El camino de regreso a casa fue un descenso al mismísimo infierno. Liam no recordaba cómo se había subido a la bicicleta, ni cuántas veces sus piernas fallaron antes de alcanzar el porche de su casa. El hombro le latía con un ritmo salvaje, una pulsación de fuego que parecía querer desprenderle el brazo del resto del cuerpo. Cada vez que el pedal giraba, un gemido de agonía escapaba de sus labios apretados. El aire de la noche, que antes era fresco, ahora se sentía como agujas de hielo entrando en sus pulmones.
Cuando finalmente vio las luces de la cocina encendidas, el pánico superó al dolor.
—Mamá... —susurró, pero su propia voz le sonó extraña, como un gruñido ahogado por la sangre que le llenaba la boca.
No podía dejar que Camila lo viera así. Ella era enfermera; un solo vistazo a ese desgarro en su hombro y llamaría a Marcus, el jefe de policía. Habría preguntas, una investigación, y Liam sentía, en lo más profundo de su instinto, que lo que lo había atacado no era algo que pudiera explicarse en un informe policial. Había algo... impuro en esa herida.
Apoyó la bicicleta contra el roble del jardín, ocultándola entre las sombras, y rodeó la casa hacia la puerta trasera del lavadero. Entró conteniendo la respiración, escuchando el sonido de la televisión en la sala. Su madre estaba allí, a solo unos metros, probablemente cabeceando frente a las noticias nocturnas.
Con movimientos torpes y dedos temblorosos, Liam se despojó de la chaqueta de lona. Estaba empapada, pesada y pegajosa. Al encender la pequeña bombilla del baño del pasillo, casi se desmaya al verse en el espejo. Su piel estaba pálida como la cera, sus ojos inyectados en sangre y, en su hombro, el horror: cuatro marcas profundas, moradas y negras, que supuraban un líquido espeso que no parecía del todo humano.
—Duele... maldita sea, duele —sollozó en silencio, mordiéndose la mano para no gritar mientras echaba agua oxigenada directamente sobre la herida.
El burbujeo blanco fue como lava. El dolor lo cegó por un segundo, obligándolo a hincarse de rodillas en el suelo de baldosas frías. Limpió el rastro de sangre del suelo con una rapidez frenética, ocultó la ropa destrozada en el fondo del cesto de la ropa sucia, debajo de todo lo demás, y se vendó el hombro con manos que no dejaban de vibrar. Se puso una camiseta limpia, se tragó tres analgésicos que sabía que no le harían nada y se arrastró hasta su habitación justo cuando escuchó los pasos de su madre acercándose.
—¿Liam? ¿Eres tú, cariño? —la voz de Camila sonó desde el otro lado de la puerta.
—Sí, mamá... solo estoy cansado. Me voy directo a dormir —logró decir, hundiendo la cara en la almohada para amortiguar el temblor de su voz.
—Te guardé algo de cena en la nevera. No te quedes despierto estudiando, ¿vale?
—Vale... descansa.
Liam escuchó cómo los pasos de su madre se alejaban y el clic de la luz del pasillo al apagarse. Se quedó en la oscuridad, con el corazón galopando como un animal atrapado. El dolor no disminuía; al contrario, sentía que sus huesos empezaban a picar, como si algo estuviera intentando crecer debajo de ellos. Cerró los ojos, deseando que todo fuera una pesadilla, mientras una extraña fiebre empezaba a consumirlo desde adentro.
El sol de la mañana entró por la ventana con una violencia que hizo que a Liam le estallara la cabeza. Se despertó de golpe, empapado en sudor frío, con las sábanas enredadas en sus piernas como si hubiera luchado contra ellas toda la noche.
Lo primero que sintió fue el silencio. El dolor abrasador del hombro había desaparecido por completo.
Frunció el ceño, confundido. Se sentía extrañamente ligero, con los sentidos agudizados de una forma casi dolorosa: podía oír el goteo de un grifo en la cocina, el vuelo de una mosca contra el cristal y, lo más extraño, el aroma del desayuno que su madre había dejado preparado, pero lo percibía con una intensidad que le revolvía el estómago.
Se sentó en la cama y, con el corazón latiéndole en la garganta, se quitó la camiseta. Sus manos temblaban mientras desataba el vendaje improvisado de la noche anterior.
Cuando la última capa de gasa cayó al suelo, Liam se quedó petrificado.
No había nada.
Donde anoche había un desgarro profundo que llegaba casi hasta el hueso, ahora solo había piel lisa y sana. Ni una costra, ni una cicatriz, ni siquiera un rastro de hematoma. Era como si el ataque nunca hubiera ocurrido. Se frotó la piel con fuerza, pensando que quizás estaba alucinando, pero el tacto era real. Su cuerpo se sentía más fuerte, más tenso, como una cuerda de violín a punto de romperse.
—No es posible... esto es imposible —susurró, mirando sus propias manos. Notó que sus uñas parecían un poco más afiladas, sus músculos más definidos.
Un grito desde la planta baja lo sacó de su estupor.
—¡Liam! ¡Vas a llegar tarde! ¡Me voy ya al hospital, te dejé las llaves en la mesa! —gritó Camila antes de cerrar la puerta principal con un golpe seco.
Liam miró el reloj de su mesita de noche. Las 8:15 AM. Su primera clase en la universidad local empezaba en quince minutos y el campus estaba al otro lado del pueblo. El pánico volvió a apoderarse de él, pero esta vez era un pánico diferente, cargado de una energía eléctrica que le recorría la columna.
Se vistió a toda velocidad, ignorando el hecho de que su ropa vieja le quedaba un poco más ajustada en los hombros. No tuvo tiempo de desayunar; el solo olor a comida humana le causaba una extraña repulsión. Agarró su mochila y salió corriendo de la casa.
Mientras pedaleaba hacia la universidad, se dio cuenta de algo aterrador: no estaba cansado. Sus piernas se movían con una potencia mecánica y el viento que le golpeaba la cara le traía información que su cerebro no podía procesar: el olor de la gasolina de un coche a tres calles de distancia, el rastro de un perro que había pasado por allí hace horas, y algo más... un aroma dulce, floral y extraño que parecía venir del centro del pueblo.
No sabía que ese aroma pertenecía a Sara, que en ese momento bajaba del coche de su padre frente a la entrada del campus, sintiéndose como una extraña en un mundo de sombras. Liam solo sabía que algo en su sangre había cambiado para siempre, y que la curación de su hombro era solo el principio de una metamorfosis que no podía detener.
Pedaleó más rápido, con los ojos brillando bajo el sol de la mañana con un matiz ámbar que nadie había notado aún, directo hacia el encuentro que el destino, con sus colmillos ensangrentados, ya había escrito para él.