eco de la cacería

1078 Palabras
Liam salió del salón de clases con los pulmones ardiéndole, como si el aire del edificio se hubiera quedado sin oxígeno en el momento en que Sara se despidió. Caminó a paso rápido por los pasillos de la universidad, ignorando los saludos de conocidos y el roce de los hombros de otros estudiantes. Sus sentidos seguían en alerta máxima; el aroma de Sara —esa mezcla hipnótica de jazmín y lluvia— todavía estaba impregnado en su ropa, en su piel, y parecía ser lo único que mantenía a raya la vibración salvaje que recorría sus músculos. Necesitaba llegar a su bicicleta. Necesitaba estar solo antes de que sus manos, que no dejaban de temblar, revelaran que algo en él estaba roto... o transformado. —¡Liam! ¡Oye, Liam! ¡Espera! —un grito desgarró el murmullo del campus. Liam se detuvo en seco cerca de la salida. Reconoció la voz de inmediato: era Jace, su mejor amigo desde la infancia. Jace era el tipo de chico que siempre tenía una broma en los labios, pero cuando Liam se giró para verlo, lo que encontró fue una expresión que le heló la sangre. Jace venía corriendo, tropezando con sus propios pies, con el rostro sudado y los ojos desorbitados por el pánico. Su respiración era errática y traía la camisa desabrochada, como si hubiera salido de su casa a toda prisa. —Liam... gracias a Dios te encuentro —dijo Jace, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento—. Necesitamos hablar. Ahora mismo. En privado. —¿Qué pasa, Jace? Me estás asustando —respondió Liam, sintiendo que un frío punzante le recorría la nuca. Sus instintos le gritaban que algo andaba mal, muy mal. Jace miró a su alrededor, asegurándose de que nadie estuviera escuchando, y arrastró a Liam hacia un rincón apartado bajo la sombra de unos robles antiguos. El olor de Jace era puro miedo, un aroma agrio que Liam detectaba con una claridad aterradora. —Mi padre... —comenzó Jace, bajando la voz hasta convertirla en un susurro tembloroso—. Recibió una llamada en la radio de la patrulla hace una hora. Tú sabes que él trabaja en el turno de la mañana con el nuevo jefe, Marcus. Liam asintió, sintiendo que el corazón le daba un vuelco al escuchar el nombre del padre de Sara. —Hubo un ataque, Liam. En el linde del bosque, cerca de la clínica veterinaria donde trabajas —soltó Jace de golpe—. Mi padre dice que la llamada era de una persona que estaba absolutamente desesperada, gritando que algo... algo enorme y oscuro lo había emboscado. Decía que no era un oso, ni un lobo normal. Decía que era un monstruo. Liam sintió que el suelo se movía bajo sus pies. La imagen de la bestia de ojos ámbar hundiendo los colmillos en su propio hombro regresó con una violencia devastadora. —¿Qué... qué pasó con esa persona? —preguntó Liam, con la voz apenas audible. —No lo sé. Mi padre salió hacia allá con tres patrullas y un equipo de emergencia. Pero eso no es lo peor —Jace lo agarró por el brazo, y Liam tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no apartarlo con una fuerza sobrenatural—. El nuevo jefe de policía, Marcus, ha declarado el estado de alerta silenciosa. Están diciendo que hay un depredador alfa suelto y que van a organizar una batida esta misma noche. Dicen que si lo encuentran, no van a usar dardos tranquilizantes. Van a disparar a matar. Las palabras de Jace resonaron en la cabeza de Liam como una sentencia de muerte. Si Marcus y su equipo encontraban el rastro de la bestia, llegarían inevitablemente a él. Sus sentidos agudizados, su curación milagrosa, esa energía eléctrica... si alguien lo veía en ese estado, no verían al hijo de la enfermera Camila; verían al monstruo que estaban buscando. —Liam, tú estuviste allí anoche tarde —continuó Jace, clavando su mirada en él—. ¿Viste algo? Mi padre me preguntó si sabía si habías notado algo extraño cerca de la clínica. Tienes que decirme la verdad. Liam tragó saliva, sintiendo que el sudor frío le empapaba la espalda. Podía ver el latido de la yugular en el cuello de Jace. Podía oír el miedo en su voz. Quería contárselo, quería gritar que él era la víctima, que él tenía marcas que ya no existían... pero algo en su interior, un susurro salvaje y antiguo, le advirtió que guardara silencio. —No... no vi nada, Jace. Cerré la clínica y me fui directo a casa. Estaba oscuro —mintió Liam, y por primera vez en su vida, la mentira le salió sin esfuerzo, con una calma que lo asustó. —Gracias al cielo —suspiró Jace, secándose el sudor de la frente—. Escúchame bien: no te acerques al bosque. Mi padre dice que Marcus está obsesionado con esto. Dice que el hombre parece saber exactamente qué está buscando, como si tuviera experiencia en este tipo de "ataques". Quédate en casa esta noche, Liam. No quiero que te confundan con un animal en la oscuridad. Jace se despidió con un apretón de manos rápido y se alejó hacia su clase, todavía visiblemente alterado. Liam se quedó allí, bajo la sombra de los robles, sintiendo que el mundo que conocía se desmoronaba por momentos. Ahora lo entendía. El peligro no solo estaba en su sangre, sino en el uniforme de policía. El padre de Sara no era solo un oficial cumpliendo con su deber; por la forma en que Jace lo describía, Marcus era un cazador en busca de una presa. Liam miró hacia el edificio de la universidad, pensando en Sara. Ella estaba allí dentro, ajena al hecho de que su padre estaba preparando los rifles para cazar al chico con el que acababa de compartir una conexión eléctrica. Una oleada de rabia y miedo se mezcló en su pecho. Tenía que ver al Dr. Harrison. Tenía que entender qué era ese fuego que corría por sus venas antes de que la luna volviera a salir y el pueblo entero se convirtiera en una trampa mortal. Sin perder un segundo, Liam montó en su bicicleta y pedaleó como si su vida dependiera de ello, alejándose de la universidad mientras el cielo empezaba a nublarse, anunciando una tormenta que no solo traería lluvia, sino también sangre
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