La melodía llego como un susurro, pero que aunque no se escuchara en un volumen ensordecedor, había eliminado todo rastro de la música que tocaban los artistas contratados por los Pierce y Wilson. Era celestial, fuera de este mundo, porque el sentimiento que calentaba mi corazón y mi alma solo podía ser descrito de esa manera. Gabriel se encontraba de pie frente a mí, usando un esmoquin n***o con camisa de vestir blanca, sin saco, sin moño, con las mangas dobladas hasta su codo, mostrando un aire relajado, haciendo juego con su cabello desordenado pero que de ninguna manera le restaba elegancia o belleza. Sus penetrantes ojos grises perforaban mi alma, como si conociera mi más íntimo secreto y a la vez, no me sentía incomoda, sino al contrario, como si se tratara de un familiar que habí

