Cuelgo el abrigo y el bolso en el perchero de la entrada, no sin antes guardar el último preservativo que me queda en el bolsillo de los vaqueros, y el policía hace lo mismo con la chaqueta de su uniforme. —¿Qué le apetece tomar? —pregunto dirigiéndome a la cocina— ¿Café, vino, cerveza, un refresco...? —No debería tomar alcohol —dice él desde el salón. —Ya no está de permiso, agente —No puedo evitar recordárselo. Parece ser que está nervioso, seguramente lo de subir a casa de la víctima de un caso no es algo que acostumbre a hacer. Él permanece en absoluto silencio, por lo que me asomo al pasillo para poder verle. —Supongo que por una vez no va a pasar nada. De acuerdo, vino está bien, pero será solo una copa. Sonrío satisfecha, una bebida alcohólica es más propicia para lo que pret

