“Aunque no sabes que es lo que buscas,
lo que buscas, te busca”. Alejandro Jodorowsky.
Con el pasar de los años se había convertido en una mujer segura de sí misma, empoderada; que había logrado en el ámbito económico, profesional y emocional todo lo que se había propuesto sin contar con el dinero de su padre. A pesar que ya estaba en sus cincuenta y tantos, aparentaba menos edad gracias a la paz que había logrado durante los últimos años; una paz que le había costado la toma de ciertas decisiones que no fueron fáciles para ella. Habían transcurrido los años; sin embargo, aún conservaba aquel cuerpo voluptuoso que era admirado por el sexo masculino y envidiado por el femenino. Sus cabellos seguían ostentando los rizos que siempre tuvo, pero ahora lo llevaba a la altura de la barbilla. Ya no eran color azabache, pues comenzaban a reflejar las primeras canas producto de la edad; no obstante, esos hilos color plata más allá de envejecerla le daban un toque elegante a su rostro sobre todo en las ocasiones que se los hacía teñir de color violeta para cambiar de look. Estaba orgullosa de sí misma, ya que a pesar de las vicisitudes por las que tuvo que pasar a lo largo de su adolescencia, juventud y primeros años de vida adulta, no sucumbió en su meta de convertirse en lo que hoy era: una mujer emocional, profesional y económicamente estable y por sobre todo dueña de su vida. Miraba hacia atrás y le parecía mentira que esa persona que una vez fue, temerosa y vulnerable; aquella que en algunos momentos de su vida se sintiera tan pérdida, fuera la misma mujer que se reflejaba en el espejo de su baño todas las mañanas.
Ese día se había levantado temprano como solía hacerlo siempre, aun cuando no tuviera que trabajar. Era día viernes y acostumbraba a dedicarle ese día a sus asuntos personales por ello no iba a la oficina. Después de ducharse y vestirse lo más cómoda posible descendió las escaleras del piso superior de su departamento y se dirigió a la cocina donde ya se encontraba la señora que le hacía el aseo una vez a la semana. Se trataba de un amplio y lujoso “pent-house” de dos niveles. En el superior se encontraban las habitaciones: la habitación principal que era un espacio amplio que contaba con un “vestier” y un baño donde destacaba no solamente la fina porcelana de color blanco y los detalles en tonos pasteles, sino el amplio “jacuzzi” donde tantas veces solía relajarse después de una ardua jornada de trabajo; luego la habitación de su única hija, también un amplio recinto con baño privado que hoy en día estaba deshabitada pues hacía ya tiempo que la chica vivía en el exterior; y, finalmente, la habitación de los huéspedes y un baño coronando el final del pasillo. El descenso al nivel inferior se realizaba por una escalera en forma de caracol que cuando llegaba a su último escalón, ofrecía la vista del amplio salón decorado al estilo moderno y cuyo punto focal era la atractiva vista de la ciudad divisada a través de las ventanas panorámicas que prácticamente lo rodeaban. Completaban este nivel una amplia cocina al estilo americano y un ascensor privado que la conducía desde el estacionamiento del edificio a la intimidad de su departamento.
Hacía tiempo que vivía sola, desde que su hija se había marchado a realizar un post grado en el extranjero y terminó radicándose permanentemente en Londres, fascinada por la atracción que esta ciudad siempre había ejercido en ella y porque tenía cerca a la que consideraba su segunda madre: su madrina y la mejor amiga de María Laura. Luego que su hija se marchó, ella decidió ponerle fin a la relación amorosa que mantenía desde hacía dieciséis años porque sencillamente ya no había amor, en realidad nunca lo hubo. Fue un hombre bueno, lo había conocido como cliente de su firma y comenzaron a salir como una de sus tantas citas; sin embargo, de la noche a la mañana y sin darse cuenta, terminó viviendo con él. No obstante, con los años se dio cuenta que ella esperaba más, un “algo” que ese sujeto no podía darle.
Habían pasado ya dos años desde aquella ruptura y ella se había adaptado cómodamente a su vida en aquel “pent-house” solamente acompañada de su fiel mascota, una Golden Retriever color caramelo llamada Gaia que vino al mundo una fría noche de comienzos de enero. Ambas, humana y canina, se habían adaptado muy bien a su vida juntas; se hacían compañía, veían televisión, oían música, se iban los fines de semana o en vacaciones a la casa de la playa, único bien que María Laura había aceptado heredar de su padre porque simplemente amaba ese lugar. Cuando lo visitaban realizaban largos paseos a la orilla del mar y luego se sentaban en las tumbonas de madera blanca del porche a contemplar la caída de la tarde. Los fines de semana que no iban a la playa, María Laura se sentaba en su sillón favorito a leer un libro, oír música relajante y disfrutar de una buena taza de té o una copa de vino blanco mientras que Gaia se echaba a sus pies. Era una vida tranquila que pronto se pondría a prueba ante el regreso de alguien del pasado, una persona con quien tenía asuntos pendientes, pero que ella aún no lo sabía porque había dejado aquello atrás.
Ese viernes decidió no ir a la playa pues tenía asuntos pendientes ese fin de semana. Después de un día de diligencias y compras de víveres en el supermercado; regresó a su departamento ya cayendo la tarde. Se dio un baño relajante y luego se enfundó en una fina bata de seda verde pastel que dejaba al descubierto sus aún bien formadas piernas. Luego se dirigió al pequeño bar que se encontraba en una esquina del salón, se sirvió una copa de vino blanco y se sentó en su sillón favorito a leer un libro y oír una suave melodía que llenaba el ambiente de una acogedora energía. Ya cuando llevaba la lectura adelantada, su teléfono móvil que se hallaba encima de la mesita al lado del sillón, emitió un sonido, se iluminó y vibró en señal de que había recibido un mensaje. Gaia levantó su cabeza y miró a su ama advirtiéndole del mensaje mientras que María Laura colocaba el libro en sus piernas, al tiempo que tomaba el móvil en sus manos para leer el mensaje recibido.
—Hola te escribe él que nunca te ha olvidado. —María Laura volvió a colocar el teléfono sobre la mesita y no le dio mucha importancia pues pensó que era su ex que por algún motivo le había dado por comunicarse con ella esa anoche del viernes. Siguió con su lectura y pasadas dos horas volvió a recibir otro mensaje.
—Es Jorge Luis, no me recuerdas. —Al descubrir quién era el emisor del mensaje una sonrisa se dibujó en su rostro; no lo podía creer, realmente era él después de tantos años; cuántos habían pasado, quizás más de veinte desde la última vez que lo vio y más de doce desde la última vez que tuvieron comunicación telefónica. Suspiró profundamente y procedió a contestarle con otro mensaje de texto.
—No puedes ser tú, claro que te recuerdo, cómo has estado, qué ha sido de tu vida y cómo es que obtuviste mi número después de tanto tiempo —escribió evidentemente emocionada.
—Sé muchas cosas de ti; cierto ha pasado mucho tiempo, pero siempre he buscado la manera de saber de tu vida. Sé que hace aproximadamente dos años te ausentaste del país; que Olivia se fue a vivir en el extranjero y que sigues manteniendo éxitos en tu carrera profesional —le respondió Jorge Luis.
Ella quedó atónita por todo lo que este hombre sabía, al parecer estaba muy al tanto de cada uno de sus pasos. Por unos segundos vaciló entre seguir la conversación o no contestarle más, pues recordaba las turbulencias que llegaban a su vida cada vez que ambos coincidían; sin embargo, había transcurrido mucho tiempo y todo había cambiado.
—Y a ti cómo te ha ido, qué ha sido de tu vida, cómo está Jazmín y tus hijos —preguntó.
—Me separé de Jazmín ya hace varios años; me abandonó porque se enamoró de otra persona; claro era de esperarse, llegó un momento que se cansó de todo lo que le hice, así que no me quedó más remedio que aceptarlo —respondió casi de inmediato.
—Lo siento mucho, de verdad no lo sabía —escribió ella.
—Ya eso está superado. No te niego que en aquel entonces me dolió porque sacrifiqué mucho para que esa relación funcionara y tú sabes a que me refiero, pero como te dije, ya está superado, —respondió él y sin darle oportunidad a que ella volviera a escribir otro mensaje, le preguntó —¿y tú, aún sigues con ese sujeto, ya tienen sus años juntos, cierto? —ella pensó por unos segundos en la respuesta que le iba a dar; sin embargo, llegó a la conclusión que no tenía sentido mentir, era mejor decirle la verdad.
—Pues no, hace ya dos años que eso se terminó, vivo con mi perra Gaia que me hace compañía —respondió con toda sinceridad. Luego de unos minutos él volvió a escribir.
—Vaya no sabía eso —respondió con curiosidad.
—Qué raro, porque parecía que sabías todo de mí —escribió ella con cierta jocosidad.
—Pues fíjate, lo que era realmente importante no lo sabía —acotó. El siguiente mensaje de él la dejo pensativa algunos minutos pues no sabía qué contestar.
—Me gustaría mucho verte María Laura, será que nos podemos encontrar —le preguntó de forma directa. Aquello la dejó muda, después de tantos años tenerlo de frente; qué iban a sentir, cómo iban a reaccionar, qué pasaría. Sin embargo, para tener respuesta a todas esas interrogantes debía atreverse a dar ese paso.
—Claro, porque no; a mí también me gustaría conversar y contarnos tantas cosas; imagínate han pasado muchos años y es evidente que son muchas las experiencias de las que podemos hablar —respondió aceptando la invitación.
—Te parece bien el día viernes de la semana que viene, fija tú el lugar y la hora —escribió casi de inmediato. Ella respiró hondo como tratando de buscar en su mente las palabras exactas para contestarle.
—En la semana te digo, déjame pensar en el lugar y la hora y te aviso —escribió.
—Bien que pases feliz noche y que duermas bien, me dio gusto hablar contigo —le contestó Jorge Luis.
—A mí también me dio gusto hablar contigo, que pases feliz noche —escribió ella al tiempo que colocaba el móvil en la mesita; tomó un sorbo de vino y meditaba en aquel encuentro. Después de tantos años tenerlo nuevamente de frente era algo que nunca imagino que podía volver a suceder.
Él se quedó con su teléfono móvil entre las manos y con una sonrisa dibujada en los labios. Tantos años habían transcurrido y aún guardaba por ella ese sentimiento que nació la primera vez que la vio, hacía ya treinta y siete años, cuando era solo una adolescente caprichosa. Desde ese mismo instante hasta la actualidad nunca pudo sacársela del pensamiento. Recordó todos los momentos que vivió a su lado durante cada una de sus diferentes etapas; porque a lo largo de todos esos años, fueron muchos los encuentros, numerosos los episodios en los que sus vidas se cruzaron. Prácticamente la vio crecer y ahora, estaba a una semana de volverla a ver.
Su psicólogo, el licenciado Castillo, ya se lo había recomendado años atrás; tenía que volverla a tener de frente, pero él no se había atrevido a hacerlo pues de solo pensar en tener otra vez tan de cerca la presencia de ella, lo hacía sentir nuevamente aquella extraña energía que siempre los había conectado. En esa época mientras estaba en tratamiento psicológico, todavía se encontraba de por medio Jazmín, pues vivían bajo el mismo techo; sin embargo, hacía mucho que la relación entre ellos había terminado; y, aun cuando ella sabía de todas las mujeres con las que él salía, lo aceptaba; no obstante, a la única que nunca aceptaría era a María Laura, pues la odiaba con todas sus fuerzas. Pero ahora las cosas eran distintas, ya Jazmín no estaba en su vida y sus hijos ya eran unos hombres; no existía nada que le prohibiera volver a verla de nuevo.
Como se lo expresó a María Laura en el mensaje de texto, consideraba que en el pasado había sacrificado mucho, siempre haciendo lo que le decían los terceros y eso le trajo mucho sufrimiento. Siempre pensando en los demás, colocando a todos como prioridad en su vida y con la única persona que nunca fue comprometida era con el mismo. Eso lo comprendió durante las sesiones de terapia con el psicólogo que, gracias a Elena, una de las tantas mujeres con las que se relacionó sentimentalmente, comenzó a revisar todos los aspectos de su vida y a trabajar todos sus miedos, los cuales tenían una raíz en común y era ella, María Laura.
La semana transcurrió de forma normal asistiendo diariamente a su lugar de trabajo y manteniendo reuniones con sus clientes, pues estaba al frente de una prestigiosa firma de abogados de la cual era su accionista principal. Había trabajado muy duro para conseguir el estatus profesional que ostentaba y de ello se sentía muy orgullosa, había logrado todo sin el apoyo financiero de su familia ni la ayuda que le podría ofrecer cargar sobre sus hombros con el acreditado apellido de su padre; de hecho, no lo usaba en el ámbito profesional pues firmaba todos sus documentos con el apellido materno que era menos rimbombante. Sus oficinas ocupaban los últimos dos pisos de una elegante torre ubicada en el este de la ciudad; en ellas pasaba la mayor parte de su tiempo entre documentos y reuniones con clientes y colegas que duraban hasta entrada la noche, siendo siempre la última en marcharse. Luego al llegar a su departamento se relajaba viendo alguna película o leyendo un libro, ya que era amante de la buena literatura, característica esta que había heredado de su padre quien le legó el placer por los libros, la música y la buena comida.
Siempre recordaba cuando era niña y pasaba horas encerrada con él en la biblioteca de la casa; su padre le leía libros que para su corta edad eran muy avanzados, pero que ella de alguna forma lograba asimilar mientras deleitaban sus oídos con las melodiosas notas musicales de Ludwig van Beethoven, Johann Sebastián Bach, Wolfgang Amadeus Mozart, Frédéric François Chopin y Franz Peter Schubert. También rememoraba de vez en cuando aquellas salidas familiares de fines de semana cuando iban a almorzar o cenar en algún restaurante de lujo y su padre la animaba a degustar diferentes platos, práctica con la que fue acostumbrando su paladar a los sabores más exquisitos. No obstante, luego todo cambió cuando estaba en la difícil etapa de adolescencia, pues aquella estrecha relación con su progenitor se había tornado muy distante al punto que se hicieron casi desconocidos y solo cruzaban palabras cuando era estrictamente necesario. Ella no sabía por qué inconscientemente albergaba hacia aquel hombre que le dio la vida, un inmenso resentimiento. Ese malestar emocional la acompañó muchos años, hasta que decidió someterse a terapia; sin embargo, nunca en las sesiones terapéuticas se le reveló el origen real de la aversión hacia ese hombre que en su niñez había ocupado un lugar muy especial en su corazón.