La mirada inquisitiva

1073 Palabras
V La mirada inquisitiva El día amaneció con una fina niebla que abrazaba las calles de Montclair, haciendo que el pueblo pareciera un lugar atrapado entre el pasado y el presente. En el convento, la rutina seguía su curso como de costumbre. Las monjas se movían con diligencia, preparando la capilla para la misa matutina, mientras los rayos de luz se difunden tímidamente a través de los vitrales antiguos. Entre ellas estaba Sor Margot, una de las hermanas más reservadas y discretas del convento. Llevaba años en Montclair, mucho tiempo antes de que Eva llegará. Su figura menuda y su rostro marcado por arrugas hablaban de una vida de dedicación, pero también de alguien que sabía más de lo que decía. Sor Margot era la encargada de la biblioteca del convento, y aunque parecía pasar desapercibida, sus ojos observadores nunca dejaban de notar los detalles pequeños que otros pasaban por alto. Esa mañana, mientras disponía los libros que las hermanas usaban para las lecturas diarias, vio a Sor Eva cruzar el pasillo con un aire pensativo y ausente. Sor Margot dejó lo que estaba haciendo y se acercó con cautela. —Sor Eva, pareces inquieta —comentó con voz suave, casi maternal. Eva detuvo su lento caminar y le dedicó una sonrisa forzada. —Es solo el peso de la responsabilidad, hermana Margot. Este pueblo tiene algo… particular. Sor Margot inclinó la cabeza, estudiándola con una mirada que parecía atravesarla. —Montclair tiene una historia que muchos prefieren olvidar; hermana. Las sombras aquí son más profundas de lo que parecen, y no siempre son solo una metáfora o una historia contada. Eva sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo en las palabras de Sor Margot que la incomodaban un poco, como si la anciana supiera más de lo que decía saber. —A veces, las sombras son solo eso, Sor Margot; sombras. —respondió Eva, tratando de sonar casual. —Quizás —respondió Sor Margot, encogiéndose de hombros antes de regresar a sus tareas, sin agregarle tanta importancia al asunto. Eva continuó su camino hacia la biblioteca, donde había planeado buscar más información. Sin embargo, apenas había comenzado a leer cuando oyó voces en la entrada del convento. Al asomarse, vio al inspector André Moreau hablando con la madre superiora. André Moreau, tenía el porte de alguien acostumbrado a ser escuchado. Su figura alta, cuerpo atlético y sus movimientos precisos transmitían una mezcla de autoridad y calma. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado, como si hubiera pasado la noche en vela, y sus ojos, siempre atentos, parecían analizar cada rincón del lugar. —No quiero interrumpir sus labores del día, madre, pero necesito entender mejor la dinámica del pueblo —decía André con cortesía—. Un asesino entre nosotros es algo que no podemos tomar a la ligera. La madre superiora, siempre tan hospitalaria, asintió con gravedad. —Haré todo lo que pueda para ayudar, inspector Moreau. Este convento está a su entera disposición. Eva retrocedió antes de ser vista, pero no pudo evitar escuchar el sonido de las botas del inspector André acercándose por el pasillo. Su corazón latió con fuerza cuando su figura apareció en la puerta de la biblioteca. —Sor Eva —saludó con educación, inclinando ligeramente la cabeza. —Inspector Moreau —respondió ella, manteniendo su tono sereno. —¿Qué lo trae por aquí tan temprano? André entró en la biblioteca, observando los libros con curiosidad antes de responder. —Quería agradecerle por su disposición a colaborar ayer. Este caso es más complicado de lo que esperaba. Cada pista que encuentro parece llevarme a un callejón sin salida hermana. Eva fingió interés mientras sus ojos estudiaban con detenimiento su expresión. Él no parecía cansado, pero había algo en su mirada que denotaba una lucha interna, como si dudara de sus propias conclusiones. —La muerte siempre nos deja con preguntas, inspector. —dijo Eva, con un tono reflexivo—. ¿Ha encontrado algo nuevo sobre el caso? André se detuvo frente a uno de los estantes, pasando los dedos por los lomos de los libros antes de responder. —Sí, aunque la información es más desconcertante que reveladora. El cuerpo que encontramos mostraba signos de un trauma emocional extremo, como si hubiera presenciado algo que su mente no pudo ser capaz de procesar. Pero eso no es lo único. Encontramos restos de una sustancia desconocida en el lugar. Algo que no pertenece ni al ambiente natural ni a ningún material que hayamos identificado antes. Eva sintió un nudo en el estómago. Sabía exactamente de qué estaba hablando, pero mantuvo su rostro imperturbable. —Eso suena… muy inquietante. —Lo es —admitió André, girándose para mirarla directamente—. Y me hace preguntarme sobre el tipo de personas que viven aquí. Montclair parece tranquilo, calmado, pero hay un trasfondo que no puedo ignorar. Eva sostuvo su mirada, sintiendo cómo la tensión crecía entre ambos. Había algo en André que la desafiaba, que la hacía sentir vulnerable de una manera que no estaba acostumbrada. —Todos tenemos nuestros secretos, inspector —dijo finalmente, con un tono que era tanto una advertencia como una verdad. —Y este pueblo debe tener muchos secretos. André sonrió levemente, como si reconociera el doble filo de sus palabras; la intención oculta tras una frase común. —Eso es lo que intento descubrir, sor Eva. Los secretos pueden ser peligrosos, especialmente cuando alguien está dispuesto a matar todo a su paso para protegerlos. Eva no respondió. Solo lo observó mientras él daba un paso hacia la puerta. —Gracias por su tiempo —dijo André, inclinando la cabeza una vez más antes de salir. Cuando se quedó sola, Eva dejó escapar un suspiro tembloroso. Sabía que André no dejaría de buscar hasta encontrar, y cada vez parecía estar más cerca de una verdad que ella no podía permitirse revelar. Pero también sabía que había algo en él, algo que despertaba en ella una sensación peligrosa: una mezcla de admiración, temor y un deseo que no podía explicar. Mientras tanto, Sor Margot, desde la distancia, observaba en silencio. Había visto la interacción entre Sor Eva y André Moreau, y aunque no dijo nada, sus ojos revelaban una comprensión que nadie más parecía tener. Montclair estaba lleno de secretos, y Sor Margot sabía que la nueva hermana Eva no era tan diferente de las sombras que rondaban el pueblo desde hacía siglos…
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