POV Vladimir
— ¿Alguien se opone a este matrimonio? — la pregunta resuena en la iglesia, pero en mi pecho se hace un vacío inmenso. Mi corazón late con más fuerza, como si el universo entero me estuviera retando a hacer lo que siempre supe que debía hacer.
Y entonces la escucho.
Una voz femenina, firme, con una claridad que corta el aire, interrumpe el momento de tensión. Su tono está lleno de determinación, pero también de dolor. Lo sé porque la reconozco de inmediato.
— ¡Yo! ¡Yo me opongo!
Reconozco la voz inmediatamente. Es una voz que llevo años sin escuchar, pero que jamás olvidé. La voz que me ha perseguido en mis sueños, que ha marcado mi vida de una manera profunda. Fernanda. La única mujer a la que he amado.
Me doy la vuelta de golpe, y ahí está. De pie en el centro de la iglesia, rodeada de miradas sorprendidas, está ella. Fernanda envuelta en un vestido rojo. Mis piernas tiemblan, y por un segundo el aire se me escapa.
La veo tal como la recordaba, pero a la vez diferente, como si el tiempo la hubiera transformado en algo que no alcanzo a comprender. Se ve más madura, más hermosa, pero en su mirada, se ve que está llena de rabia y dolor.
Está se clava en mí, y siento que todo mi mundo se tambalea. No importa que esté al lado de Melissa, no importa que haya estado a punto de casarme. Fernanda está aquí, y es como si el universo mismo me hubiera dado la oportunidad de corregir todos mis errores.
Mi respiración se acelera, y las palabras del sacerdote ya no tienen sentido. Solo hay espacio para ella, para esa mirada que me atraviesa y que me obliga a recordar lo que perdí.
La madre de Melissa, Miriam, reacciona rápidamente. Se acerca a Fernanda, y con un tono lleno de autoridad, intenta arrastrarla fuera de la iglesia. Mi mirada se vuelve feroz, y sin pensar, me acerco a ellas. Tomo el brazo de Miriam con firmeza, y la miro a los ojos. No voy a permitir que lastime a Fernanda.
— Basta — dije con voz más fuerte de lo que debería, mostrando mo autoridad ante ella — Suéltala — pero Miriam no lo hace, incluso me mira desafiante. Lo cual no me importa , mis ojos están fijos en Fernanda.
— Fernanda… — susurro, sin darme cuenta, pero es como si la palabra estuviera atrapada en mi garganta. — ¿Por qué ellos te llaman Fernanda? — preguntó incrédulo, se supone que es un secreto, que por eso cambió su nombre, por qué esas personas que intentaron hacerle daño en el pasado la pueden encontrar.
— ¡Vladimir! — exclama Melissa su voz suena tensa. Pero no me importa en este momento.
— ¿No tienes nada que decirme? — pregunta Fernanda directamente hacia mí, su voz fuerte y decidida pero sé que no se siente de esa forma, lo veo en sus ojos.
— ¿Fernanda? ¿Qué haces aquí? — pregunta Melissa otra vez interrumpiendo nuestro momento. Toma mi brazo intentando separarme de su madre, pero no lo hago, ni lo haré hasta que suelte a Fernanda.
— He venido a recuperar lo que es mío — dice Fernanda con firmeza. Mirándome a los ojos, lo cual me deja claro que vino por mí, entonces se que hacer, no puedo continuar.
— Fernanda, tenemos que hablar — interrumpo a Melissa quien estaba diciendo algo, sinceramente no estoy escuchando nada pero escucho que dice la palabra “hermana” y siento como sin cuerpo empieza a tensarse.
— ¿Hermana? — preguntó lentamente, no quiero que mi cabeza vuele y pensar de más, si ellas son hermanas eso significa que Miriam es la mujer, la mujer que le hizo tanto daño.
— Sí, ella es la hija de mi padre — responde con Melissa con naturalidad, como si yo lo supiera, cuando todo este tiempo me ocultaron la existencia de una hermana.
No aguanto más la presión y suelto a Miriam para llevarme a Fernanda.
— Tenemos que hablar, ahora — dije firme, tiene que entender que no es negociable.
Mi mente está a mil por hora. ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Cómo pude haber llegado tan lejos con esta farsa?
Fernanda me mira en silencio, y por un segundo, el tiempo se detiene entre nosotros. Sus ojos reflejan una mezcla de ira, tristeza y algo que parece ser esperanza, como si, al igual que yo, estuviera esperando este momento durante años.
Sin decir una palabra, ella me sigue, permitiéndome guiarla fuera de la iglesia. Cada paso es como un grito que me resuena en el pecho. Al salir, las puertas de la iglesia se cierran detrás de nosotros, y el aire fresco de la tarde me golpea en el rostro. Pero no importa. Ya nada importa.
Fernanda se ha detenido de golpe, como si el peso de los años de distancia entre nosotros se hubiera hecho demasiado pesado para seguir cargando. Y yo, estúpido, sigo esperando que ella me siga.
Pero no lo hace. Me suelta de un tirón, y aunque la observo con frustración, me siento impotente. La veo cruzarse de brazos, su mirada fija en el suelo, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para darme cuenta de lo que había perdido.
— Ya no voy a caminar más — dice, y su voz es un susurro quebrado por la rabia y el dolor.
Mis manos se sienten vacías, como si todo lo que alguna vez quise, todo lo que alguna vez fue mío, se me hubiera escapado entre los dedos.
— Estamos yendo al cuarto donde me aliste — le respondo, pero ni siquiera yo me lo creo. Mis palabras suenan vacías, como una justificación torpe. — ¿Fernanda, cómo llegaste hasta aquí? — intento preguntar, aunque sé que la respuesta es obvia. Mi mente está desbordada de pensamientos y emociones, y no sé cómo encajar todo esto. Ella no fue invitada a la boda. Yo estaba a punto de casarme con la mujer que nunca amé.
Ella se ve tan dolida, tan… destrozada, que casi no la reconozco. Pero es ella. La misma Fernanda que me hizo sentir como si el mundo tuviera sentido. Y ahora está ahí, delante de mí, con los ojos llenos de furia. Y me pregunto si alguna vez fui digno de su amor.
— Me enteré que era el matrimonio de Melissa, por supuesto no fui invitada. ¿De qué quieres hablar? — pregunta con una voz áspera, casi hiriente.
El aire entre nosotros está tan denso que se puede cortar con un cuchillo. No sé cómo empezar. No sé cómo explicarle todo lo que pasó. Todo lo que pasó sin que yo tuviera la opción de decidir.
Mi mente gira, y con un suspiro, me acerco un paso más a ella.
— Necesito que me escuches — le digo, con la voz rasgada, mientras veo cómo ella me aparta de un empujón, como si fuera un fantasma al que no quiere tocar.
La rabia que me consume es feroz, pero no quiero que lo vea. No quiero que sepa lo desgarrado que estoy por todo esto, por la forma en que las circunstancias se han retorcido, arruinándolo todo.
— No veo qué podrías decirme que justifique que estuvieras a punto de casarte con ella, Vladimir — sus palabras me golpean como un mazazo. No tengo respuesta para eso. No puedo justificarlo. Nada de lo que diga cambiará lo que ya ocurrió.
Cierro los ojos, respiro hondo. No sé cómo hacerlo. No sé cómo explicarle que no fue mi elección.
— Mi abuelo murió hace unos años, y su última voluntad fue que cuidara de Melissa y su madre. Me dejó su herencia, pero con una condición: que me casara con ella — Las palabras salen de mi boca como si me quemaran. No quiero usar la excusa de la herencia, pero lo hago porque es la verdad. Porque no hubo espacio para otra cosa.
Su mirada se clava en la mía con incredulidad.
— ¿Así que lo hiciste por dinero? — dice, cargada de amargura. Y me hiere. Me hiere profundamente. Pero no es la primera vez que me siento atrapado en algo que no puedo controlar.
— ¡No es solo dinero, Fernanda! — grito, casi sin quererlo. Mis palabras salen rasgadas, como si intentara que me entendiera, que supiera que esto fue más complicado que una simple transacción financiera. — Es todo un legado, la empresa, los hospitales, la seguridad de muchas personas. No podía dejar todo a la deriva… Yo no podía simplemente rechazarlo.
Ella se cruza de brazos, se aleja aún más. El dolor se refleja en sus ojos, y eso me duele más que cualquier golpe.
— ¿Y qué? ¿Te resignaste a una vida con ella? — El desafío en su tono me hace apretar los dientes. Pero, en realidad, ella tiene razón. Eso fue lo que hice. Me resigné.
Bajo la cabeza, recordando esos años sin noticias de ella, sin saber qué había sido de su vida.
— En los años que pasaron como no tuve noticias tuyas, pensé que me habías olvidado… No recibí ni un solo mensaje tuyo. Pensé que habías seguido con tu vida. — Mi voz suena rota, llena de frustración. Porque, aunque la culpa no era solo mía, sentí que estaba perdido sin ella.
— ¡Te escribí, Vladimir! Después de que te fuiste, supe… por años… te llamé, te mandé a buscar… y nunca tuviste la decencia de responder — su voz suena como un cuchillo, cortándome en pedazos.
Mis ojos se abren en sorpresa. ¿Eso es posible? ¿Nunca recibí nada? No lo entiendo.
— Eso no es posible. Nunca recibí nada — digo, casi incapaz de comprenderlo. ¿Cómo pudo pasar esto? ¿Cómo pude estar tan ciego?
Ella no me da tiempo para procesar, y con una rabia creciente, lanza la verdad que ha estado guardando durante tanto tiempo.
— Claro que no. Porque alguien se encargó de que no lo hicieras.
— Cambié de teléfono después de un tiempo que volví.
— Y crees que eso justifica todo? — dice Fernanda herida.
El impacto de sus palabras me deja sin aliento. Miriam. Ella fue la que se encargó de todo tras la muerte de mi abuelo, yo estaba… muy mal. Pero ella ha sido como una madre para mí, no puedo pensar que ella es la culpable.
— Miriam… pero ella no lo haría, es una buena mujer, al igual que Melissa. Debo volver con ellas, darles una explicación — digo, con la esperanza de que mis palabras logren calmar la tormenta que se ha desatado.
— Claro, ve a casarte con ella, es lo que debes hacer, ¿no? — Fernanda me lanza esa pregunta con un veneno en su voz, y me siento como si me estuviera ahogando.
Mis palabras me ahogan, mi cuerpo se siente atrapado.
— Todo este tiempo… pensé que me habías dejado atrás, que ya no querías estar conmigo. Y cuando Miriam me dijo que Melissa no tenía a nadie más, que ella estaba enferma… Lo tomé como una señal, la señal que esperaba para casarme con ella, pensé que era lo correcto.
Pero no es lo correcto. Ninguna de mis decisiones lo fue.
Ella se acerca, y me mira como si ya no quedara esperanza. Sus palabras son frías, llenas de dolor.
— ¿Y ahora qué? Yo estoy aquí ¿Piensas volver a esa iglesia y casarte con ella?
Mis ojos se encuentran con los suyos, y por un segundo, me siento completamente desnudo. Porque lo que dice es cierto.
— No puedo, no contigo aquí. No la amo. Nunca la he amado — Las palabras salen como un suspiro, como si al fin pudiera liberar un peso que me había estado aplastando.
Me mira en silencio, con la furia y el dolor acumulados en esos años. No sé qué hacer, no sé cómo continuar. Pero algo dentro de mí sabe que tengo que luchar por ella, por lo que alguna vez fuimos.
Ella da un paso hacia mí, acercándose tanto que puedo sentir su respiración, su presencia que me consume.
— Si de verdad nunca la has amado… — susurra, y algo en mi interior se quiebra — Díselo. Dile que no la amas. Cancela la boda.