CAPÍTULO 5

1277 Palabras
-Bueno Reina Victoria, ¿subirás o prefieres quedarte ahí medio pasmada?- Soltó en un bufido el cretino maleducado. Para colmo el individuo se tomaba el atrevimiento de llamarme por el sobrenombre que Emma había utilizado. -Solamente Victoria y realmente... No te conozco, no me subo a autos de desconocidos.- Respondí alzando una ceja. Aunque, ¿cómo podría negarme a un hombre de infarto?, podrías robarme los órganos que seguro no me importaría. -Preciosidad he de repetir que no soy un caballero, así que... Espero que logres llegar sana, salva y... Vestida.- Dijo clavando su mirada en toda mi fisonomía. Inmediatamente el nerviosismo se apoderó de mi sistema y sin pensar en la desfachatez de ese hombre, abrí la puerta del copiloto y tomé asiento. La genuina carcajada que desperté en mi acompañante fue hipnótica y no pude más que observarle embobada. -Espero no te moleste que ponga un poco de música.- Ahí estaba otra vez ese tono de voz tan seductor, tan exquisito. -En absoluto, es tu coche.- Declaré mirando por la ventana y sintiendo como el aire ya matutino mecía mi cabello. Instantes después en claro gesto de intentar sacar tema de conversación cuestionó -Dime Victoria, ¿a qué te dedicas? Voltee para observarlo mejor, su perfil concentrado en la carretera me dejó totalmente libre a la apreciación. Era más que atractivo y mucho más que bello. Tenía un porte que emanaba seguridad, erguido, soberbio y digno de la realeza. Sonrió de forma engreída, cuando notó mi escrutinio silencioso. ¡Menudo gesto! Dios no había reparado en crear a éste hombre... Todo en él resultaba perfecto. -Dime Victoria, ¿a qué te dedicas?- Repitió como si de una retrasada me tratase. Bien lo reconozco, pensará que soy sorda , o que me llega demasiado tarde el " agua al tanque." -Hoy cumplo un día de graduada en la universidad de California, licenciada en finanzas.- Mascullé con cierto dejo de añoranza en mi voz. Su semblante cambió a uno asombrado por breves instantes -¿No eres un poco joven para ser licenciada?, cuantos años tendrás, diecisiete o dieciocho.- Nótese el sarcasmo en sus palabras. Poniendo los ojos en blanco ante la insinuación, disipé la pequeña pregunta -Es el maldito beneficio de ser hija única y obligada a tragarme uno a uno cada libro de este maldito universo, además acabo de cumplir veintidós.- Instantáneamente me maldije por dialogar de más y develar mi vida a extraños. Mi progenitor me había contagiado la paranoia de no hablar con desconocidos. Y al parecer cómo me encantaba romper todo el tiempo las reglas., aquí me encontraba, no sólo hablando con uno, también contándole parte de mi vida personal y como broche de oro... Estaba montada en su automóvil. No sabía rezar una mierda, pero me encomendaba a Dios de que a Mark no se le cruzase la idea de salir a correr temprano porque sino estaría realmente en serios problemas, ya que arribar en un coche , que no fuese el del desgraciado de Nicolás, sería el inicio de la tercer guerra mundial. -Entonces hija única, ilumíname.-- Irrumpió el bellísimo hombre a mi lado, sacándome del letargo de pensamientos. Oh, con muchísimo gusto podría ser tu lámpara, o tu linterna, el velador o un fuego artificial... Debería ser un crimen permitir que hombres así nos pidan iluminación. -Quiero decir, que necesito saber hacia dónde ir, no tengo ni puta idea de dónde vives.- Recalcó desconociendo mi ataque de perversidad. Pensándolo bien aunque fuese un engreído maleducado, no arriesgaría su integridad ante mi padre. Así que para no levantar sospechas le sugerí que aparcase a un par de cuadras de la mansión. Intuía que de por sí, tendría que dar muchas explicaciones y no deseaba sumar una a la larga lista. Porque así se ligaba el trato conmigo. Como si resultara una niña de diez años y no una mujer adulta. Mi techo... Mis reglas, tenlo presente Victoria. -Toma ésta avenida, es la más transitada pero la que tiene mayor accesibilidad, luego dobla en la esquina,- le señalé a medida que iba avanzando, -esa misma, dobla ahí y sigue unas dos o tres cuadras más.- Indiqué con formalismo. Quince minutos de viaje, quince que desee fueran horas para seguir apreciándole, porque me apenaba jodidamente no tener un tema de conversación con el cuál prolongar su compañía. -Para aquí mismo.- Sentencié frustrada, al sentirme una gran antisocial. Apoyando sus manos en el volante giró el rostro, para por primera vez mirarme fijamente -¿Vives en éste lugar?, imaginé que eras una chiquilla refinada pero no supuse que vivieras en uno de los residenciales privados más caros de toda California.- Aludió un tanto sorprendido. Estaba anonadado, pude notarlo. -En primer lugar, vivo unas cuadras más adentrado, pero por motivos personales, prefiero que no te vean en mi compañía, tengo padres un tanto...- Rocé los labios con mis dedos antes de definirlos en una sola palabra, cuando en realidad se me venían cientos a la cabeza, -peculiares.- Alegué pensativa. -Creo que puedo comprenderte.- Bufó observándome de una manera que no logré descifrar. No, él claramente no podía siquiera pensar en entenderme. -Es que, en realidad a duras penas saben que he salido, si me ven a mi así, en un auto contigo que discúlpame eres un desconocido... Créeme, terminarías en el fondo del océano.- Comenté entre bromista y apenada. Quise restarle importancia a que mi padre, potencialmente estricto, exagerado y un tanto demente se encargaría de que el mismísimo chico se echara una soga al cuello tan sólo si se enterase que me había traído y lo que conseguí fue vislumbrar un rostro tenso, hasta podría decir enfadado. -De verdad has sido en extremo amable, te lo agradezco.- Culminé como despedida. Abrí la puerta del copiloto, dispuesta a comenzar mi plan " huida a mi casa y posterior habitación sin ser detectada por Hitler reencarnado", cuando una fuerte mano se posó en mi muslo desnudo, ese que dejaba casi al descubierto por el vestido que llevaba. Llámenme loca, pero no me molestaría en absoluto que su mano acariciara mi pierna por el resto de unos... ¿Cien años?, era suave, grande y cálida. Y ese mero tacto, fue el encargado de enviar chispas a todo el resto de mi cuerpo, ruborizándome, y permitiendo que algo más que la simple vergüenza corroa en mi interior. Oh si Victoria, estás en llamas, ¡¡aleluya!! No eres de hielo, ¡viva! -Para mí fue un placer traerte.- Espetó de forma seductora y galante. Respirando hondo, y contando hasta un millón y medio quité su mano para poder descender, aunque tan siquiera al intentarlo, voltee mi rostro al escuchar que me llamaba por mi nombre. -Victoria... Me debes una.- Dijo casi en un susurro, uno que solamente yo pude sentir. Podría ser deudora durante una eternidad con tal de escucharte decir Victoria cariño. Es que realmente el júbilo que me provocaba ese matiz de tonos exquisitos, que denotaban un acento medio eslovaco o ruso quizás, no me permitían pensar, ni razonar, menos podía hilar una oración con la cuál despedirme. No me consideraba chica de impulsos, pero de verdad, su mera presencia era abrumadora, hechizante hasta la médula, y eso me hacía desear profundamente, perder el control y saltarle encima en cualquier momento. -Victoria.- ¡Maldición!, evidentemente era una jodida mujercita impredecible, porque jugaba con la pronunciación de mi nombre. Maldito bastardo sexy. Inspirando profundamente y pretendiendo no sonar tan afectada musité -¿Si? -Dominic, a tu servicio.- Y sin más, regalándome sino, la más maravillosas de sus sonrisas y guiñándome un ojo, hizo rugir el motor del vehículo para luego desaparecer entre las calles.
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