Un cinturón de seguridad, un objeto como puede serlo cualquier otro, pero bien utilizado también se puede convertir en un arma de seducción. Y yo aún soy una damisela en apuros... Tiro del cinto, tomo la hebilla de metal y forcejeo con el anclaje. Finjo no ser capaz de abrocharlo. Lo "intento" unas cuatro o cinco veces y al final digo: —No puedo, me tiemblan mucho las manos, estoy demasiado nerviosa. —Tranquila, yo la ayudo. Tal y cómo yo esperaba, el policía se inclina ligeramente hacia mi lado y toma la hebilla. Al hacerlo roza ligeramente mi mano, que retiro rápidamente fingiendo vergüenza. Primer roce conseguido. —¿Lista? Asiento con la cabeza, él sonríe y arranca el vehículo. Junto las rodillas, inclino ambas piernas hacia un lado y las cruzo a la altura de los tobillos. Coloco

