Algo dentro de mí comenzó a agitarse eufóricamente y mis sentidos poco despabilados aplaudían aquel maravilloso tono rico en matices que se preocupaba por el peligro que podía correr una borracha de noche y sola.
Si tan sólo supiera el desconocido, que la verdadera amenaza me esperaba en mi propia casa no diría una palabra.
—Todo es peligroso... Pero de no ser así, no valdría la pena vivir.— Dije citando mi refrán favorito a modo de contestación.
El desconocido esbozó una media sonrisa soberbia y alzó una ceja —Interesante mencionar a Oscar Wilde en una situación tan particular.
Parpadee un par de veces y conté para mí misma, seis palabras y algunos monosílabos y juro que ese acento provocó una y mil ideas indecentes en una mente trastornada como la de la señorita Anderson.
Victoria, busca a tu amiga y lárgate no sigas sumando problemas a tu lista interminable por favor.
El sujeto quién parecía bastante entretenido con mi dilema interno no borraba ni por un instante su sonrisa sexy y muy, en demasía fanfarrona.
—Permíteme llevarte a tu casa, me sentiría tremendamente terrible si una damisela llegase por sus propios medios,— deteniéndose un segundo en analizarme con una mueca de disgusto de arriba hacia abajo prosiguió, —así.
¿Pero qué demonios?... El individuo que al parecer desconocía el significado de la palabra educación osaba en hablarme de semejante manera.
Sin motivo aparente la ira comenzó a fluir por mis venas y de pronto me sentí tan enojada que, anhelé, quise y desee golpearlo.
—No es necesario que seas amable y tampoco que te comportes como un caballero...— Dicté intentando sonar diplomática y siendo en vano interrumpida rápidamente.
—No soy amable... Mucho menos un caballero.— Refutó de inmediato encogiéndose de hombros, como si dichas palabras le fuesen irrelevantes.
Parpadee un par de veces ante el parafraseo desfachatado de semejante hombre y apostaba con certeza que en sus ojos se develaba exactamente todo lo contrario, porque captaba en ellos un destello salvaje, uno que se escondía bajo un grueso manto de hipocresía y falso desinterés.
Estaba descolocada, desubicada, puesto que ni en mis más remotos sueños habría imaginado verme envuelta en una situación tan bizarra y ridícula.
—Igualmente agradezco tu "interés", pero voy a declinar tu oferta.— Respondí con sorna y sarcasmo camuflando el malestar que se arremolinaba en mi alcoholizada mente.
—Mis intereses van más allá, mucho más allá, pequeña.— Murmuró casi imperceptiblemente en son de contestación y no logrando escuchar una mierda.
Quise objetarle, discutir, que repitiera esa última oración que había siseado por lo bajo y también, estamparle mis lindos deditos en su tallado rostro por los dioses mismos pero una consternada y feliz Emma vino a mi encuentro, fundiéndose en un abrazo, propio de esas personas las cuales se reúnen luego de años luz transcurridos e irrumpiendo cualquier potencial acto homicida.
Okey, Okey, mi amiga estaba más loca que una cabra... Y eso no la libraría del asesinato al que sería sometida.
Analizándola un instante noté lo ruborizada que se encontraba y también que traía de acompañante a un chico. Curiosamente amigo del desagradable cretino que osaba en destratarme a modo de diversión y que muy cómodamente se hallaba a mi lado. Percatándome del intercambio de miradas y parafraseo en otro idioma que ambos llevaron a cabo, llegué a una conclusión acertada.
Eran compinches y extranjeros.
Posando la atención en mi persona la abandonadora Emma comenzó a pucherear disculpas —¡¡Vic lo siento!!, lo lamento, perdón no quise preocuparte.
Pues sí, si mi estado era lamentable, el de la blonda se potenciaba por cien mil ya que a duras penas podía coordinar antes de hablar.
Reparando en ella, aprecié que no sólo se encontraba totalmente ebria sino que también absolutamente todo su labial adornaba medio rostro. Aguantando las ganas de reírme a carcajadas, carraspee poniéndole la adecuada seriedad al asunto —Está bien Emms, sólo la próxima vez, procura avisarme que desaparecerás de mi jodida vista porque realmente me preocupé por ti.
Dándome un asentimiento pesaroso, la molestia le cedió lugar a las crecientes ganas de burlarme que sentía.
Venganza personal Victoria...
Sonriendo maliciosamente añadí —Por cierto se me olvidaba, en futuras salidas intenta obviar el labial coral.— Llegando al punto en el que nada entendía mi mordaz comentario., la blonda alzó una ceja en claro gesto de confusión.
—¡Sí Emms!, porque no solamente pareces un tomatito, sino que tu acompañante es fiel evidencia de que eres una pequeña picarona.— Finalicé con voz cantarina y guiñándole un ojo.
El rostro de mi amiga se tornó de color rojo producto de la creciente vergüenza que la embargaba, y no pude más que comenzar a reír de manera incontrolable.
Me resultaba imposible quitar de mi retina la vívida imagen que acababa de presenciar.
Dedicándome una mirada entre divertida y reprobatoria respondió —¡¡Eres una perra!!, Vicky... Te juro.
—Sí, suelo ponerme en modo cretina bastarda cuando mi amiga me deja para ir a besuquearse por ahí y no sé dónde coño se encuentra.— Resoplé mirando al chico que la acompañaba.
—Bueno pues tú no estabas pasándola nada mal Reina Victoria.— Espetó ella redoblando la apuesta de tomarnos el pelo mutuamente.
Desgraciadamente me había olvidado de la indeseable, pero deseable compañía de ese sujeto.
—¡¡Emma!!— Le reprendí, —Será mejor que tomemos un taxi y nos marchemos, lo que menos deseo en éste momento es que Mark, me pille así.— Señalé nuestras fachas y mi compinche lo comprendió de inmediato.
Entornando los ojos en modo de disculpas y agregando con un falso pesar —Yo... Eh, bueno Ivan se ofreció a llevarme a casa Vic.
¿Qué?...
¿Cómo?...
¿Desde cuándo?...
Ésto literalmente se había salido de control.
Sin dejarme objetar palabra alguna y tampoco comportarme como mamá gallina donde le rogaba, me avisase que estaba sana y salva, Emma se disculpó una y otra vez. Despidiéndose con un "prometo compensarte y contarte con lujo de detalles", y marchándose felizmente a su encuentro salvaje, s****l y descontrolado.
Luego de verla desaparecer aún desconcertada, giré para encarar al desconocido topando de bruces con un coche estacionado a mi lado.
Del sector del conductor y luciendo una más que radiante y despampanante sonrisa, salió el cretino sin modales y sexy como el infierno.
—Tal parece que han librado a su suerte a la princesita.— Dijo a modo de burla, acrecentando la añoranza de darle un puñetazo.
—¡¡Realmente fíjate que no!!, porque en primer lugar no soy una princesita y segundo... Nadie me libra al azar, puedo desenvolverme sola perfectamente.— Objeté con sarcasmo.
—Entonces no princesita, ya que puedes desenvolverte sola... Aceptarás que te lleve hasta tu morada... ¿Verdad?— Profirió el desconocido de manera elocuente.
Tragué saliva producto del nerviosismo... La situación en general se tornaba incómoda y no me agradaba en lo absoluto. No por el hecho de que mi mejor amiga se marchase con un sujeto desconocido, y ello me tuviese con el alma en vilo.
Sino porque también, otro sujeto desconocido catalogado como un imbécil, encantador y arrogante prácticamente me tomaba el pelo de manera descarada e insistía como muestra de auténtico valor accediera a que me llevase a casa...
Honestamente mi real molestia constaba en que... No volvería precisamente sola al hogar paterno...