| Yo gané |

1123 Palabras
POV Fernanda Me recompongo rápidamente, tratando de ignorar su mirada, pero es imposible. Vladimir me observa con intensidad, como si no pudiera creer lo que está viendo. Sin embargo, no se mueve, no dice nada. Solo sigue allí, parado, con la mano de Melissa aún entrelazada con la suya. El murmullo entre los invitados se vuelve cada vez más fuerte. Algunos se giran para ver mejor, otros cuchichean, pero nadie hace nada para detenerme cuando avanzo. Cuando estoy a punto de poner un pie en el altar, alguien se interpone en mi camino. Miriam. Su mano se aferra a mi brazo con fuerza, sus uñas clavándose en mi piel. Su expresión está desencajada, entre el shock y la desesperación. — ¿Qué haces aquí, Fernanda? — su voz es un siseo furioso, sus ojos llenos de pánico — Deberías estar… — ¿Muerta? — completo su frase con una sonrisa amarga. El silencio en la iglesia es absoluto. Los invitados contienen la respiración, sus miradas fijas en nosotras. Miriam aprieta su agarre, intentando arrastrarme fuera, pero me resisto. — ¡Tienes que irte! — su voz es un susurro tenso, pero su desesperación es evidente. Lucho por soltarme, pero su agarre es feroz. — Suéltame, Miriam — exijo con firmeza, mis ojos clavados en los suyos. — No arruines la boda de Melissa — insiste, con los dientes apretados. — ¿Arruinar qué? — me inclino un poco hacia ella, mis palabras impregnadas de veneno — ¿Tu mentira? ¿O la de tu hijita? Su rostro palidece y en ese instante, siento que su agarre empieza a debilitarse. Pero no es por mi fuerza o mis palabras. Es porque otra mano la ha sujetado. Vladimir. Con su mano grande y firme, toma el brazo de Miriam, obligándola a soltarme. — Basta — dice, su voz grave y cortante — Suéltala — pero ella no lo hace, la presión sigue solo que no es tan dolorosa. Miriam lo mira con incredulidad, pero él no le devuelve la mirada. Sus ojos están fijos en mí, podría jurar que ni siquiera parpadea. — Fernanda… — su voz es apenas un susurro, cargado de algo que no logro descifrar — ¿Por qué ellos te llaman Fernanda? — pregunta estoy por contestarle, pero aun no puedo responder esa pregunta, aunque él en su interior sabe la respuesta. Melissa, aún de pie en el altar, grita para recordarle que ella sigue allí. — ¡Vladimir! — su voz suena tensa, indignada, pero también tiene un poco de dulzura, algo que definitivamente no conocía de ella. Pero él no reacciona. No se mueve se queda parado a mi lado. — ¿No tienes nada que decirme? — pregunté, con la voz firme, aunque por dentro todo mi cuerpo está temblando. No me debía fidelidad pero jamás esperé verlo casándose con la hija de la mujer que arruinó mi vida. Pensé, tontamente que después de todo podría ir a buscarlo y continuar nuestra historia inconclusa pero veo que esa ya no es una posibilidad. Hace cinco años terminamos nuestra relación por qué su abuelo estaba grave y tuvo que regresar para hacerse cargo de los hospitales de su familia, le conté los motivos por los que no podía regresar y luego de eso no hubo más. Solo un triste adiós. Está por contestar mi pregunta pero nuevamente la voz de Melissa nos interrumpe. — ¿Fernanda? ¿Qué haces aquí? — pregunta Melissa con dulzura forzada mientras se acerca a Vladimir y entrelaza su brazo con el de él. Su intento de separarlo de Miriam es inútil. Vladimir no la mira, ni siquiera parece notar su presencia. Sus ojos siguen fijos en mí. — He venido a recuperar lo que es mío — declaro con firmeza. Mirando a Vladimir a los ojos, quizá piense que hablo de él, pero las brujas saben a lo qué me refiero ya que ambas comparten miradas. Melissa parpadea y finge confusión, esbozando una sonrisa suave pero tensa. — Hablaremos después de mi boda — dice con un tono meloso, como si estuviera hablando con una niña caprichosa. Luego, se vuelve hacia Vladimir y le aprieta el brazo — Amor, debemos continuar con la ceremonia. Amor esa palabra aunque no quiera aceptarlo me duele. Es comúnmente usada en las parejas, pero no disminuye el dolor al pensar que ambos se tratan de esa manera, que Vladimir con los años se haya enamorado de ella y que por eso están hoy en esta iglesia. Vladimir se mantiene firme a mi lado analizando la situación. — Fernanda, tenemos que hablar — dice al fin, su voz grave, cargada de algo indescriptible. Melissa sacude la cabeza con desesperación, aferrándose a él con más fuerza. — No, amor, debemos continuar. Después podrás hablar con mi… hermana — insiste, remarcando la última palabra, esperando que eso lo haga ceder — por cierto ¿De donde se conocen? — añade Vladimir finalmente aparta su mirada de mí y la dirige hacia Melissa, con una intensidad gélida. — ¿Hermana? — repite lentamente, sin responder a su pregunta. Melissa asiente con seguridad. — Sí, ella es la hija de mi padre — responde con naturalidad, como si aquello fuera un hecho incuestionable. Un torrente de pensamientos se agolpa en mi mente. ¡Maldita mentirosa! Ella solo era la hija de la sirvienta, de la amante de mi padre. Esa verdad, permanece oculta en el rincón más oscuro de mi pasado, es la única historia que jamás compartí con alguien más, la traición de mi padre hacía mamá , solo lo compartí con mi madre adoptiva y con Vladimir le expliqué el motivo por que no podía regresar a California y entendí su decisión de volver por su abuelo. Vladimir me mira intensamente, y en ese instante, parece comprenderlo todo. Sin necesidad de palabras adicionales, toma mi mano con decisión. — Tenemos que hablar, ahora — dice con firmeza, suelta el brazo de Miriam y toma el mío, no es delicado, su agarre es posesivo. No se como reaccionar. Realmente no estoy en condiciones de hablar con él, pero si con eso logro impedir que esta boda termine que así sea. Caminamos juntos hacia la salida de la iglesia, dejando atrás un mar de murmullos y miradas incrédulas. Mientras salgo, mi mente retumba con los secretos y mentiras que han moldeado esta historia, hoy, por fin, recuperaré lo que siempre fue mío. Doy una última mirada antes de que Vladimir me arrastre fuera de la Iglesia, mis ojos conectan con los de Melissa y con una sonrisa, la misma que ella me ponía cuando éramos niñas cuando se salía con la suya, con esa misma sonrisa le digo que hoy, yo gané.
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