Un año para casarte
Kaia regresaba al ducado con el cabello agitado por el viento y las mejillas encendidas por la emoción. Había pasado toda la mañana cabalgando sobre Imperion, su fiel compañero, el único que nunca le exigía ser alguien que no era.
Al cruzar los establos, lo vio de inmediato.
Calen estaba de pie, inmóvil, apoyado contra una de las columnas de madera. Sus brazos estaban cruzados y su mirada fija en la entrada, como si llevara mucho tiempo esperando. El sol ya había cambiado de posición, y aun así él no se había movido.
Había estado allí.
Esperándola.
Y por la expresión en su rostro... no traía buenas noticias.
—Por fin regresas —dijo con tono serio—. Padre te ha estado buscando toda la mañana.
Kaia desmontó con agilidad y entregó las riendas sin apartar la mirada de su hermano.
—¿Y para qué me necesita?
—No lo sé.
Ella frunció el ceño al instante.
—Mientes fatal, hermano.
Calen evitó su mirada.
—Ya dime —insistió ella, acercándose—. ¿Qué pasa?
Él suspiró, largo y pesado, como si cargar con la verdad le resultara insoportable.
—No voy a decirte nada. Si quieres saberlo, ve y pregúntaselo tú misma.
Se dio la vuelta para marcharse, pero Kaia no lo dejó escapar tan fácilmente.
—¿Por qué estás molesto? —preguntó siguiéndolo—. ¿Te has peleado con Amaris?
Calen se detuvo en seco.
—Claro que no. Mi matrimonio con Amaris está perfectamente bien.
Giró el rostro hacia ella, y esta vez no hubo suavidad en su voz.
—Si algo me molesta... eres tú.
Las palabras cayeron como un golpe seco.
—Ya no eres una niña, Kaia...
Calen dejo escapar un largo suspiro.
— Pero sigues comportándote como si lo fueras.
Ella alzó el mentón, desafiante.
—Ni siquiera he cumplido la mayoría de edad.
—Te falta una semana —replicó él con dureza—. Y aun así sigues corriendo con espadas, montando como si fueras un soldado... en lugar de comportarte como una dama.
Kaia soltó una pequeña risa, despreocupada.
—Eso es aburrido. ¿Por qué querría hacerlo?
—Kaia...
—Además —añadió encogiéndose de hombros —¿de qué me serviría?
El silencio que siguió fue distinto, más pesado, más doloroso. Calen la observó y, por primera vez en mucho tiempo, sintió lástima. Porque ella no lo sabía, pero ese momento que tanto ignoraba... ya había llegado.
La puerta del despacho se abrió sin ceremonia.
—¡Madre! —exclamó Kaia con una sonrisa radiante, corriendo a abrazarla—. ¿Querían hablar conmigo?
El ambiente se tensó de inmediato.
—Te hemos estado buscando toda la mañana —dijo su madre, Anisha, con evidente molestia—. ¿Dónde estabas?
—Solo salí a dar un paseo matutino.
La mirada de su madre descendió lentamente, recorriendo su atuendo.
—¿Vestida de esa manera?
Kaia bajó la vista hacia sus pantalones negros, su camisa blanca y el chaleco.
—¿Qué tiene de malo?
Pero la respuesta estaba clara en sus ojos: no parecía una dama, parecía... un muchacho.
El duque Terius dejó escapar un suspiro cansado, uno que no era de enojo, sino de derrota.
—Pronto cumplirás la mayoría de edad, Kaia.
—Lo sé.
—Y justo ahora me doy cuenta de algo.
Ella lo miró, curiosa.
—No te he criado bien.
Kaia sonrió con ligereza, como si aquello fuera una broma.
—Yo creo que lo has hecho excelente. Mira lo bien que me veo.
El silencio se volvió cortante. Terius apretó la mandíbula y respiró hondo para contenerse.
—He buscado un prometido para ti.
Kaia arqueó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es el desafortunado?
La respuesta fue un golpe.
—Nadie.
El tono del duque se volvió más duro.
—No hay un solo hombre en toda la capital que quiera casarse contigo. Ni uno, Kaia.
El aire pareció desaparecer de la habitación, pero ella... sonrió.
—Bueno, tampoco es como si me interesara el matrimonio —dijo con ligereza—. Así que no te preocupes, padre. Aprecio el esfuerzo.
—¡Kaia! —exclamó Anisha, escandalizada—. ¿Cómo puedes decir eso? ¿No te interesa el matrimonio?
Kaia sostuvo su mirada sin titubear, y esa fue la chispa que lo encendió todo.
Terius se levantó bruscamente y caminó hasta su esposa para calmarla antes de volver a dirigirse a su hija, esta vez sin paciencia.
—Hasta ahora hemos tolerado tu comportamiento —dijo con voz firme—, pero eso se terminó.
Kaia dejó de sonreír.
—Tienes seis meses para encontrar un prometido.
El mundo pareció detenerse.
—Si no lo haces... te enviaré al monasterio del norte.
El corazón de Kaia dio un vuelco.
—¿Qué? —su voz se quebró por primera vez—. No hablas en serio...
Pero lo estaba.
—Ya que dices que el matrimonio no te interesa —añadió él—, dedicarás tu vida a la oración.
El recuerdo la golpeó con fuerza: un mes en ese monasterio había sido suficiente para sentir que se asfixiaba. Silencio, frío, horas interminables de rodillas, soledad.
Kaia cayó de rodillas frente a ellos.
—No pueden hacerme esto...
Su voz ya no era desafiante, era una súplica.
—Esto te lo has buscado tú sola —respondió su padre, implacable—. En toda la capital te ven como un marimacho. Nadie quiere tenerte en su familia. Ni siquiera tus amigos.
Kaia apretó los puños.
—Dijeron que no te ven como mujer —continuó él—, que eres... uno más de ellos.
El dolor ardió en su pecho.
—Traidores... —murmuró entre dientes.
—Todos piensan igual —sentenció Terius—. Nadie te quiere como esposa.
Kaia levantó la mirada, furiosa.
—¿Y por eso quieres encerrarme?
—No —respondió él—. Por eso te estoy dando una oportunidad.
Un último hilo de esperanza.
—Seis meses para conseguir un prometido. Un año para casarte. O irás al monasterio del norte.
Kaia miró a su madre.
—Mamá...
Pero no encontró refugio.
—La decisión está tomada.
Algo dentro de ella se rompió.
Kaia se puso de pie de golpe, con la respiración temblorosa y los ojos ardiendo.
—Está bien.
Su voz ya no era suplicante, era fuego.
—Encontraré un prometido antes de que termine el plazo.
Dio un paso hacia la puerta.
—Y cuando me case... no volveré a esta casa.
El portazo resonó como un disparo, y el silencio que dejó fue aún más ensordecedor.
Anisha miró a su esposo, inquieta.
—¿Crees que hicimos lo correcto?
Terius cerró los ojos un instante.
—Es la única forma de que despierte —respondió, aunque su voz ya no sonaba tan segura—. Si la dejamos así... nunca elegirá.
Anisha bajó la mirada.
—Espero que no la estemos perdiendo.
Terius no respondió de inmediato.
Y cuando lo hizo...
fue casi un susurro.
—Yo también.