Unas horas después, las risas de las mujeres pronto rodearon a Xavier. Ellas intentaban llamar su atención con frases coquetas, pero él, con un gesto teatral, tomó la mano de Dionisio besándola y dijo en voz alta:
—Este es mi mejor amigo, mi compañero de batallas. Lo seguiría hasta el fin del mundo. Lo siento chicas no puedo dejarlo simplemente.
El murmullo se expandió como pólvora encendida. Para las mujeres, con sus mentes cargadas de sospechas y prejuicios, aquello solo podía significar una cosa: Dionisio y Xavier eran pareja.
El estómago de Lancelot se revolvió. Los celos lo consumieron como brasas ardientes en el pecho cuando escuchó los comentarios. No soportó más. En cuanto vio a Dionisio alejarse de Xavier un momento, quedó la presa abierta. Se movió entre la multitud como un toro dispuesto a embestir y lo alcanzó, tomándolo del brazo con rudeza.
—Venga conmigo, ahora —le gruñó entre dientes, arrastrándolo hacia la parte trasera de un establo cercano, lejos de los curiosos.
Dionisio forcejeó un poco, molesto.
—¡Suéltame, Lancelot! ¿Te volviste loco?
—¿Ese es el Xavier con el que trabajas en la ciudad, cierto? —preguntó Lancelot, con la voz grave y contenida, pero con los ojos azules ardiendo. Recuerda que había visto a su patrón en video llamadas y ese hombre casi siempre estaba con él encima lo había visto algunas veces llegar de pasada a la hacienda. Aunque antes tenía el pelo más largo y otro estilo de vestir.
Dionisio se quedó en silencio un instante, antes de contestar con frialdad.
—Sí. ¿Y qué?
—¿Qué relación tienen ustedes? —inquirió con desesperación.
Dionisio lo miró fijo, la mandíbula apretada.
—No voy a decirte nada. No es tu asunto.
La tensión era un hilo a punto de romperse cuando apareció Xavier.
—¿Todo bien aquí? —preguntó con voz grave, aunque sus ojos brillaban con malicia.
Lancelot se giró, fulminándolo con la mirada.
—Piérdete, estoy hablando con mi patrón —le ordenó, su tono como un trueno contenido.
Xavier sonrió con burla, avanzando hasta tomar las manos de Dionisio con una posesión descarada.
—No me hables así. Dionisio está conmigo. Además tengo entendido que Dionisio te despidió así que ya no es más tu "patrón". Es todo mío.
—Suéltalo —gruñó Lancelot, dando un paso al frente.
—¿O qué? —retó Xavier, inclinando el rostro cerca del suyo.
Entonces, sin previo aviso, Xavier giró el rostro y besó a Dionisio en los labios. Un beso rápido, sorpresivo, como una daga lanzada en medio de la batalla.
El corazón de Dionisio dio un vuelco; su cuerpo se tensó, los ojos abiertos por el impacto. No había esperado aquello.
Los ojos de Xavier brillaban de nervios y excitación, presionando más sus labios contra los de él, como queriendo marcar territorio ante Lancelot.
Y Lancelot… quedó paralizado por un segundo, el puño temblando a centímetros de estallar, la furia y el dolor mezclándose en su pecho como un relámpago contenido.
—¡Hijo de puta! —rugió Lancelot, con el puño hundido en la mandíbula de Xavier, quien cayó hacia atrás, chocando con una pared de madera pero se recuperó.
Xavier le respondió con la misma fuerza pegándole devuelta en el rostro.
—¡Chicos! —gritó Dionisio, sujetándolo por el brazo, pero el rubio estaba furioso, con los ojos azules encendidos como llamas—. ¡Suéltame!
Lancelot le dio tan fuerte que Xavier cayó de bruces al suelo.
Xavier se levantó con la comisura del labio rota y un hilo de sangre bajándole por la barba bien recortada. Se tocó la herida y sonrió con desprecio.
—Vaya… qué salvaje… —escupió un poco de sangre al suelo y miró a Dionisio—. Te gustan bravos, ¿eh?
—¡Cállate, maldito! —Lancelot se abalanzó de nuevo, pero Dionisio se interpuso, empujándolo hacia atrás con fuerza—. ¡Dionisio, quítate!
—¡Basta! —gritó Dionisio, con la voz rota de ira y vergüenza—. ¿Quieres que se arme un escándalo aquí? ¿Eso quieres? Es mi vida para que te metes.
Lancelot lo miró con los ojos húmedos y el pecho agitado.
—¡Te odio… te odio tanto…! —murmuró con la voz rota, antes de girarse y marcharse, empujando a varios peones que llegaron de curiosos en su camino.
Dionisio cerró los ojos con fuerza, sintiendo un vacío amargo en el pecho. Xavier se sacudió el polvo de su chaqueta y sonrió con arrogancia.
—Eso fue… entretenido… —dijo, pasándose el pulgar por el labio roto—. Pero vámonos de aquí. Estoy sangrando. Mierda creo que tendré que darme unos puntos.
Dionisio no dijo nada. Solo asintió y se marchó con él, bajo las miradas murmurantes de todos los presentes, sin saber que ocurria.
En el camino de regreso, Teresa conducía su camioneta roja mientras Lancelot miraba por la ventana, con el labio partido y los nudillos enrojecidos. Ella lo miraba de reojo, molesta.
—¿Qué diablos te pasó en la boca? —preguntó con tono cortante.
—Nada… me golpeé… —respondió él, sin mirarla.
—No seas idiota. Te conozco, Lancelot. Esa herida es un puñetazo. ¿Te metiste en problemas en la reunion sin que me diera cuenta? Solo me voy con mis amigas a tomar café y dialogar y tú te metes en problemas.
—Déjalo, Teresa. Ya quiero llegar —murmuró, cerrando los ojos y recostando la cabeza en el vidrio.
Ella frunció el ceño, giró la vista al camino y no dijo nada más. Pero su mente hervía de sospechas.
En la camioneta negra de Xavier, el silencio pesaba tanto como el humo de cigarro que había encendido para calmar la tensión. Dionisio mantenía el rostro apoyado contra el cristal, viendo pasar las luces de los postes como destellos intermitentes. El aire enrarecido olía a whisky, sangre seca y rabia contenida.
Se detuvieron en una clínica pequeña, con paredes color beige y un rótulo luminoso parpadeante. El médico de guardia revisó la herida de Xavier, pero con un poco de desinfectante y un vendaje fue suficiente. No necesitaba puntos. Xavier salió con la sonrisa torcida, esa sonrisa que siempre llevaba escondida un filo de burla.
—Vaya, Dioni, tu guardaespaldas pega duro. —Se pasó la lengua por el labio roto, como si saboreara la sangre—. Pero me gustan los retos.
Dionisio no respondió. Solo se encogió de hombros y murmuró:
—Llévame a casa.
Xavier, en cambio, desvió el volante hacia un bar de luces tenues, con música de boleros mezclada con risas y copas chocando.
—Primero un trago. Yo lo necesito, y tú también.
Dionisio dudó, pero al final cedió. Se sentó en la barra mientras Xavier pedía bourbon doble para los dos. El primer sorbo le quemó la garganta, pero también le nubló el alma. Después del segundo, Dionisio ya reía sin querer, golpeando la mesa con la palma abierta. Al tercero, el peso de la noche le caía sobre los hombros como cadenas invisibles.
—Ya basta… —murmuró, con la voz arrastrada—. Vamonos… me duele la cabeza.
Xavier pagó la cuenta y lo ayudó a caminar hasta la camioneta. El trayecto hasta la hacienda Larousse fue un vaivén de suspiros y respiraciones pesadas. Cuando llegaron, Xavier cargó con él hasta su cuarto, empujando la puerta con el hombro.
Lo recostó sobre la cama y, sin pedir permiso, lo besó con fuerza. Sus labios sabían a alcohol y resentimiento. Dionisio apenas reaccionó, enturbiado por el whisky, pero un instinto lo hizo empujarlo levemente. Xavier, en cambio, bajó hasta rozar su cuerpo contra la virilidad escondida bajo el pantalón de Dionisio.
—Mírate… —susurró, excitado, mientras liberaba su propio deseo—. No importa cuánto me odies ahora… tarde o temprano serás mío.