Sombras en la penumbra

967 Palabras
VI Sombras en la penumbra La noche cayó sobre el convento de Montclair con un manto de inquietante serenidad. El aire se sentía más pesado, como si el propio pueblo respirara con dificultad. En el convento, las luces parpadeaban suavemente, creando un juego de sombras que parecía bailar en las paredes. Sor Eva permanecía en la biblioteca, aparentemente inmersa en los textos antiguos que había encontrado. Pero su mente estaba muy lejos de allí. André Moreau había sembrado una duda incómoda en su interior. Su presencia no solo la inquietaba, sino que parecía despertar en ella una emoción que no lograba definir. Sin embargo, era más que eso: su instinto le decía que André era peligroso, no por su investigación, sino porque tenía la capacidad de ver más allá de las fachadas, algo que Eva no podía permitirse. Desde el otro lado del pasillo, Sor Margot observaba en silencio. Había algo en Eva que no encajaba, una dualidad que le resultaba demasiado familiar. Mientras las otras hermanas dormían, Margot había pasado las últimas semanas en vigilia, siguiendo las rutinas de la recién llegada, con una atención casi obsesiva. Esa noche no era diferente. Cuando Eva finalmente se levantó para regresar a su habitación, Margot se deslizó hacia la biblioteca. Sus manos temblorosas recorrieron los estantes, buscando las huellas de lo que Eva había estado leyendo. Encontró un libro viejo, con la tapa desgastada, abierto en una página que describía un ritual de sellado. Al ver el título, su respiración se detuvo: “Ligatura de almas: la marca del espíritu.” El texto hablaba de un método para contener energías poderosas, atándolas a un objeto físico. Margot cerró el libro rápidamente, un escalofrío recorriendo su columna vertebral. Esa información no era algo que una hermana debía buscar, a menos que tuviera algo que ocultar. Decidida a confrontar a Eva, Margot se dirigió hacia su celda, pero antes de llegar, se detuvo al escuchar un murmullo proveniente del otro lado del convento. Era un susurro bajo, casi un canto, que parecía envolver el aire. Siguiendo el sonido, llegó a la capilla. Allí, Eva estaba de rodillas frente al altar, aparentemente rezando. Pero Margot supo de inmediato que no era un rezo común. Había algo en su postura, en la forma en que sus labios se movían, que le recordó a algo que había presenciado muchos años atrás, en un tiempo que había tratado de olvidar. —Sor Eva —llamó Margot desde las sombras, su voz baja pero firme. Eva no se sobresaltó. En cambio, terminó su supuesto rezo con calma antes de volverse hacia ella. —Hermana Margot, ¿qué hace aquí a estas horas? —preguntó, su tono tan neutral que resultaba desconcertante. Margot avanzó unos pasos, sus ojos, buscando cualquier señal en el rostro de Eva. —Podría preguntarte lo mismo —respondió, con una leve sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Este no es un lugar donde las hermanas suelen encontrarse a estas horas. Eva inclinó la cabeza, como si considerara la acusación implícita. —A veces, la noche es el único momento en que encuentro verdadera paz. Este lugar tiene algo especial, ¿no cree, hermana? Margot se cruzó de brazos, su postura relajada, pero su mirada intensa. —Es cierto. Pero también he aprendido que la noche guarda secretos que el día no podría soportar. Hubo un breve silencio. Las palabras de Margot flotaron en el aire, cargadas de una intención que Eva no podía ignorar. —Todos llevamos secretos, hermana —replicó Eva con suavidad, pero con un filo en su tono—. Algunos los llevamos en el corazón; otros, en el alma. Margot la observó detenidamente antes de dar un paso atrás. —Descansa, sor Eva. La jornada de mañana será larga. Cuando Margot se marchó, Eva se permitió un breve momento de vulnerabilidad. Las palabras de Margot habían sido demasiado específicas, demasiado personales. Había algo en la anciana que no podía descifrar, pero sabía que debía tener cuidado. Mientras tanto, en el centro del pueblo, André Moreau revisaba los reportes forenses en su pequeño despacho improvisado. La causa de muerte del cadáver encontrado era un enigma: la víctima no tenía heridas físicas evidentes, pero los tejidos mostraban signos de desgaste, como si algo hubiera drenado la vida misma de su cuerpo. André tomó una taza de café frío y se inclinó sobre las notas. Había algo extraño en los reportes: el químico desconocido encontrado en el lugar del crimen tenía propiedades que desafiaban toda lógica científica. Los resultados preliminares indicaban que la sustancia interactuaba con el sistema nervioso, induciendo un estado de euforia antes de provocar una falla orgánica completa. El inspector no podía evitar pensar en sor Eva. Había algo en ella que lo intrigaba profundamente. Su porte era impecable, casi demasiado perfecto. Y aunque su comportamiento era intachable, André no podía ignorar la sensación de que escondía algo. Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Era uno de los oficiales locales, un joven nervioso con una carpeta en las manos. —Inspector, acaban de llegar más documentos sobre el convento. Parece que hubo una investigación hace años. Algo relacionado con… prácticas inusuales. André tomó la carpeta y la abrió, leyendo rápidamente las primeras páginas. Lo que encontró lo dejó perplejo. Los documentos hablaban de un incidente ocurrido décadas atrás, en el que una monja había sido acusada de realizar rituales oscuros en secreto. Los detalles eran escasos, pero las descripciones coincidían inquietantemente con lo que estaba sucediendo ahora. Cerró la carpeta con fuerza, su mente trabajando a toda velocidad. Algo oscuro se ocultaba en el convento Montclair, y estaba decidido a descubrir qué era, incluso si eso significaba enfrentarse a las sombras más profundas del pueblo… del convento… y de sí mismo.
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