IV
Encuentros entre tinieblas
La luz tenue del atardecer se colaba por las ventanas del convento cuando Eva, aprovechando que las hermanas estaban ocupadas en la preparación de la misa vespertina, regresó al archivo. La carta que había sido encontrada no había dejado de rondar su mente, y sentía una urgencia inexplicable por encontrar más pistas.
El aire estaba cargado de polvo, y cada paso sobre el suelo de madera de roble emitía un crujido tenebroso. Eva buscó entre los documentos más antiguos, apartando pilas de pergaminos amarillentos y libros con cubiertas descoloridas y desgastadas. Finalmente, encontró un diario mucho más desgastado que los libros anteriores, con una inscripción casi ilegible: Relatos de Montclair.
Sentándose junto a la ventana, comenzó a leer con atención. El diario, escrito por varias manos a lo largo de los años, parecía ser un registro informal de eventos extraños y paranormales en el pueblo. Había relatos de desapariciones muy misteriosas, luces en el bosque y, lo que más llamó su atención, descripciones de rituales oscuros realizados en la periferia del pueblo.
Uno de los pasajes mencionaba directamente a la entidad que había leído en la carta anterior:
“La sombra no es una criatura común y corriente, sino un parásito que se alimenta de los deseos prohibidos que habitan en lo más profundo del alma de las personas. Se infiltra en los corazones más vulnerables, multiplicando los pecados más oscuros hasta que la voluntad de la víctima es quebrada por completo y queda a merced de la bestia. Nadie puede resistirse a su influencia, salvo aquellos con un corazón puro o una fe inquebrantable.”
Eva cerró el libro con fuerza, sus dedos temblando ligeramente como si experimentara un cuadro de hipotermia. El texto hablaba de una fuerza que corrompía a otros sin siquiera darse cuenta, pero las palabras resonaban en ella de una forma tan inquietante, como si estuvieran describiéndola a ella misma en su versión más oscura.
El sonido repetitivo de unos pasos firmes la alertó. Se levantó rápidamente y dejó el diario donde lo había encontrado, acomodándolo para que pareciera intacto tal como lo había encontrado. Antes de que pudiera salir del archivo, la puerta se abrió, y el imponente inspector André Moreau apareció en el umbral.
—Sor Eva, qué casualidad encontrarnos de nuevo.
Dijo con una voz calmada, pero con un destello inquisitivo en sus ojos.
Eva respiró profundamente y adoptó su expresión habitual de serenidad Y calma.
—Inspector Moreau, no esperaba verlo por aquí. ¿Qué lo trae al convento a estas horas?
Él dio un paso más cerca, inspeccionando la habitación con una mirada que parecía absorber cada detalle, Eva sabia que él no era todo lo que pasaría, sabía que tenía algo oculto.
—He estado revisando los registros del pueblo en busca de cualquier conexión con el asesinato que ocurrió reciente. Pensé que el convento podría tener documentos históricos que me fueran útiles en este caso.
Eva sintió un nudo formarse en el centro de su estómago. Había sido cuidadosa con su comportamiento anterior, pero la presencia del inspector comenzaba a sentirse como una amenaza directa para ella.
—Los archivos del convento contienen principalmente registros religiosos, inspector.
Respondió, intentando sonar desinteresada.
— Aunque hay algunos documentos históricos, no sé si serán de mucha ayuda para su investigación, pero puede tomar los que necesite.
André inclinó la cabeza hacia un lado, como si estudiara su respuesta o quisiera descubrir sus más oscuros secretos.
—A veces, los detalles más insignificantes son los que revelan las respuestas más importantes e impactantes.
Eva mantuvo la compostura, aunque su corazón latía con fuerza, cualquier persona que lo escuchara diría que estaba a punto de sufrir un infarto por arritmia cardiaca. Él era perspicaz, demasiado para su comodidad.
—¿Puedo ayudarlo con algo en particular, inspector? Preguntó, intentando desviar la conversación.
—Tal vez.
Respondió él, acercándose un poco más.
— Estoy investigando el comportamiento inusual del cuerpo que encontramos. La víctima no murió de una herida evidente en su cuerpo, pero su rostro estaba congelado en una expresión de puro terror. Es algo que nunca había visto antes en todos mis años de experiencia.
Eva bajó la mirada, como si estuviera perturbada por la descripción, aunque en realidad estaba evaluando la situación.
—Eso suena… horrible inspector. ¿Tiene alguna teoría sobre lo que pudo haberle sucedido?
—Varias, pero ninguna encaja del todo.
Dijo André, con un tono que sugería que esperaba algo de ella.
—Dígame, sor Eva, ¿cree usted en lo sobrenatural?
La pregunta la tomó por sorpresa. Alzó la vista y encontró los ojos del inspector fijos en ella, como si intentara leer sus pensamientos más profundos.
—Mi fe me enseña que el mal existe, inspector, pero también que la gracia de Dios es más poderosa que cualquier oscuridad.
Respondió con cuidado.
Él asintió lentamente, aunque sus ojos no abandonaron los de Eva.
—Una respuesta prudente.
Dijo, dando un paso atrás
— Pero Montclair tiene una historia complicada. Aquí, las sombras parecen más profundas de lo que uno esperaría.
Eva sintió un leve escalofrío recorrer su espalda. Antes de que pudiera responder, él añadió:
—Espero que no le moleste si regreso más tarde para seguir revisando los documentos. Estoy seguro de que este lugar tiene más secretos de los que realmente aparenta.
—Por supuesto, inspector.
Respondió Eva, intentando no mostrar ningún signo de nerviosismo.
— Las puertas del convento están abiertas para usted siempre que desee.
André asintió y se marchó, dejando a Eva sola en la habitación. Ella exhaló lentamente, sintiendo cómo la tensión acumulada abandonaba su cuerpo. Pero mientras salía del archivo, no podía ignorar el presentimiento de que André Moreau no solo estaba investigando un asesinato, sino que también estaba investigándola a ella.
Esa noche, mientras el convento dormía, Eva se quedó despierta durante horas. Se sentó junto a la ventana de su celda, observando las calles desiertas de Montclair. Las palabras de Moreau resonaban en su mente de manera constante: Aquí, las sombras parecen más profundas de lo que uno esperaría, cada rincón de este lugar esconde más de lo que realmente podemos imaginar.
Por primera vez desde que había llegado al pueblo, se sintió realmente inquieta. No por la entidad que la carta y el diario describían, sino por el hombre que parecía decidido a descubrir la verdad. El inspector Moreau.
Y Eva sabía que, si él llegaba demasiado cerca, tendría que tomar una decisión difícil para ella…