tiempo sin verse. Ya al encontrarse más relajados ella lo miró fijamente y volvió a solicitarle que le dijera el motivo por el que, años atrás, él se había comportado de la manera como lo había hecho; porque ese episodio le había marcado la vida.
—Sabes qué, tengo una mejor idea, vamos a cambiarnos de mesa, le pedimos al mesero que nos mude para el interior del local que te parece; allá adentro la cosa está animada, total tú lo mencionaste...es viernes —respondió él mientras se tomaba el ultimo sorbo de whisky y negaba con su cabeza ante la insistencia de ella a que el tocara ese episodio del pasado.
—Me estás evadiendo, pero bueno está bien vamos a entrar —aceptó ella mientras terminaba el contenido de su copa.
El mesero los cambió de mesa al interior del local tal y como ellos lo habían solicitado. Ciertamente, él tenía razón, en el interior del recinto el ambiente era de viernes. Los ubicó en una mesa que se encontraba al final de aquel espacio y les trajo un par de bebidas más que le habían ordenado. La música sonaba en los parlantes y las personas en la pista bailaban alegres al son del ritmo caribeño que se escuchaba.
—Y entonces por fin me vas a contar que sucedió —volvió a insistir en su pregunta.
—Lo siento María no te escucho y sabes qué, creo que aún estoy sobrio para darte esa respuesta —sonrió él viéndola a los ojos.
—No me lo vas a decir, lo sé —exclamó ella resignada.
—Sí lo voy a hacer, pero aún no es el momento, déjame disfrutar de este encuentro, déjame deleitarme con tu compañía, luego a su tiempo lo vas a saber —prometió tomándola de la mano. En ese instante se escuchó una melodía que ellos recordaban muy bien por cuanto la habían hecho propia mucho tiempo atrás ya que esa canción siempre la bailaron desde que fueron novios en su adolescencia y cada vez que se encontraban y tenían la oportunidad de bailarla lo hacían. Ambos cruzaron miradas cómplices y sonrieron.
—Quieres bailarla —le preguntó él sosteniendo aun la mano de ella entre las suyas.
—Por supuesto —contestó sonriendo y ambos se dirigieron a la pista de baile.
Se abrazaron y comenzaron a bailar al ritmo de aquella melodía retro que les traía tantos recuerdos a ambos. Recuerdos dulces y a la vez amargos. La tuvo tan cerca de él como siempre quiso; pudo sentir su aroma, el latir de su corazón, la suavidad de su piel, el ritmo de su respiración y no pudo resistir buscar sus labios, besándola como tantas veces lo hizo en el pasado. Ella correspondió a aquellos besos, no opuso ninguna resistencia, más bien se dejó fluir y se entregó a aquello que sentía en aquel momento.
—Siempre te he amado y hoy solo te puedo decir que fui un soberano idiota al dejarte ir. Tomé decisiones estúpidas en el pasado y me arrepiento por ello, sé que quieres respuestas y te juro que las vas a tener —le susurró al oído al término de la canción.