DÍAS DE AMSTERDAM
Desperté recordando que había oído entre sueños largas rachas de lluvia tupida golpeando en el cristal de la claraboya. El dormitorio del apartamento tenía el techo en punta muy alto y cuando apagaba la luz y miraba hacia arriba en la oscuridad podía ver el cielo estrellado, o las nubes viajeras que pasaban a la luz de la luna. Cuando llovía el dormitorio entero era la caja de resonancia de la lluvia en la claraboya. Viniendo de un país seco el sonido de la lluvia me ha deparado siempre una felicidad instantánea. Más cuando la oigo de noche, cuando me despierto y está lloviendo y continúa sin reposo, cuando se filtra a lo que esté soñando como en una película con efectos de lluvia.
Me despertó cuando todavía estaba oscuro la alarma del teléfono móvil. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba y unos pocos más en saber por qué me tenía que levantar tan temprano. Estaba en Ámsterdam y me despertaba antes de las seis porque a las siete en punto tenía que encontrarme en una pequeña entrada lateral del Rijksmuseum. Estaba en Ámsterdam en un apartamento prestado al que se llegaba por una escalera de una estrechez y una casi verticalidad inverosímiles y en el que había otra escalera para subir al dormitorio desde el salón principal. En una de las vigas que cruzaban el espacio sobre mi cabeza arrancaba otra escalera de mano que permitiría ascender hasta la claraboya en la que durante toda esta noche había estado repicando la lluvia y probablemente salir al tejado. A veces daba insomnio además de algo de vértigo mirar hacia arriba y ver tanto espacio vacío sobre la cabeza de uno. El techo en punta, las vigas cruzadas, el cielo más allá, las grandes nubes atlánticas que pasaban rápidamente y que hasta entonces yo solo había visto en los cuadros de la pintura holandesa, más altas sobre el plano del horizonte.
Levantarse tan temprano es un desconsuelo. Cuando tengo que madrugar mucho me acuesto antes de lo habitual y me aseguro maniáticamente de que he conectado bien la alarma del móvil y no me duermo hasta las tres o las cuatro de la madrugada, deshecho de conatos de sueños y de remordimientos con o sin motivo, y cuando la alarma suena el mundo es un sitio agrio al que hubiera querido no volver. Cada madrugón que me doy me acuerdo de un verso exacto de Borges: «¿Por qué es tan triste madrugar?». Es una pregunta y es una protesta. A continuación, tambaleándome camino de la ducha, me digo que no hay nada más profundo que ese silencio de las madrugadas, y que cuando pasen unos años me convertiré en uno de esos madrugadores que disfrutan como un tesoro de esa quietud y esa soledad que ya serán inalcanzables a lo largo del día. Me asomo a una ventana y observo la belleza de la noche desierta, y la luz de alguna de esas raras ventanas que ya están iluminadas por muy temprano que uno se levante, madrugadores más precoces aún o insomnes que verán llegar la luz del día.
Por qué es tan triste madrugar. En la cocina a la que poco a poco se adaptaban mis gestos hice café y reviví con su aroma y tosté en una sartén unas rebanadas de pan. Era un apartamento prestado en el que llevaba dos semanas y del que me iría al cabo de dos o tres semanas más. Las puertas de los armarios en las que se encontraban las cosas empezaban a abrirse automáticamente para mí, dóciles a una búsqueda en la que ya casi no reparaba. El sitio de las tazas, el del azúcar, la fuerza exacta requerida para abrir la puerta de la nevera, el cajón de las cucharillas, el de las servilletas. Cuando ya me hubiera amaestrado del todo a mí mismo en esas tareas tendría que volver a Madrid y entonces la cocina de mi casa me sumiría de nuevo en el desconcierto, y tendría que aprender paso a paso cada uno de los gestos antiguos, ahora cancelados, y olvidar los adquiridos en Ámsterdam.
De golpe me volvían rachas de sueños que tenían como fondo la lluvia y recuerdos del libro que había estado leyendo mientras me inquietaba por dentro el miedo a no dormir. Era una historia erudita y pavorosa de las enfermedades que se habían extendido por las islas del Pacífico según pasaban por ellas los exploradores europeos que las visitaron por primera vez en el siglo XXII. La lectura se había disgregado en el sueño, o era el sueño el que la había invadido: yo veía los acantilados boscosos de Tahití y una lluvia tropical me atronaba los oídos en un camarote sofocante de uno de los navíos del capitán Cook. Yo estaba a punto de ahogarme en las altas olas gris pizarra del océano Pacífico y era rodeado angustiosamente por multitudes de nativos que golpeaban tambores o golpeaban el suelo con sus pies siguiendo un ritmo creciente que era el de la lluvia en la claraboya.
Qué alivio, la razón lúcida y el café recién hecho. A las siete en punto yo tenía que llamar al timbre de un portero automático en una pequeña puerta de metal a un costado del Rijksmuseum y un cámara estaría ya esperándome para grabar nuestro reportaje. Nos dejaban entrar a las siete de la mañana para que tuviéramos tiempo antes de que se abriera el museo. Cavilé en la rareza de mi vida. Cuando tenía veintitantos años trabajaba en una oficina y estaba seguro de que mi vida no iba a cambiar en las décadas siguientes. Quién habría vaticinado esta madrugada en mi porvenir, este apartamento prestado en Ámsterdam, el dormitorio con el techo en punta y la claraboya, esta visita al filo del amanecer al Rijksmuseum.
En la plaza, frente a las ventanas del apartamento, la claridad próxima del día parecía estar brillando ya en los adoquines mojados, en los raíles del tranvía. Los tranvías empezaban a circular a las seis de la madrugada. Yo ya estaba acostumbrado a la trepidación del suelo que anunciaba su llegada y al golpe de campana con que avisaban de que se ponían en marcha: un golpe solo, metálico, que yo no había escuchado nunca hasta entonces. Cuando hayan pasado los años, si vuelvo a oírlo, instantáneamente vendrá a mí el recuerdo intacto de Ámsterdam. Mientras tanto se me desdibuja en la memoria, en la que sin embargo está tan claro el azul primero del cielo sobre los tejados todavía oscuros, como cartulinas negras recortadas, sobre los árboles de la plaza. También sobre los letreros de los cafés que no se apagaban en toda la noche, aun después de que los cafés hubieran cerrado.
En ninguna proyección imaginativa sobre mi porvenir había figurado este momento de la madrugada: bajar la escalera casi vertical, sujetándome en el pasamanos, la escalera con ángulos de película expresionista o de cuadro futurista o cubista, Madrugador bajando una escalera tras una noche de insomnio en Ámsterdam. En ninguna figuraba la ficción de naturalidad con que al salir a la calle busqué mi bicicleta entre todas las que se apilaban en la acera, sujetas las unas a las otras, aseguradas con candados y cadenas a unos cuantos soportes metálicos. El cielo se había despejado, pero en los sillines de las bicicletas que no estaban protegidas por un forro de plástico la lluvia había dejado pequeños charcos en los hoyos anatómicos de los sillines. Reconocí la mía porque no tenía forro en el sillín. Otras veces la reconocía por el manillar muy alto, con algo de cornamenta de herbívoro y de alas desplegadas.
Yo era esa figura que se alejaba por el carril bici paralelo a las líneas del tranvía, muy erguida, por culpa del manillar alto y de mi falta de experiencia, mayor aún por comparación con esos holandeses que se ve que han nacido prácticamente en una bicicleta, que pedalean fumando o hablando por el móvil o llevando precariamente un contrabajo o un bebé apoyado contra el manillar.
Algunos tranvías pasaban ya, con su rumor de aire comprimido al abrir y cerrar las puertas y sus golpes de campana. Ir en bici por Ámsterdam un poco antes del pleno amanecer no era muy diferente de soñarlo. Pedaleando suave sobre los adoquines, como flotando, planeando, entre dormido y despierto, irresponsable, a las seis y media de la madrugada, a finales de septiembre, pasando junto a los canales donde el agua oscura tenía relumbres de mercurio, escuchando a mis espaldas el estremecimiento de un tranvía que se acercaba, invulnerable a él, a cualquier peligro, en la verticalidad inexplicable de las dos ruedas alineadas, alto como un caballero de la época del rey Eduardo VII, como Henry James en su bicicleta, con la que estuvo a punto una vez de atropellar, en un camino del campo inglés, a una niña que andando el tiempo fue Agatha Christie.
Pasé por la calle de las tiendas de antigüedades, todas a oscuras a esa hora. Me abandoné al doble movimiento de ascenso y caída cada vez que llegaba al lomo curvo del puente de un canal. Casi sentía con mi propio tacto el roce de los neumáticos sobre el pavimento de ladrillo.
El tiempo de la bicicleta es mucho más rápido que el de una caminata. El que se acostumbró a medir las distancias caminando queda desconcertado por la velocidad con que las deja atrás yendo en bicicleta. La misma brisa que había despejado las grandes nubes grávidas de lluvia me daba ahora en la cara, tan húmeda como un rocío.
En muy pocos minutos estaba junto a la verja del museo, frente a la gran explanada que llaman el Museumplein. Al fondo de ella veía la fachada blanca del Concertgebouw. Era feliz en Ámsterdam sin esfuerzo ni propósito, por el simple hecho de estar allí. Era feliz de una manera temporal e irresponsable, tan libre del porvenir como del pasado, aunque los dos estuvieran muy cerca. La felicidad era tan fácil como mantener el equilibrio sobre la bici y ganar velocidad pedaleando sobre un terreno plano.
Encontré la puerta tal como me la habían descrito. Pequeña, angosta, metálica, con un telefonillo, un buzzer, me había dicho el cámara al darme las instrucciones. La palabra buzzer me pareció más adecuada que telefonillo. Pulsé el botón sin mucha esperanza de que me respondieran. Quién iba a abrirme una puerta tan perfectamente cerrada a esa hora, en el extremo de un ala lateral del Rijksmuseum. Previamente había asegurado mi bicicleta en la verja. Una bicicleta despierta en seguida casi la misma adhesión sentimental que una animal bello y dócil: un caballo, un perro.
Me contestó una voz ronca en holandés. Una voz femenina. Dije mi nombre, y la puerta se abrió con un zumbido. La voz me había dado instrucciones ulteriores que yo no comprendí. Avancé por un corredor muy estrecho, como los recovecos en los teatros viejos, con bombillas opacas de polvo en algunas esquinas, bombillas protegidas por mallas de alambre. A la vuelta de una esquina había una mesa delante de un monitor en el que se veía una cuadrícula de imágenes de diversos lugares del museo. Un guarda de uniforme estaba recostado en una silla abatible y había puesto los pies encima de la mesa. Las suelas estaban manchadas de barro y en la mesa había carpetas y hojas impresas que parecían formularios. La chaqueta del guarda estaba echada de cualquier modo sobre el respaldo de la silla. El guarda tenía la cara muy pálida, el cráneo afeitado y el mentón sucio de barba. A su lado, de pie, había una mujer alta y joven, también de uniforme, aunque con un uniforme distinto, más cuidado, como de otra jerarquía. Cuando llegué estaban hablando y se callaron al verme. Estaban hablando pero no se miraban, los dos de frente, hacia la boca del corredor donde yo iba a aparecer, la mujer con los brazos cruzados y una mano en el mentón, las uñas agrupadas sobre el labio inferior, como si se las mordiera, los ojos enrojecidos, un poco echada hacia adelante, una mujer muy alta que estuviera incómoda con su estatura o se avergonzara de ella. El guarda disfrutaba visiblemente de una perfecta tranquilidad, no malograda por el fastidio de mi aparición, a las siete menos cuarto de la madrugada, aunque quizás sí por la presencia de su compañera. Qué sabe nadie.
Iba a mostrar una identificación y el guarda hizo un gesto de indulgencia, indicándome que no me molestara. Los holandeses no creen en las medidas de seguridad, al menos en las más evidentes. La mujer joven me tendió una mano y se pasó la otra por la cara y el pelo, que era rojo y muy rizado. Fue más rojo aún cuando llegamos a las salas iluminadas. Yo había estado en el museo otras veces pero ahora no parecía el mismo lugar. Una sala tras otra, todas vacías, todas en silencio, las figuras de los cuadros congeladas en las paredes, cada una detenida en un instante del tiempo, casi siempre el tiempo del siglo XXII.
La vigilante me dijo que el cámara había dejado preparado el equipo pero había tenido que salir a buscar algo, algo que se había olvidado en su casa. El cámara era un lunático y un irresponsable. En un ángulo de una de las salas mayores, donde están todos los rembrandts, vi el trípode con la cámara en lo alto, y en el suelo, a su lado, abierta, una de esas maletas grandes que llevan los cámaras de televisión y los fotógrafos.
La sala era más grande porque solo la vigilante y yo estábamos en ella y porque no se oía nada. Nuestros pasos habían resonado con una lujosa nitidez sobre el suelo de madera bruñida. Ella fue a sentarse en un taburete, junto a la entrada de la sala, y se quedó mirando hacia mí con una de esas sonrisas falsas que a veces se le quedan a uno olvidadas en la cara. Me daba un escrúpulo absurdo ponerme a mirar los cuadros y no hablarle, pero hasta ese momento mis pobres tentativas de conversación trivial habían fracasado ante la inmovilidad de la sonrisa y de los bellos ojos ausentes: qué silencioso estaba todo, qué suerte que se hubiera despejado el día después de la noche de lluvia, qué oportunidad extraordinaria encontrarse a solas en el museo, etc.
Me quedé mirando ese doble retrato conyugal que llaman a veces La novia judía. Tenía la sensación de no haber visto de verdad un cuadro de Rembrandt hasta ese momento, esa madrugada, Rembrandt exclusivamente reservado para mí en la soledad del Rijksmuseum. El silencio absoluto de las siete de la mañana era como una lente de aumento. En la luminosidad interior del cuadro yo estaba tan sumergido como los personajes que me miraban de cerca, que me miraban a mí. El hombre y la mujer jóvenes, recién casados, felices y tristes, subyugados por el amor y rodeados por la penumbra de todo el tiempo futuro en el que acabarán muriendo y disgregándose.
Me volví un momento, por una alarma inconsciente, y me pareció que había pasado mucho tiempo desde que empecé a mirar el cuadro. La vigilante no estaba en su taburete. Tampoco estaba en ninguna otra parte de la sala, ni se la veía más allá de los umbrales de las otras salas sucesivas. Ahora solo me vigilaban los personajes de los cuadros, los síndicos con sus trajes negros, los bebedores felices de carrillos colorados, las versiones sucesivas de Rembrandt en los autorretratos, más joven y más viejo, muy joven y como oculto tras los rizos del pelo y la sombra en la que brillan las pupilas y muy viejo y arruinado como un mendigo, riéndose a carcajadas de la comedia del mundo, carcajadas que no suenan en el silencio del museo.
Sonaban mis pasos. Sonaba cerca y lejos una voz murmurada. Crucé la sala entera y en un rincón de la sala contigua la vigilante estaba como acurrucada contra un rincón, cerca de La lechera de Vermeer. Ese azul de lapislázuli nunca lo había visto yo relumbrar así. La vigilante hablaba en holandés por un móvil. Hablaba o suplicaba, se pasaba la mano por la cara y por el pelo desordenado y rojo, se mordía los labios. Dijo algo y debió de darse cuenta de que al otro lado no había ya nadie. Quizás no había nadie desde hacía un rato y ella no lo había advertido. Guardó el teléfono en un bolsillo del uniforme y se quedó mirando al suelo, todavía medio de cara a la pared. Se sentó en el suelo y se tapó la cara con las manos. Desde el umbral de la sala yo la miraba y no me movía, quieto como las figuras en los cuadros.
Antonio Muñoz Molina