Capítulo 7

3984 Palabras
Al siguiente día, tras el incidente, Emma se fue de casa de su padre sin decir una palabra más. Antonio no la culpó por reaccionar así, Allan se había comportado como un soberano idiota, y era hora de que pagara por sus acciones.  Decidido, se despidió de su hija, besó en la frente a Tony y salió de la casa. Estando en el auto, llamó a Allan, literalmente le ordenó verse en la oficina y colgó antes de que su imbécil jefe objetara. Condujo alterado ya que estaba molesto con Allan, ¿de qué forma lo haría entender? Ser su amigo y jefe no le daba el derecho a hacer con su hija lo que le viniera en gana. Suspiró lleno de frustración. Todo ese desastre —la horrible escena anterior— era su culpa, después de todo, fue él quien comenzó a hablar sobre su brillante hija. Pero nunca pudo haber previsto que algo como eso ocurriera.  Al llegar a la oficina, seguía pensando en la mejor manera de hablar con Allan, era el jefe, pero a veces parecía lo contrario, no era racional, y mucho menos cuando se trataba de mujeres. Pero Emma no era como esas otras chicas, y el idiota de su amigo lo tenía que comprender por las buenas o por las malas.  Al salir del ascensor, se sentía peor que al principio. Una parte de él quería salir de inmediato y buscar a Emma, pero conocía bien a su hija, y tratar de contactarla después de lo que pasó, solo empeoraría las cosas. Entró a la oficina de su jefe, Allan estaba sentado en el sofá, con un vaso de escocés en la mano. Antonio tragó el nudo en su garganta y caminó dando grandes zancadas hasta arrebatarle el alcohol. —Beber no solucionará nada —dijo con el ceño fruncido— No puedo creer lo estúpido que eres. Allan lo miró un segundo antes de desviar sus ojos al whisky. —Quiero saber, por favor —pidió en voz ronca— ¿Qué demonios pasaba por tu cabeza cuando decidiste actuar como el gran idiota que eres? Allan no respondió. Antonio dejó el vaso sobre la mesa frente a él y volvió a tragar lleno de ira.   —Lo único que tenías que hacer era disculparte, una charla con Emma y todo quedaría arreglado —dijo perdiendo la paciencia— Pero creo que era mejor hacerla enfadar más, ¿por qué demonios hiciste esa estupidez? —No lo sé —respondió a los segundos— Entré en pánico. — ¿Entraste en pánico? —lo miró como si fuera la persona más estúpida del mundo— ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Qué pensabas que pasaría después de lo que hiciste? Emma no querrá volver a verte, y puedo asegurarte que tampoco querrá verme a mí. —No la culpo si no lo hace —dijo fingiendo que no le importaba— Encontraré una solución. Antonio dejó salir su frustración. Talló su sien antes de sentarse al lado de Allan. —No te entiendo —dijo, confundido— Sabes que la situación no está para aplazarlo más tiempo, necesitamos ayuda. —Buscaré a alguien más —dijo en voz baja— Alguien que no nos engañe. — ¡Ya teníamos a alguien así! —exclamó— ¿No lo entiendes? Se puso de pie de nuevo y se alejó de Allan, tenía tantas ganas de golpearlo que sentía sus manos temblar. —Así que eso es todo —dijo a los segundos— Cometes un error enorme y lo único que tienes para decir, es que buscarás a alguien más, alguien que sea de tu confianza, que nos jure por todo lo sagrado que no nos robará más dinero. Allan lo miró unos segundos, sus labios haciendo una mueca. Antonio lo miró también, la ira comenzó a bullir en su interior. —No hay manera en que permita que te salgas con la tuya —sentenció— Mucho menos después de lo que le hiciste a mi hija. Allan cerró los ojos por la jaqueca que sentía entre sus ojos. —No hay nada que pueda hacer —susurró con la vista fija en el suelo. —Claro que sí —Antonio se acercó a él— Esta será la última vez que arregle tu desastre, ¿escuchaste? Él lo miró confundido. —Hablaras con Emma, te disculparas por lo idiota que eres y ruega porque mi hija te perdone, porque si no lo hace, no te lo perdonaré —clavó su mirada lleno de ira— No estoy bromeando, Allan, he soportado tus tonterías por mucho tiempo, pero con mi hija no será igual. Allan se puso de pie, asustado. Antonio hablaba tan en serio que temió perderlo a él también. Negó con la cabeza y dio un paso adelante. —Por favor —pidió nervioso. —Arregla esto, Estrada —ordenó— O no volverás a saber de mí. —Antonio, yo no sé qué hacer… —comenzó a decir. Pero él se acercó lo suficiente y lo sujetó por los hombros. —Te advertí que no permitiría que volvieras a tratar a mi hija de esa manera —siseó antes de darle un puñetazo en la quijada. Allan cayó al suelo sin poner resistencia y vio a su amigo salir de la oficina sin decir otra palabra. Sujetó la herida y maldijo su persona miles de veces. Todo era su culpa. Tenía que arreglar las cosas con Emma, de lo contrario perdería a su más querido amigo, y no podría soportar estar sin Antonio a su lado. Había pasado una noche muy incómoda. Por lo general nunca alguien lograba afectarla al punto de enfurecerla. ¿Por qué el jefe de su padre le provocaba tanta ira? Solo verlo hacía que su sangre hirviera.  Esa noche al llegar a su departamento, tuvo que lavar su rostro con agua helada para poder sentirse como ella misma de nuevo. Estaba tan alterada y enfurecida que bien pudo explotar. Nunca permitía que nadie la humillara, nadie había logrado hacerla sentir de esa manera tan baja, afectarla emocionalmente era un concepto que no entraba en su personalidad. Ni siquiera su padre había podido lograrlo en sus años de alcohólico. Preparó su desayuno, dejando esa mala experiencia en el pasado. Partió un par de fresas, una manzana, pan tostado y una taza de té. Encendió la pantalla para ver las noticias y disfrutó de su momento cotidiano. Cuando terminó, entró a su habitación a darse una ducha. Estaba segura que su padre no se atrevería a llamarla, así que no se molestó en tomar el celular. El timbre del teléfono fijo la detuvo en su camino al baño. Sorprendida se acercó a contestar, nadie la llamaba a ese número, ni su familia. Levantó la bocina llena de curiosidad. — ¿Sí? —Muy buen día —saludó una voz al otro lado— ¿Estoy hablando con la señorita Emma Maldonado? —Sí, ella habla —respondió en tono firme. —Me alegra encontrarla al fin, señorita —la voz sonaba alegre— Mi nombre es Rogelio Duarte, soy el jefe de Recursos Humanos de la corporación Des&Tes, el motivo de mi llamada es para agendarle una cita. — ¿Una cita? —repitió sorprendida. —Recibimos su currículo y la verdad me sorprendieron sus facultades —dijo haciendo su cumplido— ¿Se encuentra laborando actualmente? —No. —Perfecto —exclamó— ¿Le interesa el puesto entonces? Puedo recibirla dentro de una hora y comenzar su entrevista. —Claro —buscó algo con qué escribir los datos— ¿Podría darme la dirección? Anotó los datos con cuidado y colgó a los minutos.  Parpadeó un par de veces y corrió al baño a darse una ducha. Diez minutos después secaba su cabello, lo peinó con cuidado y lavó sus dientes. Frente al closet y sin tener que pensarlo mucho, escogió un vestido n***o de manga larga con cuello circular, medias, botas de tacón y una gabardina gris oscuro. Pintó su rostro al natural y un rosa pálido en los labios. Salió de su departamento con su bolso en mano, sonrió por la emoción. No recordaba el nombre de la empresa, pero no le importó. Subió a su auto y condujo directo al edificio, no tardó en dar con la dirección. Llegó faltando cinco minutos para la hora citada, dio los buenos días al guardia que le abrió la puerta y le entregó un pase de visitante. Por un momento recordó el desagradable momento que pasó la noche pasada, pero se esfumó tan pronto que fue insignificante. El reclutador estrechó su mano, era un joven unos años mayor que ella, pelirrojo y de ojos color madera. Le sonrió contento y la invitó a sentarse. — ¿Tuvo problemas al encontrar el edificio? —Ninguno —respondió sonriendo. —Me alegro —asintió— Tome asiento, señorita Maldonado. Emma obedeció. Cruzó sus piernas y esperó a que el joven hablara. —Debo decir que eres la persona más preparada que se ha postulado para el puesto —dijo siendo directo— Tienes mucha experiencia y práctica, demasiadas recomendaciones importantes, incluso estás graduada con honores. —Gracias —asintió orgullosa. Rogelio la miró unos segundos. — ¿Te interesa este trabajo? —Sí, mucho señor —su mirada fija en el pelirrojo. —Me alegra escuchar eso —sonrió tranquilo— Y puedes llamarme Rogelio, no hay mucha diferencia en nuestras edades. Emma asintió, el chico le infundía confianza. —Bien, Emma —la tuteó— ¿Puedes comenzar ya mismo? Ella sonrió. —Por supuesto —aclaró— Muchas gracias por esta oportunidad. —No hay de qué —sonrió— Gracias a ti. —Le aseguro que no se arrepentirá. Rogelio la acompañó a la salida. Le mostró los lugares en los que laboraría, la presentó a los demás empleados y la dejó en la que sería su oficina sin antes decirle que firmara el contrato a medio día. Emma asentía sin tener duda alguna, estaba tan contenta, en completa tranquilidad. Fue recibida con educación y cortesía, algo en lo que ella era experta.  Le tomó un par de horas familiarizarse con todos los procedimientos de la compañía. Dejó a algunos empleados con la boca abierta, después de todo, ella era excelente en su trabajo. —Eres increíble —su entrenadora, una mujer morena de unos cuarenta años, admiraba su manera de trabajar— A la mayoría nos cuesta más tiempo adaptarnos a un lugar nuevo, pero veo que tú aprendes rápido. —Gracias —sonrió halagada— Disfruto lo que hago. —Bien, en ese caso, me retiro por el momento —anunció— Vendré en unas horas más para que vuelvas a sorprenderme. Emma asintió y volvió a lo suyo. Terminó de leer el primer reporte de inversiones y gastos del año pasado. Habían tenido unos pequeños problemas con unas malas inversiones, pero en general todo estaba en orden. Abrió el segundo reporte y comenzó a subrayar las fechas de algunos fraudes pequeños. Ver el nombre de la empresa de su padre en la lista de préstamos la hizo fruncir el ceño. Antonio mencionó que tenían problemas de dinero, pero no pensó que fuera tan grave. Tragó la enorme culpa que se aglomeró en su garganta, y tuvo que tragar. Las cosas se arreglaban de una u otra manera, no era necesario que ella asistiera solo para cumplir con el deseo de su padre y su jefe. Para medio día, Emma ya tenía un reporte general de todas las malas cifras de la compañía. La relación entre clientes y empleados. Y sobre todo muchas recomendaciones para inversiones exitosas. Salió de la oficina en busca de su entrenadora, la mujer recibió el reporte y sonrió a la chica. Dio aviso que iría a RH a firmar su contrato y se alejó de ella. Rogelio la esperaba con el papeleo listo y una pluma sobre su mano que le extendía a Emma. — ¿Qué tal lo llevas hasta ahora? —No tuve ningún problema —dijo llena de confianza— Acabo de entregar un reporte general de todas las finanzas hace unos minutos. — ¿Tan pronto? —abrió la boca sorprendido— Increíble, eres excelente. —Solo hago lo que sé hacer —sonrió. Rogelio se acercó a ella y le dio la pluma. —Este es tu contrato —señaló los puntos importantes— Léelo con detenimiento y dime qué tal. Emma lo leyó con rapidez y miró a Rogelio mientras asentía. —Todo me parece adecuado —respondió. —Bien, en ese caso por favor pon tu firma aquí, y en las siguientes tres páginas —apuntó con su dedo el área marcada con un separador rojo. Emma acomodó la hoja y presionó la pluma para que saliera la punta. —Debo decir que estoy en verdad sorprendido —comenzó a decir regresando a su silla— Cuando una persona viene recomendada no es tan buena como dicen. Emma lo miró deteniendo su acción. Entendía a la perfección, sus recomendaciones eran de profesores reconocidos.  — ¿Puedo preguntarte algo, Emma? —Claro —lo miró a los ojos. — ¿Por qué cambiaste de lugar? —dijo cruzando sus brazos— ¿No te pagaban lo suficiente en la empresa de tu padre? Ella frunció el ceño. —No entiendo. — ¿O tal vez trabajabas demasiado? — ¿De qué habla? —Tus recomendaciones son impresionantes —habló ignorando sus preguntas— En especial la de tu último jefe. —No entiendo a qué se refiere —soltó la pluma— ¿Por qué cree que trabajé en la empresa de mi padre? —El dueño nos dio una maravillosa recomendación sobre ti, contó algunos de tus logros e incluso llamó ayer en la tarde. Emma sintió que el aire abandonaba sus pulmones, la temperatura de su cuerpo aumentó tan considerablemente que tuvo que cerrar los ojos, ¿por qué demonios había hecho eso? ¿Qué derecho tenía en recomendarla si no había trabajado para él?  —El dueño de aquí y él son amigos, o lo era de su padre, no estoy seguro —siguió hablando aún sin notar que su nueva empleada estaba pálida y a punto de hiperventilar— Allan... Estrada, sí, así se llamaba. Ella miró al suelo evitando que su superior notara su estado de exaltación. Necesitaba aire fresco, o explotaría. — ¿Estás bien? —preguntó al notar lo alterada que estaba— ¿Quieres un vaso de agua? Emma asintió y lo miró irse. Al estar sola se puso de pie. Su cabeza comenzó a dar vueltas y salió del lugar, bajó por las escaleras sin importarle que sus piernas temblaran. Estando fuera del edificio, gritó con todas sus fuerzas, el aire reprimido, la ira y la humillación la hicieron desahogar todo lo que tenía dentro. Cubrió su rostro con ambas manos y recuperó su control. Miró al guardia que la observaba completamente aterrado y se disculpó con él. Regresó dentro, sentía hervir su sangre, lo único que pasaba por su mente era en la lección que le daría al engreído jefe de su padre. Se encontró con Rogelio que la esperaba con el ceño fruncido, confundido. Le informó que tenía que salir de inmediato y se disculpó por su comportamiento tan abrupto. El pelirrojo la dejó ir sin hacer preguntas, y ella lo agradeció. Rogelio no había notado, que el contrato seguía sin firmar. Tras la charla con Antonio, Allan fue convocado a una reunión con la junta directiva. El grupo de ancianos exigía una solución que salvara sus traseros de la bancarrota. Y aunque les expresó sus posibles soluciones, ninguno aceptó sus palabras, y las discusiones comenzaron. Estaba enojado, por supuesto, pero consigo mismo. Todo eso era su culpa, siempre tenía que ser un patán con las mujeres. Y ahora pagaba con creces el haber humillado a la única chica que se suponía iba a tratar con respeto y educación. Regresó a su oficina, se dejó caer en el sofá y cerró los ojos. La migraña martilleaba su cabeza con violencia. Necesitaba una siesta, no había dormido nada la noche anterior. No podía sacar a Emma de su cabeza, lo que le hizo, las cosas que dijo; era un completo idiota. Quería llamar a Antonio, pero era obvio que no querría hablar con él, al menos no hasta que arreglara su desastre. Frunció el ceño, ¿cómo demonios podría lograrlo si Emma no quería volver a verlo? Suspiró. Cerró los ojos unos minutos para que el dolor en su cabeza disminuyera. La línea de su teléfono comenzó a sonar, una que su secretaria usaba cuando necesitaba hablarle. Abrió los ojos de mala gana y se puso de pie. Ni siquiera estaba seguro de haber descansado algo, todo lo contrario, el agotamiento lo batió con intensidad, incluso le dolía parpadear. Caminó lentamente hasta presionar el botón y respondió al llamado. — ¿Qué ocurre? —Tienes una visita —la mujer se escuchaba divertida. — ¿Quién es? —La haré pasar —dijo sin responder. Allan supuso que sería otro ejecutivo que venía a pedir algún anticipo por la cantidad de préstamos que habían pedido. Regresó al sofá y miró a la puerta. Solo que no pudo creer quién fue la persona que entró. Sus ojos se abrieron tanto que los sintió arder. — ¿Cómo se atreve a usar sus contactos para que me contraten? —la voz inconfundible de Emma resonó en las cuatro paredes de la oficina. Allan abrió la boca sorprendido, no, no, estaba sin habla, ¿qué hacía Emma ahí? Se puso de pie sin dejar de verla, sentía que si parpadeaba, la imagen que su mente había creado desaparecería. Dio dos pasos hacia ella y esperó. — ¡Responda! —exclamó furiosa— ¿Quién le dio derecho? Allan no respondió, sus ojos ardían demasiado, tanto por el cansancio como el hecho de que se negaba a parpadear. Emma detuvo su marcha hasta quedar a un metro de él y soltó una bofetada directo en la mejilla de Allan. El golpe lo devolvió a la realidad, por un segundo su migraña desapareció. Cerró los ojos con fuerza para abrirlos y ver a la chica que lo miraba hecha una fiera. — ¿Cuánto más me va hacer hasta que quede satisfecho? —preguntó seriamente, su ceño tan fruncido que Allan tuvo miedo. Él se enderezó, miró a Emma y una parte dentro de él se alegró que no fuera un invento de su imaginación, ella estaba ahí, parada junto a él.  — ¿Por qué estás aquí? —preguntó nervioso. — ¿Creyó acaso que sería tan tonta como para no darme cuenta de lo que hizo? —su pregunta congeló a Allan en su lugar. Por supuesto que no. Emma estaba tratando de parecer confiada, pero la verdad era, que si Rogelio no lo menciona durante su charla, ella jamás lo hubiera sabido. Agradecía al chico por ser tan poco reservado. Agarró aire para no volver a golpear a Allan, estaba inmóvil sin decir una palabra, y ya estaba colmando su paciencia. — ¡Respóndame! —Lo siento —Allan reaccionó, su tono alto sorprendió a Emma— Lamento lo que pasó la última vez, me arrepiento de todo lo que hice para ofenderte, en serio necesito tu ayuda y estaba desesperado. Emma tragó los insultos que iba a decirle. No esperaba que mencionara lo del día anterior. De hecho no había ido a ese lugar para exigirle una disculpa, al menos no por esa vez. No se esperaba esa respuesta, aún así se mantuvo firme. —Escuche —comenzó a decir— A este punto no aceptaré ninguna de sus disculpas, es claro para mí que por más sinceras que suenen sus palabras, todo es falso. Aunque jure que no volverá a hacer algo lo hará sin dudarlo a la primer oportunidad. —Lo siento, de verdad —su voz perdió entonación, estaba tan cansado, comenzó a ver a Emma borrosa. —No tiene derecho a recomendarme si no he trabajado para usted —escupió al fin— ¿Acaso nadie lo educó? Meterse en la vida de los demás no es correcto. Esa llamada me hizo muy feliz, ¿por qué tuvo que arruinarlo? Ahora no podré volver. El peso de la culpa lo hizo retroceder unos pasos y se sentó en el sofá, el martilleo en su cabeza regresó con violencia, no podía soportar el dolor, tampoco mantener los ojos abiertos. Sostuvo su cabeza con ambas manos y dejó salir el aire contenido. Emma parpadeó por su actitud y cruzó los brazos, ¿qué le ocurría? — ¿No va a responder nada? —preguntó sin perder su porte de guerra. Allan sonrió a su pesar, después negó con la cabeza y la miró de reojo. —No tengo nada más que decirte —confesó. Emma resopló, la rabia que sentía comenzó a bullir de nuevo, ¿eso era todo? ¿Una simple disculpa y ahora se hacía el ofendido? Cerró sus manos en puños con fuerza y contó hasta diez. No le gustaba para nada que ese hombre la alterara tanto, nadie jamás lo había logrado, simplemente porque a ella no le importaba. Llegar a esa conclusión la hizo enojar más, ¿acaso le importaba? Claro que no. Solo que no permitía que ese tipo de persona la tratara como le entrara en gana. —No lo entiendo —comenzó a decir. Allan suspiró, sufriendo por su migraña, pero la miró a los ojos con mucho esfuerzo. —Mi padre me ha contado su situación, sé que si las cosas se hubieran manejado de diferente manera, o si mi padre hubiera sido honesto conmigo desde un principio, ahora mismo tendríamos una conversación diferente —resopló de nuevo— Por eso no entiendo, si es tanta la urgencia que tiene por resolver sus problemas financieros, ¿por qué demonios me trató tan mal? Allan sonrió internamente, esa era la pregunta correcta —sin duda—, ¿Por qué lo hizo? Por su estupidez, no estaba seguro. Bien, tal vez fue por eso, sus emociones se mezclaron a tal grado que no supo actuar correctamente, y terminó haciendo esa tontería.    —No lo sé —respondió antes de cerrar los ojos— Soy, como dices, un total idiota. Emma estaba exhausta, la ira se había ido lo suficiente para ver la situación con otros ojos. Si el problema que tenía era tan delicado como para ponerlo en ese estado, en cierto modo lo entendía, no justificaba su actitud, por supuesto, pero comprendía la desesperación que debía sentir al no poder solucionar el problema él mismo.  Una parte de ella no estaba de acuerdo, pero muy dentro de sí sabía, que esa situación no acabaría nunca, a menos que ella tomara una decisión. —Escuche —dijo tras resoplar— No estoy de acuerdo en nada, ni en su persona ni en lo que hace, pero ese problema es de mi padre también, así que para terminar con esto, accederé a ayudarlos. Allan la miró completamente sorprendido, sin poder creer lo que escuchaba. —Mis condiciones siguen siendo las mismas, señor Estrada —dijo tras esperar que él respondiera, y como no fue así, continuó hablando— Solo si usted está dispuesto a comprometerse por completo. Él no sabía qué decir, ¿acaso estaba alucinando? —Vendré mañana a primera hora —anunció, su ceño fruncido por la respuesta que Allan le daba— Esta será la última oportunidad que le daré. Emma lo miró un segundo antes de dar media vuelta y salir de ahí. Allan escuchó cerrarse la puerta y soltó una carcajada preso de su histeria. ¿Qué había sido todo eso? ¿Un invento de su imaginación que parecía demasiado real? —Me acabo de volver loco —dijo en voz alta. Volvió a acostarse en el sofá y cerró los ojos. No importaba lo mal que se sentía, las palabras “imaginarias” de Emma lo hicieron sentir feliz, por lo menos hasta que tuviera que despertar. Emma salió de la empresa y subió a su auto. Por alguna razón ya no sentía la rabia que la hizo abandonar todo y llegar a enfrentar al idiota jefe de su padre. Estaba tranquila, incluso llegó a sentir pena por él. Verlo derrotado por sus propios demonios fue algo que ni ella pudo ignorar. Sabía que no era una mala persona, y aunque seguía sin agradarle, su decisión había cambiado. Condujo por las calles y soltó un suspiro largo. Tendría que regresar a Des&Tes y explicar la razón de su abrupta desaparición. No podría trabajar ahí después de todo. Aunque Rogelio no estuvo contento con su partida, no pudo hacer nada más que desearle mucho éxito y pedirle que se mantuvieran en contacto. El chico la abrazó antes de que ella saliera de la oficina y la despidió agitando su mano. Emma sonrió sintiendo la incomodidad habitual que pasaba cuando alguien invadía su espacio y salió de ahí a los minutos. Condujo hacia la casa de su padre ya que debía informarle de su cambio de opinión. Suspiró de nuevo y aceleró. Su padre probablemente daría saltos de alegría, y eso sería algo muy divertido de ver.
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