Una vez en casa, abro la nevera y empiezo a devorar todo lo que encuentro. Es cierto que antes se me había cerrado el estómago, pero después del ejercicio físico que he realizado en el asiento trasero de ese taxi y la caminata tan larga que me he pegado necesito reponer energías. Después de haber practicado sexo con El Taxista Pelirrojo, me ha parecido poco prudente que sepa la dirección de mi casa, por lo que le he dado otra bastante más alejada. Menos mal que hoy llevaba zapatillas de deporte. El momento de la despedida ha sido de lo más surrealista: cuando he querido pagar el viaje él se ha negado a decirme el importe, por lo que he acabado dejando "olvidando" un bonito billete en el asiento del copiloto, que es dónde he ido sentada en todo el viaje de vuelta. Después de unos veinte

