El aroma de la tormenta

1289 Palabras
El campus de la universidad era un hervidero de estudiantes que se apresuraban a llegar a sus primeras clases, pero para Liam, el mundo se había vuelto un asalto insoportable a sus sentidos. Mientras caminaba por el pasillo principal hacia el salón de Literatura, sentía que su cerebro iba a explotar. Podía oír el susurro de una conversación a veinte metros de distancia, el roce de las suelas de los zapatos contra el linóleo y, lo más perturbador, el latido del corazón de las personas que pasaban a su lado. Era un sonido rítmico, constante, como un tambor lejano que marcaba un pulso que él no lograba controlar. Pero lo peor era el olfato. El aire estaba saturado de olores: el perfume barato de una chica, el sudor rancio de un deportista, el aroma a café quemado de la cafetería. Todo era demasiado fuerte, demasiado real. Liam se llevó una mano al hombro, buscando inconscientemente la herida de la noche anterior, pero solo encontró la tela lisa de su sudadera. Su cuerpo se sentía como un motor revolucionado al máximo, una máquina de guerra encerrada en la piel de un muchacho de diecinueve años que solo quería que el mundo bajara el volumen. —Tranquilo, Liam. Solo es el estrés. Estás alucinando por el susto de anoche —se susurró a sí mismo, aunque sabía que ninguna alucinación borraba una herida mortal en unas pocas horas. Entró al salón de clases y se hundió en su asiento habitual, al fondo, rezando por pasar desapercibido. Apoyó la cabeza sobre la mesa de madera, tratando de bloquear el ruido del mundo. Pero entonces, sucedió algo que detuvo el tiempo. Un aroma nuevo se filtró por debajo de la puerta del salón. No era como los demás. No era pesado ni molesto; era una mezcla embriagadora de jazmín fresco, lluvia sobre tierra seca y una dulzura floral que parecía vibrar en el aire. Era un aroma tan hipnótico que Liam levantó la cabeza de golpe, con las pupilas dilatándose hasta cubrir casi por completo el iris claro de sus ojos. Sus fosas nasales vibraron. Una parte de él, una que aún no comprendía, se puso en guardia, reconociendo algo que su alma llevaba esperando una eternidad. La puerta se abrió y el murmullo del salón se apagó. Sara entró siguiendo al profesor. Llevaba unos vaqueros ajustados, una chaqueta de cuero que parecía ser su escudo contra el mundo y una expresión de melancolía que la hacía destacar entre la multitud. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros como una cascada de seda, y sus ojos, de un color profundo y cargado de secretos, buscaban un lugar donde refugiarse de las miradas curiosas. —Clase, atención —dijo el profesor, dejando su maletín sobre el escritorio—. Tenemos una nueva incorporación. Ella es Sara, viene de la ciudad. Espero que la hagan sentir bienvenida. Sara, busca un asiento libre. Sara asintió apenas, evitando el contacto visual. Escaneó el salón con rapidez. Había un asiento vacío en la fila de adelante, cerca de los grupos que ya estaban formados, y otro justo al lado de Liam, en la penumbra del fondo. En su antigua vida, Sara siempre habría elegido el frente, pero ahora solo quería desaparecer, alejarse de la presión de ser "la hija del jefe de policía". Caminó por el pasillo central y, a medida que se acercaba al fondo, la tensión en el aire se volvió casi sólida. Liam sentía que el vello de sus brazos se erizaba. El aroma de ella era ahora tan potente que parecía recorrer sus venas, calmando el caos de sus sentidos y reemplazándolo por una obsesión silenciosa. Sara se detuvo frente al asiento vacío al lado de Liam. Antes de sentarse, lo miró. Fue como si un rayo cruzara el salón. Para Sara, Liam era el chico más extraño y fascinante que había visto jamás: tenía el cabello revuelto, la piel pálida como el mármol y unos ojos que brillaban con una intensidad eléctrica, casi salvaje, que la dejaron sin aliento. Para Liam, Sara era el centro de un huracán que acababa de empezar. El corazón de Liam empezó a golpear sus costillas con tanta fuerza que el sonido resonaba en sus propios oídos. —¿Está ocupado? —preguntó ella. Su voz era suave, aterciopelada, y para los oídos agudizados de Liam, fue la música más hermosa que jamás había escuchado. Liam tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba. —No... no, puedes sentarte —logró articular, aunque su voz sonó más grave de lo habitual, cargada de una vibración que ni él mismo reconocía. Sara se sentó y dejó su mochila en el suelo. Al hacerlo, su brazo rozó accidentalmente el de Liam. El contacto fue devastador. Una descarga eléctrica, pura y violenta, recorrió a ambos. Liam dio un respingo, retirando el brazo como si se hubiera quemado, mientras una oleada de calor subía por su columna. Sara lo miró sorprendida, con las mejillas tiñéndose de un rosa intenso. —Lo siento —susurró ella, frunciendo el ceño—. No quería... no sé qué fue eso. —Está bien. Es solo que... —Liam se interrumpió, buscando desesperadamente una excusa mientras su pulso se disparaba—. No he dormido mucho. Tengo los nervios de punta. Sara soltó una pequeña risa nerviosa, el primer gesto genuino que mostraba desde que cruzó la frontera del estado. —Te entiendo. Yo siento que me va a dar un ataque en cualquier momento. Odio ser la chica nueva. Y odio estar aquí, si te soy sincera. Este lugar me da escalofríos. Liam la observó de reojo. A pesar de su propio miedo, sintió una necesidad imperiosa de protegerla, de envolverla en sus brazos y decirle que nada malo le pasaría mientras él estuviera cerca. Era un instinto primario, posesivo y abrumador. —El pueblo puede ser... difícil al principio —dijo Liam, bajando la voz—. Pero tiene rincones que valen la pena. Soy Liam, por cierto. —Sara —respondió ella, extendiendo una mano pequeña y delicada. Liam dudó un segundo. Sabía que si la tocaba de nuevo, esa energía salvaje volvería a explotar. Pero no pudo resistirse. Tomó su mano y, en ese instante, el mundo exterior desapareció. No hubo salón, ni profesor, ni otros estudiantes. Solo estaban ellos dos, unidos por un vínculo que desafiaba la lógica. Liam sintió que su visión se aclaraba, que el dolor de su cabeza desaparecía y que, por primera vez desde la mordida, encontraba un punto de equilibrio. Se soltaron rápido, ambos asustados por la intensidad de lo que acababan de sentir. Durante el resto de la clase, el silencio entre ellos fue más ruidoso que cualquier lección de literatura. Sara escribía en su cuaderno, pero sus ojos volvían una y otra vez hacia el perfil de Liam, preguntándose por qué sentía que lo conocía de toda la vida. Y Liam... Liam solo podía pensar en cómo el aroma de Sara se había convertido en su nueva droga. Al sonar el timbre, Liam salió del salón casi huyendo, necesitaba aire frío antes de que sus ojos cambiaran de color frente a todos. Sara se quedó sentada un momento más, mirando el lugar vacío a su lado. Se llevó la mano al brazo donde lo había tocado, sintiendo que el calor de la piel de Liam todavía ardía bajo su ropa. No sabían que el destino acababa de lanzar los dados. Él era un lobo que aún no sabía aullar; ella era la pieza que faltaba en un rompecabezas de sangre y sombras. La atracción ya estaba allí, y contra eso, ni las leyes de los hombres ni las de las bestias podían luchar.
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