Capítulo 6

3769 Palabras
Ya que contaba con un buen par de horas, decidió volver a su departamento, cambiarse de ropa —algo más profesional— y seguir con su búsqueda de empleo. Reemplazó su atuendo, por un vestido n***o a la rodilla, con manga corta y cuello circular, medias negras, botas de tacón, una gabardina gris oscuro y una bufanda blanca. Condujo al primer edificio que había seleccionado en su lista de prospectos y agarró aire antes de entrar. No estaba nerviosa, la seguridad era parte de su personalidad, siempre. Era más bien un poco de emoción, ya que nunca dudaba de su capacidad cuando tenía una entrevista, el puesto siempre terminaba siendo suyo, ya era normal en su vida. Pero esta vez no fue así. Su entrevista no duró más de diez minutos. Presentó sus papeles, referencias, premios y demás, y cuando el encargado veía cada hoja, su rostro palidecía, se excusaba por un momento, y tras unos minutos volvía lleno de nerviosismo y le decía —de la manera más lenta posible— que el puesto ya había sido ocupado. Emma asintió, sorprendida, ya que la cara del hombre lucía tan asustada que se cuestionó si le estaba diciendo la verdad. —Gracias por su tiempo, señorita, me disculpo por hacerle perder el tiempo—dijo en voz alta— Si ocurre algún cambió la llamaremos.  Le dio la mano y entregó sus papeles. —Consérvelos —dijo estando de pie— Y no se preocupe, estas cosas pasan. Sonrió a su pesar, el hombre hizo un ademán con su mano señalando la puerta, y Emma salió de ahí con la barbilla bien alta. El segundo lugar fue exactamente igual, la única diferencia fue que la mujer que la recibió, dejó salir un pequeño quejido antes de salir de la oficina. Emma la observó, paranoica y esperó impaciente. ¿Qué pasaba? ¿Acaso había algún problema con sus papeles? La expresión de pánico y terror que reflejaban en sus rostros no la tranquilizaba en absoluto. —Señorita Maldonado —la voz temblorosa y chillona de la mujer la hizo voltear— Lamento decirle que el puesto ya se ha ocupado. Emma se puso de pie, sus labios apretados. —Entiendo —dijo sintiendo un nudo en el estómago— Gracias por su tiempo. La mujer extendió la carpeta, y aunque debía dejarlos ahí en caso de cualquier cambio, su orgullo le impidió hacerlo. La tomó y asintió a la mujer antes de irse. Caminó con toda su dignidad intacta hacia el ascensor. Sentía un malestar que era nuevo para ella. El trabajo era algo que manejaba sin problema, y era la primera vez en su vida, que la rechazaban de esa manera tan fría y extraña. Subió a su auto y agarró aire. Estaba bien, decepcionada, pero bien. Su celular sonó en ese momento, no le costó saber que su padre era quien llamaba. Respondió tras resoplar. —Buen día, papá —saludó. —Hola, cariño —la voz de Antonio era alegre como siempre— Silvia me dijo que irás a comer a casa. —Así es, ¿llamas para confirmar? —dijo presa de su malestar— Iré, papá, no te preocupes. Antonio suspiró. —Lo siento, hija. —Papá —talló su sien— Sé que usaste a Silvia para que aceptara la invitación, y eso solo me hace pensar que volveremos a tener otra escena. —Te prometo que solo seremos nosotros —aseguró— No lo invité a comer, cariño. Ella tuvo que creerle, no tenía opción. —Confiaré en tí, papá —dijo— Pero sigo molesta contigo —silencio— Te veré a la una. Colgó. Las palabras exactas de cada persona que la recibió en el resto del día daban vueltas en su cabeza. No pudo conseguir que ninguna persona la entrevistara por más de diez minutos. ¿Qué demonios pasaba? ¿Por qué todos lucían tan asustados al verla? Cerró los ojos y suspiró. Estaba dentro de su auto, acababa de salir de la última entrevista de ese día. Ser rechazada tantas veces en un día, la había herido profundamente. Que se mostraran tan nerviosos al escuchar su nombre le daba un mal presentimiento, por un segundo pasó por su cabeza el hecho de que su padre pudo haber hecho algo, pero desechó el pensamiento. Antonio no se atrevería a interferir en su trabajo. Emma tenía razón, su padre no era esa clase de persona. Antonio llegó a su hogar faltando media hora para la una de la tarde. Encontró a Silvia preparando la mesa, a Tony coloreando un libro de animales. Sonrió por la escena, tenía años estando solo en esa enorme casa, y ahora con su hija de vuelta, y su nuevo nieto, se sentía muy feliz. —Hola —saludó al pequeño. El niño lo miró sonriente, estaba recostado sobre una manta en el piso. — ¿Quieres ayudarme a pintar este dinosaurio? —preguntó estirando su brazo. Antonio se acercó a él y se sentó en el suelo, aceptó la crayola azul que le brindaba y comenzó a colorear. Amaba a ese niño desde que supo que era su nieto. No importaba que Silvia lo ocultara, tampoco que llegara sin previo aviso, Tony era un niño maravilloso, y estaba orgulloso de ser su abuelo. —Hola, papá —saludó entrando a la sala— ¿Tienes hambre? Ordené comida china. —Gracias, hija —sonrió antes de continuar coloreando. Tony le enseñó a hacerlo de la manera en que él quería, era muy listo y educado. Terminaron unos minutos después, Tony abrazó a su abuelo y le pidió que lo llevara al comedor. Antonio accedió gustoso y caminó rumbo a la mesa con su nieto en los brazos. Puntual como siempre, llegó a la una en punto a casa de su padre. Entró sin dudarlo y con toda su confianza en las palabras de Antonio. Asintió para sí misma cuando confirmó que la sala estaba vacía, ninguna visita indeseada.  —Ya estoy aquí —avisó en voz alta. —Estamos en el comedor —escuchó que Silvia decía. Ella sonrió, dejó el bolso en el sofá, se quitó su gabardina gris y la puso en el respaldo del mismo. Caminó hasta dar con el comedor. La estaban esperando, sonrió a Tony que de inmediato reclamó su atención, a Silvia que bebía de su copa, y por último, a su padre. —Hola —dijo mientras se sentaba. Tony extendió sus manos hacia ella, y aunque fue inesperado para Emma, dejó que el niño la abrazara. —Al fin llegas —dijo con el ceño fruncido— ¿Por qué tardaste tanto? Todos rieron al escucharlo, Emma acarició los cabellos del pequeño cuando la liberó de su abrazo, el niño la miraba en espera de una respuesta. —Estuve ocupada —explicó— Recuerda que soy un adulto. —Lo sé —hizo un puchero— Pero el abuelo también lo es, y él llegó temprano. Ahora fue Emma quien soltó la carcajada. Miró a su padre que reprimía la risa, Tony era muy inteligente, y directo. — ¿Estás molesto conmigo? —preguntó, calmada. Tony la miró unos segundos antes de negar con la cabeza. —Perfecto —asintió ella— En ese entonces, ¿te parece bien si comemos? Tengo hambre. —Claro. La escena había sido extraña, sorprendente, pero tan inusual que Antonio no sabía que decir, al igual que Silvia, no hablaron por el simple hecho de que, en ese momento, habían notado que Emma y Tony eran similares, extraños en su propia manera, y se entendían. Emma notó el silencio y miró a su familia. — ¿Ocurre algo? —En absoluto —sonrió Antonio— Ahora que estas aquí, tengo a mi familia reunida, nada puede estar mal. Silvia suspiró. Emma asintió ya que ella pensaba lo mismo. Comieron con tranquilidad, todo estaba delicioso. Emma se preguntó por qué su padre no había cocinado, pero supuso que no llegó tan temprano como Tony aseguraba, y Silvia entró en pánico. Después de todo, ella odiaba cocinar. La plática se dio cuando Silvia contó sus primeros días siendo madre, Tony era un niño muy tranquilo, pero no aceptaba a cualquier niñera, le costó semanas encontrar a una que no hiciera llorar a su hijo. Los demás rieron, ya que Silvia lo hizo. Ser madre soltera no era tan maravilloso como lo pintaban los demás, el tiempo, esfuerzo y sacrificio que se hace por un hijo es algo que tiene que hacerse bien, correctamente. Porque en tus manos tienes su futuro, y de ti depende que sea extraordinario. Media hora después, Tony comenzó a bostezar. Silvia lo llevó al segundo piso ya que era hora de la siesta. Antes de desaparecer le dio una mirada de complicidad a Emma, y recordar su charla anterior la hizo hacer una mueca. Sabía que Silvia la apoyaba, pero también sabía, que esa reunión no solo había sido para comer. Antonio se puso de pie, hizo un ademán hacia la sala y sonrió a Emma antes de encaminarse. Ella resopló, conocía tan bien a su padre, que era casi imposible que le ocultara algo. Se sentó junto a él en el sofá triple y esperó. Entre más pronto comenzaran, podría irse. —Emma —dijo en tono serio— Necesito que me prometas que no te irás de aquí sin antes escuchar todo lo que tengo que decir. Ella frunció el ceño. Por supuesto que la haría prometer otra cosa. —Sin duda sabes cómo arrinconarme contra la pared —dijo molesta— Pero no tengo opción, supongo. Antonio suspiró. —Acepto —dijo cruzando sus brazos— Después de todo, me educaste de esa manera. Él reprimió lo que quería decir y decidió comenzar antes de que ella cambiara de opinión. No la culpaba, pero esta era una situación muy delicada. —Primero que nada, quiero aclarar de la manera más directa —la miró a los ojos— Que no quiero que trabajes en la compañía por algún tipo de legado o porque quiero que sigas mis pasos. Emma esperó, no lo creía. —La razón es que te necesitamos —dijo— Urgentemente. Ella resopló. —Sé lo que pasó contigo y Allan —frunció el ceño, aunque no estaba molesto. Emma sintió un escalofrío. ¿Le había contado a su padre? No podía creerlo. —Me sorprendes, papá —su postura dictaba su enojo— ¿Sabes lo que tu jefe me hizo y aún así insistes en que trabaje para él? Antonio abrió la boca, nervioso. —No se trata de eso —intentó explicar. —Entonces, por favor, explícame de qué es. —Cariño, dejando de lado lo que él hizo, sé que lo dejaste en su merecido lugar, y no te culpo por no querer verlo, yo mismo le dejé claro que si volvía a hacerte algo se las vería con mi puño. Emma resopló de nuevo. Su padre defendiéndola no era algo nuevo, siempre lo hacía. Se sintió mejor, ya que después de todo, seguía poniendo a su familia primero. —Siendo honesto —confesó— Allan fue quien pidió mi permiso para que entraras a trabajar. Emma alzó una ceja. —Por eso te hablé de la entrevista. —Por eso me engañaste —aclaró ella— Porque tu jefe te lo pidió. —-No es así, hija —negó con la cabeza— Allan te quiso dar el trabajo a tí, porque yo le conté de tus capacidades. Emma no respondió. —Le conté de tus premios, de lo bien que te fue en la universidad, su empresa iba a ofrecerte empleo al graduarte, pero en esas fechas descubrimos el primer fraude —talló su sien— Así que lo pospuso. Al no escuchar respuesta por parte de Emma, Antonio suspiró. Sentía que la batalla estaba perdida, con Emma siempre era así, nunca ganaba. —Cuando Allan tomó el mando de la compañía, muchos creyeron que quería aprovecharme de él, nos hicimos amigos tan pronto que resultó extraño —confesó sonriendo, ser honesto con Emma era su única salida— Él era rico, con un futuro prometedor, heredero de una empresa millonaria, y yo solo un peón más. Emma apretó los labios, pero siguió sin hablar. —Sabes, Allan creció en un pueblo muy pobre, sus padres murieron cuando era bebé y un orfanato se hizo cargo de él —comenzó a relatar— Lo adoptó una pareja cuando tenía cinco años, ellos eran ricos y se lo llevaron a la ciudad, lo trataban bien según me dijo. Sin embargo, su madre murió cuando tenía diecisiete años. Palpó la mano de Emma. —Carlos, su padre, dejó de asistir a la empresa, pasamos por unos tiempos difíciles —recordó con amargura— Todo se estaba viniendo abajo, y Carlos enfermó unos días después. — ¿Por qué me cuentas esto? —habló al fin, lucía confundida. Antonio ignoró su pregunta y continuó hablando. —Yo conocí a Allan a esa edad, era un muchacho brillante —sonrió— Llegó a la oficina en nombre de su padre, reunió a la junta directiva, informó de la gravedad de salud de Carlos, y que él se encargaría de cubrirlo mientras tanto. Mentiría si dijera que fue bien recibido, los directivos no querían que un adolescente les diera órdenes, pero aceptaron ya que Carlos Estrada seguía siendo el jefe. —Papá —dijo ella.  Antonio negó con la cabeza. —Allan acababa de terminar la preparatoria, pasaba las mañanas en la oficina, en reuniones, hablando con los clientes, con los arquitectos y con la junta. De noche asistía a la universidad. Cuando cumplió veintiún años, Carlos murió de un infarto. Allan estaba recién graduado y quedó a cargo de la empresa de su padre.  Guardó silencio unos segundos, y como Emma no lo detuvo, agarró aire. —Recuerdo que Allan me confesó que yo le recordaba a su padre, supongo que por eso fue que nos hicimos amigos, me incluyó en su grupo de confianza ya que quería que estuviera junto a él. Algunos compañeros de contabilidad comenzaron a inventar rumores, creían que me aprovecharía del chico, pero Allan decidió despedirlos, ya que no deseaba tener ese tipo de personas en la oficina. Miró a Emma.  —Cuando me llamaste para decirme que habían aceptado tu tesis, fue la primera vez que hablé de ti con Allan —sonrió— Quiso saber de ambas, por supuesto, pero Silvia estaba fuera de la ciudad, y tú te convertiste en nuestro tema de conversación. Vio a su hija tensarse, pero continuó hablando. —Le conté a Allan lo brillante que eras, más que nada fue porque él preguntaba sobre ti, creo que le pareciste única. La palabra resonó en su cabeza. ¿Ser considerada única por ese idiota significaba todo ese maltrato?  —Prefiero ser una persona promedio si con eso me libro de esto, papá —dijo negando con la cabeza. —Yo sé que tú eres única, no necesito que mi amigo me lo recuerde —sonrió a su hija— Pero eso no es lo que quiero decir. Ella hizo una mueca. —Emma, no estoy en posición de pedirte nada dada la situación que pasó con Allan, pero solo quiero que sepas, que este problema es mío también —no quería darle lástima, pero no tenía opción. —Entiendo, papá —comenzó a decir— No tengo problema en ayudarte ya que tu trabajo es muy importante, pero no depende de mí que la situación mejore, y lo sabes. Antonio asintió. Para eso tenía que establecer un acuerdo con Allan. —Tienes razón —dijo mientras se ponía de pie, vio la hora en su reloj. Emma lo observó, y no necesitó ser un genio para saber que su padre esperaba a alguien. El timbre sonó a los segundos, Antonio caminó hacia la puerta y la abrió. Emma se preparó para la obvia visita que entraba, no estaba enojada, pero no soportaba estar en el mismo lugar que él. Verlo tan serio la tomó por sorpresa, se acercó a la sala detrás de Antonio, su padre palpó la espalda del hombre y lo dirigió a la sala. Emma lo miró de reojo, el semblante y la postura que llevaba no se parecía en nada al idiota que había conocido. Tenía el rostro serio y constipado, ella miró a su padre de inmediato, ¿pasaba algo que no sabía? Antonio se sentó frente a ella, en el sofá individual, Allan permaneció de pie, unos metros alejado. Emma miró a su padre que observaba a su amigo. No quiso mirar a Allan, pero tuvo que hacerlo. Él la desvió al instante, y eso no lo esperó. —Antes que nada —Antonio habló— Disculpa que haya concertado esta reunión, pero te prometí que no lo invitaría a comer. Emma lo fulminó con la mirada. —Señorita Maldonado —la voz grave y temblorosa de Allan la hizo mirarlo— ¿Puedo hablar con usted? Continuaba a una distancia alejada. Emma frunció el ceño, confundida, ¿qué pretendía su padre? —Adelante —dijo muy seria— Tome asiento. Allan asintió más nervioso al escuchar hablar a Emma. Lucía asustado, tan aterrado que hizo que Emma se preocupara, no por él, claro, sino por su padre. Allan caminó lentamente hasta quedar frente a ella, no se sentó, la miró a los ojos y agarró aire. —Siento mucho mi comportamiento anterior —dijo a los segundos— No se volverá a repetir, por favor, solo quiero que escuches lo que vengo a decir, si no aceptas ayudarnos no me opondré y me iré de inmediato. Emma repasó sus palabras, ¿podía confiar en esa promesa? Miró a su padre y luego a Allan, no tenía opción. —Acepto su disculpa, señor Estrada —dijo en voz firme. —Gracias —respondió soltando el aire contenido. Emma asintió y señaló el otro extremo del sofá. Allan se sentó lentamente y lo más alejado que pudo de ella. Antonio por su parte tuvo que morderse la lengua para no decir una palabra, ese asunto era algo que debía resolver Allan. —Antonio te habló sobre la situación que se está manejando en la empresa —dijo viendo como Emma asentía— Cuando la primer persona que estaba en el puesto que quiero que aceptes comenzó a robarnos dinero, no lo notamos hasta que repentinamente desapareció. La segunda persona que contratamos notó ese fallo, no le dijo a nadie y robó otra cantidad. La tercer persona fue descuidada y nos dimos cuenta al instante. — ¿Qué lo hizo diferente? —preguntó. —Habló con algunos empleados sobre eso, y aunque nos fue notificado, ya era tarde —aceptó— Es muy difícil para mí hablar sobre esto —confesó— No pensé que algo así pasara tantas veces, todo fue mi culpa, no debí ser tan confiado. —No digas eso —Antonio intervino— Mi grupo tampoco lo notó, somos responsables de esa pérdida. —Es un problema que debo resolver yo, Emma —la miró fijamente— Pero es un tema en el cual no soy un experto, sé solo lo básico, y no confío en nadie más que en tu padre para hacerlo, pero él tampoco tiene tus conocimientos —estaba tan asustado que le costaba mantener su tono firme— Lo que quiero decir, es que necesitamos tu ayuda, desesperadamente. —Por favor, hija —pidió. Tenía la misma expresión de súplica que Allan. Ella lo pensó, debatiendo los pros y contras de la situación. No quería tener nada que ver con ese sujeto, pero su padre necesitaba su ayuda, quería tener un empleo, pero eso significaba estar en la misma oficina que ese idiota. Apretó los labios, frustrada. Su padre había sido muy listo al tenderle esa trampa. Y aunque estaba molesta con él, también admiraba su sincronía. —Escuchen muy claramente lo que diré —comenzó a decir— Acepto ayudarlos con su situación. Trabajaré en esa empresa el tiempo que me tome arreglar el problema. —Gracias, cariño —Antonio se puso de pie dispuesto a abrazarla. —Aun no termino —lo detuvo— Tengo algunas condiciones —miró a Allan. —Por supuesto —respondió él completamente sorprendido. Había funcionado, no podía creerlo. —Uno: Estaré ahí solo el tiempo necesario, después de que se recupere la cantidad, saldré de ahí sin ninguna objeción, papá —lo miró— Dos: Estaré en la misma oficina que usted, señor Estrada, pero nuestro trato será estrictamente profesional, no quiero que hable conmigo de otra cosa que no sea trabajo, ¿entendió? —Lo prometo —respondió con los ojos bien abiertos. —Tres: No aceptaré uno solo de sus abusos de nuevo. A la primer insinuación me iré de ahí después de dejarlo en su lugar. Entienda que si acepto esto, es solo porque no quiero que mi padre se quede sin trabajo. No lo hago por usted, después de todo es culpa suya que esté metido en este problema —Allan se avergonzó, era cierto— Le aseguro que lo sacaré de esto, pero que continué ahí depende de usted. —Acepto todas tus condiciones, Emma —dijo sin necesidad de pensarlo. Pasaron unos segundos, Emma respiró profundamente, sus ojos brillaron de repente. No estaba tranquila. La duda de un asunto rondaba su cabeza, y tenía que estar segura. Miró a su padre que sonreía complacido, a Allan que estaba inmóvil, nervioso y preocupado. La luz en su cabeza la hizo tensarse al segundo, y las palabras salieron de su boca. — ¿Usted es el responsable de que no me quisieran contratar a los lugares que fui hoy? —preguntó en voz grave. Sentía la rabia inundarla. Allan quedó congelado, ¿por qué había hecho eso? Estaba molesto y asustado, temía que ella encontrara empleo, la necesitaba más que las demás empresas. Por eso llamó a los lugares que pudo para impedirles que la contrataran. En algún lugar en su cabeza, en su momento, sonaba como un buen plan. Miró a Antonio que no tenía idea de lo sucedido, después a Emma, ella lo miraba hecha una furia. —Sí, yo fui quien llamó a las oficinas y les prohibí contratarte —confesó. Era un idiota, no tenía remedio. Emma sintió su cuerpo entrar en calor tan rápido que se puso de pie. Miró al desgraciado amigo de su padre, dando dos pasos largos llegó hasta él, alzó su puño y golpeó en la quijada al hombre responsable de su humillación.  Allan recibió el golpe sin defenderse y cayó al suelo por segunda vez en el día. — ¿Por qué demonios hizo eso? —escupió enfurecida— ¿Cree acaso que puede jugar conmigo a su antojo? ¡Quién rayos se cree que es! —Hija, por favor —se acercó a ella y la sujetó de los hombros. Allan no pudo evitar sonreír por dentro, sin duda era hija de Antonio, ese izquierdazo estuvo muy bien dado, sentía un dolor profundo en la quijada, incluso más que donde Antonio lo golpeó. Miró a Emma que lo fulminaba con la mirada, se puso de pie lentamente y la miró a los ojos. —Lo siento, tenía miedo de perderte —confesó sin importarle— Necesito tu ayuda, y no quise arriesgarme a que alguien más te tuviera bajo su poder. Emma aspiró con fuerza, ¿poder? ¿Acaso era un objeto?  —Allan, vete —Antonio habló en voz alta— Vete, has arruinado todo, si suelto a mi hija, te aseguro que no solo ella te dará tu merecido. Emma comenzó a hiperventilar, quería matarlo con sus propias manos, hasta que no quedara un rastro de ese desgraciado. Allan asintió, miró por última vez a la chica que estaba más que lista para lanzarse a golpearlo. Dio media vuelta y salió de la casa.
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