La luna bañaba de plata el ventanal de la hacienda cuando Xavier llegó en la camioneta negra, el rugido del motor imponía respeto en medio de la noche. Dionisio lo había mandado a recoger al aeropuerto y lo esperaba en la sala, con un decantador de bourbon ya abierto y dos vasos servidos. Apenas se saludaron con un apretón de manos fuerte, sin palabras de cortesía innecesarias: había urgencia en el aire.
Luego de un abrazo y un saludo cordial Xavier tomó el vaso con la bebida que Dionisio le ofreció.
—¿Como estuvo tu viaje?
—No estuvo tan mal.
—Me alegra. Te mandé a preparar la habitación de invitados.
—Gracias. Bien, Dionisio… —dijo Xavier, dejándose caer en el sillón de cuero frente a él, con esa sonrisa ladeada que siempre ocultaba un veneno—. Suéltalo ya. ¿Qué pasó con tu famoso jinete de oro?
Dionisio tomó un sorbo de bourbon antes de responder, el fuego del licor le ardió en la garganta.
—No pierdes tiempo.
—No sería divertido.
—Lancelot me traicionó… o más bien, yo me engañé. Tiene una mujer, va a ser padre. Ya lo despedí. Pero de alguna forma me hiere, me consume… cada vez que lo veo, siento que me quiebro más. Solo quería una buena compañía. Eres mi amigo de toda la vida en la ciudad. Además un poco de aire fresco no te hará mal.
Xavier lo observaba con una mezcla de curiosidad y burla.
—¿Y tú qué esperabas? Que un muchacho de rancho dejara todo por ti, el gran Dionisio Larousse… —rió con sorna, alzando su vaso—. Sabías que tarde o temprano la fiera se te iba a desbocar. Solo yo soy fiel pero no me haces caso.
—No hablo de ti. No lo entiendes, Xavier. —Dionisio golpeó la mesa con fuerza—. No es solo deseo. Lo sabes. Yo lo amé. ¡Lo amo todavía! Y ahora… no sé qué hacer con este dolor.
En ese momento, Tina entró con un plato de jamón y pan horneado.
—Con su permiso.
—Adelante Trina. Déjalo ahi—señala la mesita de centro.
Su vestido ajustado resaltaba sus curvas, y mientras lo dejaba en la mesa, bajó la mirada coqueta hacia Dionisio, como siempre. Pero antes de que pudiera acercarse demasiado, Xavier le dio una palmada descarada en las nalgas al pasar junto a ella.
—¡Señor Xavier! —exclamó ella, escandalizada, girándose con el rostro enrojecido de ira y vergüenza.
Xavier solo rió, acomodándose en el sillón.
—Tranquila, preciosa. Es un halago de mi parte. Tenia años sin verte.
Tina le clavó una mirada de odio y salió dando un portazo.
Dionisio se pasó la mano por la frente, agotado.
—Siempre igual, Xavier. No puedes controlarte.
—Oh, no me culpes por tener buen gusto en ambos bandos —replicó él, con una sonrisa venenosa—. Tú sabes que no me tiembla el pulso cuando algo me interesa.
Se inclinó hacia él, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Pero dime, Dioni… ¿qué esperas de mí? ¿Por qué me invitas a la reunión de hacendados como tu acompañante?
—Porque no quiero ir solo. No quiero que me vean derrotado, vulnerable. Necesito que alguien fuerte esté a mi lado. Además la muerte de mis padres está en investigación quiero dar con el asesino si existe uno o una.
Xavier lo miró con ojos brillantes, satisfecho.
—¿Y qué gano yo?
—Lo que quieras. Te daré un cheque en blanco.
Xavier soltó una carcajada grave, profunda.
—¿Un cheque? ¿Dionisio Larousse tratando de comprar mi compañía? —Se acercó más, bajando la voz con un tono seductor y peligroso—. Recuerda que yo soy socio, no necesito tu dinero. Ya lo tengo. Lo que quiero… es más interesante.
Dionisio lo miró, cansado pero expectante.
—¿Qué quieres entonces?
—Una cita contigo. Sin máscaras, sin excusas. Solo tú y yo.
El silencio se alargó, roto apenas por el crujir de la madera en la chimenea apagada. Dionisio apretó la mandíbula. La idea lo incomodaba, pero al mismo tiempo, la soledad le pesaba tanto que no tuvo fuerzas para negarse.
—Está bien. —Dijo finalmente, con voz baja pero firme—. Una cita.
Xavier sonrió satisfecho, como un cazador que acababa de atrapar a su presa. Alzó el vaso de bourbon en dirección a Dionisio y brindó.
—Eso quería escuchar, Dioni. A tu salud… y a nuestra nueva etapa.
Mientras los vasos chocaban, Dionisio sintió un vacío frío en el pecho. Había cedido. Tal vez no por deseo, sino por desesperación. Pero dentro de sí, lo sabía: lo hacía porque necesitaba olvidar a Lancelot, aunque fuera con el veneno de Xavier.
Llegado el día, la música de cuerdas y guitarras llenaba el aire, mezclada con el murmullo de la gente y el chisporroteo de las velas que iluminaban el patio central de la alcaldía. El ambiente festivo estaba cargado de tensión invisible. Dionisio avanzaba con pasos firmes junto a Xavier, y aunque su porte siempre imponía, esta vez no pasó desapercibido que no venía solo.
Las miradas de las mujeres y algunos hombres se prendieron en el forastero elegante, con su chaqueta de cuero n***o, la barba perfectamente delineada y un andar seguro que irradiaba control.
—¿Quién es ese? —murmuró Liliana, la hija del comisario, con ojos encendidos.
—No sé… pero es un monumento. Mira cómo se le marca todo adelante —respondió Estefanía, con el labio entre los dientes.
Dionisio fingía no escuchar, pero Xavier sonrió con descaro, sabiendo muy bien que estaba causando sensación.
En un rincón, Lancelot escuchaba a medias al padre de Teresa, que le hablaba sobre reforzar cercas y cambiar postes de madera por acero. Pero en cuanto vio a Dionisio entrar del brazo de ese hombre, se le heló la sangre. El vaso de cerveza en su mano tembló, y la mandíbula se le tensó tanto que rechinó los dientes.
Dionisio sintió su mirada desde lejos. Apenas por un instante, sus ojos se cruzaron, y entonces Dionisio apartó la vista bruscamente, como quien huye de un incendio que no quiere volver a sufrir.