Alma perdida en el desamor.

1643 Palabras
Mientras tanto, horas después, Dionisio seguía en su despacho, estaba recostado en su gran silla de cuero, mirando el techo con los ojos enrojecidos y el vaso de bourbon medio vacío temblando en su mano. Ya se había limpiado las lágrimas y los mocos con unas toallas húmedas que tenía en un cajón. Escuchó un leve golpe en la puerta. —¿Qué? —gruñó con voz ronca. Emiliano, su amigo veterinario, asomó la cabeza, con su bata blanca manchada de tierra y chispitas de sangre seca de un parto reciente. —Solo venía a ver cómo estabas… me dijeron que despediste a Lancelot —dijo, entrando al despacho y sentándose frente a él sin pedir permiso. —Es asunto mío… ¿acaso me morí, maldita sea por despedir a un empleado?—respondió Dionisio con frialdad, dándole la espalda, pero por dentro estaba que se moría. Emiliano suspiró, apoyando los codos en sus rodillas. Es el único que sospecha sobre los sentimientos entre esos dos. Pero no es quien para estar preguntando de más. —Sabes que lo necesitas… nadie conoce esta hacienda como él… es tu hombre de confianza y además… sé que hay algo más. Te conozco, Dionisio. ¿porqué te complicas tanto?… ¿vale la pena? —le preguntó en voz baja. Dionisio apretó el vaso con tanta fuerza que le temblaron los dedos. No respondió. Solo tragó un sorbo grande de bourbon y cerró los ojos, sintiendo el ardor en su pecho. Emiliano lo miró con lástima, se levantó y le dio una palmada en el hombro antes de salir. —Piénsalo. Aún estás a tiempo de re contratarlo. La siguiente tarde, Teresa llegó a la casa de Lancelot, con su vestido amarillo y su vientre aún plano bajo la tela suave pero igual se agarraba la panza con monería. Mariana la recibió en la puerta con una sonrisa tensa. —Pase, Teresa. Lancelot está en su cuarto. Tus padres vinieron temprano y me contaron todo con lujos de detalles. —Gracias, señora Mariana. Será abuelita —respondió ella, entrando con pasos decididos. —Que felicidad. —Ve. Les traeré algún refresco. Teresa lo encontró sentado en la cama, mirando la ventana con los ojos vacíos. —Amor… sorpresita ¿estás bien? —preguntó, sentándose a su lado y tomándolo de la mano—. Mis padres están felices… quieren que vayamos mañana mismo a hablar con el padre Tobías para programar la boda… no quiero esperar… quiero casarme contigo antes de que empiece a notarse mi pancita… como quedamos ayer—le susurró, con una sonrisa dulce. —Hola Teresa. Pensé que no salias hoy del hospital. Lancelot la miró, con sus ojos azules apagados. —Teresa… no estoy listo para casarme ahora. Además falta mucho para que se vea. —¿Cómo que no? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. ¡Es tu hijo! ¡No puedes dejarme sola en esto! ¡Mientras más rápido mejor! ¿porqué no piensas en mí aunque sea esta vez? —No te dejaré sola… pero no puedo… Tengo cosas que hacer, no me siento listo ¿no puedes entenderme?—repitió él con voz baja. —¡No me importa lo que puedas o no puedas! ¡Estés o no estés listo! ¡Te casarás conmigo! —gritó, con lágrimas llenándole los ojos—. No me avergonzarás delante de mis padres… y amigos, no me harás esto… ¡no me lo hagas, Lancelot! Ella se puso de pie y él no respondió. Solo bajó la cabeza, sintiendo su corazón hundirse más y más en un pozo n***o y frío. —Ya me estás haciendo enojar. Sabe que estoy malita de la salud. ¿No te importa nuestro bienestar? —No puedes exaltarte. Tómalo con calma. Déjame pensar ¿ok? —Piensa lo que tengas que pensar, aunque no sé porqué tantos rodeos. Me haces pensar que tienes a otra chica en la mira ¿o te gusta alguien más y temes que se entere de que nos vamos a casar? —No es nada de eso...no hay otra chica...te lo juro. Sólo dame espacio. Entiende que todo esto es nuevo. —Bien. Me voy entonces. Ya me pusiste de mal humor. Lancelot se quedó con el corazón desbocado, como un potro solitario al que acaban de ejecutar. Por otro lado, desde que entró la noche, Dionisio bebió de otras bebidas además de Bourbon hasta entrada la madrugada. Su habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luna que entraba por el ventanal. Se recostó en la cama, con su camisa desabrochada, y se llevó la mano al cuello, donde aún dolía la marca que Lancelot le había dejado horas antes. Cerró los ojos y murmuró en un suspiro quebrado: —¿Por qué no puedes ser sólo mío?… aunque no te tenga… seguirás en mi corazón… potro salvaje… ¡ahhhhh! maldito seas…¿cómo podre olvidarte? Y rompe a llorar. Unas horas después, con ese pensamiento oscuro, se quedó dormido, con el vaso vacío colgando de su mano y su alma hecha pedazos sobre la cama fría. La noticia se esparció rápido en el pueblo: Lancelot había sido contratado por los padres de Teresa para trabajar en su hacienda como capataz principal sin espacio de negarse. Todos los peones lo miraban con respeto, menos tres chicas que cuchicheaban cerca del granero mientras él cargaba pacas de heno con sus antebrazos tensos y su camiseta blanca pegada por el sudor. Si iba a tener un hijo al menos debería trabajar para mantenerlo, mientras piensa como salir de Teresa y recuperar a Dionisio. —Mírenlo… Teresa siempre consigue lo que quiere… —susurró Liliana, la mayor de las primas, de 26 años, cabello n***o liso hasta la cintura y labios gruesos pintados de rojo. —Claro, pero… ¿quién crees que fue su primera vez? —rió Estefanía, de 23 años, cabello castaño oscuro y rizado, ojos verde oliva y pecas. —Por favor… —dijo Camila, la menor, de 19 años, cabello castaño claro y ojos miel—. Esa se ha acostado con medio corral… menos con su primo porque lo mandaron a estudiar al seminario —se burló, tapándose la boca. Sus risitas se detuvieron de golpe cuando vieron a Teresa salir de la casa principal, con su vestido celeste y su pancita aún invisible. —¿De qué hablan, zorras? —preguntó con una sonrisa venenosa al verlas. Eran primas pero no se llevaban muy bien que digamos. —Nada, primita… solo de lo guapo que es tu… futuro marido… Cuando no lo quieras ¿me lo puedo quedar? Es que está rebueno—respondió Liliana, burlona. Teresa se acercó con la mirada oscura y les susurró, asegurándose de que nadie más oyera: —Si alguna abre esa boca sucia para decir lo que no debe sobre mi pasado… juro por Dios que las entierro vivas… ¿entendieron? Y dejen de fantasear con mi futuro esposo. Las tres asintieron, tragando saliva. Ese mismo día al atardecer, Lancelot salió a cabalgar para despejar su mente. Sin quererlo, terminó llegando al límite de la hacienda Larousse. Allí, Dionisio estaba también montando a su potro n***o, vestido con una camisa azul oscuro remangada y jeans ajustados. Sus miradas se cruzaron como rayos. —Vaya, vaya… —dijo Dionisio con una sonrisa fría y los ojos hinchados de tanto llorar—. Felicidades… trabajando tan pronto con la familia de tu novia. Un hombre de familia… respetable. Lancelot bajó la mirada y apretó los dientes. —No empieces conmigo hoy, Dionisio. No estoy de humor. —¿Por qué? ¿Te duele la verdad? Lancelot levantó su mirada con furia contenida. —La verdad… es que tú me arrastraste a esto… me provocaste… me enseñaste a acariciar a un hombre… me enseñaste cómo entrar en él… cómo hacerlo gritar y rogar… y luego… solo me echaste como si fuera un perro… —su voz temblaba—. Eres un maldito. No tuve opción. Me dejaste sin trabajo y con un hijo en camino que no pedí, sin mantener. Dionisio tragó saliva con dificultad, su pecho se estremeció de rabia y deseo al mismo tiempo. Quiso bajarse del caballo y besarlo hasta romperle el alma… pero solo endureció su mirada y escupió: —No necesito un potro rebelde como tú… Vete al diablo. Porque tú te lo buscaste. Ambos giraron sus caballos en sentidos opuestos y se alejaron sin mirar atrás, aunque sus corazones se quedaran latiendo en aquel campo polvoriento. Esa misma noche, Dionisio miraba la luna desde el ventanal de su habitación, con un vaso de whisky en la mano. Su mente ardía con el recuerdo de Lancelot. Se levantó de golpe al ver la llamada entrante de un número en su celular. Quería olvidar a Lancelot, así que respondió para hablar con la única persona dispuesta a seguirle el juego, además había una junta mensual de todos los hacendados y sólo no quería ir solo. —Xavier… —Hola Dionisio, ¿entonces si no te llamo tú no me llamas? —Disculpa...me han pasado tantas cosas… —Estaba pensando ir a visitarte pero no sabía de qué tan buen humor estarias. —Si quieres venir a mi hacienda…no necesitas que te dé permiso… tráete esa chaqueta negra de cuero que me gusta… te invito a la reunión del pueblo, no quiero ir solo. —Interesante… ¿Y tu jinete de oro? ¿porqué no vas con él? —Ya no trabaja más para mi. Solo ven y listo. Antes de que me arrepienta —Que novedad, bueno iré si me cuentas el chisme completo—respondió la voz grave de Xavier—. Me encanta cuando te pones así de mandón, Dioni. Tenia rato que no sabía de ti, amigo mío. —No preguntes… solo ven.
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