Un potro sin hogar.

1743 Palabras
—Estoy liberándote —dijo Dionisio, con una sonrisa fría, sin alzar la mirada mientras sufría tras esa fachada de macho —. Ya no necesito tus servicios. Y tranquilo… no te preocupes… no te causare problemas, tu secreto estará a salvo conmigo. Imagina que solo nos usamos cuando quisimos. Fue divertido mientras duró, pero ya está. Vete a criar a tu hijo, a ser el buen hombre de familia que sueñas ser. Las palabras le cayeron a Lancelot como baldes de agua helada. Sintió un vacío inmenso en el pecho. Su respiración se volvió pesada y su mirada se oscureció. Supone inmediato que Dionisio estaba muy dolido y actuaba por despecho o rabia. —Mientes… —susurró, con los ojos llenos de ira y dolor. Caminó hasta él y, con brusquedad, le tomó la barbilla y lo obligó a mirarlo. Su otra mano se deslizó hacia su cuello, apretando la marca roja aún visible bajo el cuello de su camisa—. Mírame… dime a los ojos que no sientes nada… dímelo… Dionisio sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Casi se derrite cuando el aliento caliente de Lancelot chocó contra su oreja. El olor a sudor y cuero que desprendía su cuerpo lo envolvía, haciéndolo temblar de deseo y miedo. Lancelot lo miraba con un fuego salvaje, casi animal. Sus ojos azules ardían con una mezcla de ira y pasión incontrolable. Intentó apartarlo, empujándolo débilmente contra su pecho duro, pero Lancelot no se movió ni un centímetro. Lo acorraló contra el sillón del despacho, colocándose entre sus piernas abiertas, inclinándose sobre él. —Eres mío… —le susurró con rabia, con la voz ronca y quebrada—. Mío… y lo sabes… no importa a quién me des… siempre volveré a ti… siempre… Antes de que Dionisio pudiera responder, Lancelot le arrancó el abrigo y le desabrochó los botones de la camisa con movimientos bruscos, desesperados, hasta exponer su torso pálido. Sus manos grandes y ásperas le recorrieron los costados, apretándolo con fuerza, sintiendo cada curva, cada hueso, cada músculo tenso bajo su toque. —La puerta… Lancelot… está abierta… —jadeó Dionisio, su voz temblorosa mientras intentaba detenerlo. —No me importa —gruñó él, mordiéndole el cuello con brutalidad, dejando marcas moradas en su piel blanca. Bajó hasta su clavícula, besándolo, chupándolo, mientras sus manos se deslizaban rápido a su pantalón. Con un tirón seco, Lancelot le bajó los pantalones y la ropa interior, dejando su virilidad expuesta, temblorosa y húmeda de deseo. Dionisio gimió, enrojecido hasta las orejas, sintiéndose completamente vulnerable y a la vez vivo, terriblemente vivo. "Estoy en problemas"—pensó. —Te odio… —susurró con los ojos humedecidos. —No… me amas… tanto que duele… —respondió Lancelot, desabrochándose rápido su propio pantalón y liberando su erección gruesa y venosa, palpitante, deseosa. Sin perder tiempo, lo levantó apenas de la silla, alzándole las caderas y colocándose en posición. Salivó en su mano y untó su eje, luego empujó la punta contra su entrada, sintiendo cómo Dionisio se tensaba y soltaba un grito ahogado. —No hagas esto...no aquí. —Shhh… tranquilo… relájate… me la vas a cortar—susurró Lancelot, pero sus palabras no calmaban nada, pues su tono estaba cargado de un placer oscuro y dominante. Odia que lo alejen. Con un solo movimiento firme, se hundió dentro de él. Dionisio se arqueó, aferrándose al respaldo de la silla con fuerza, sus piernas temblando por la intensidad del dolor mezclado con el placer ardiente que le quemaba las entrañas. Se vino enseguida sin siquiera tocárse adelante. —¡Lanc…! Ah… más despacio… ¡detente maldita sea!—suplicó, con lágrimas escapando de sus ojos cerrados mientras convulsionaba por el placer. Pero Lancelot no escuchaba. Sus caderas comenzaron a moverse, primero lento y luego más rápido, embistiendo con fuerza, haciendo que el sillón rechinara bajo su peso y que los papeles del escritorio cayeran al suelo. Sus gemidos bajos, casi gruñidos animales, llenaban el despacho, mezclándose con los jadeos entrecortados de Dionisio. —Tan apretado… tan perfecto para mí… ¿por qué diablos quieres alejarme? Eres mío, recuérdalo, tú me volviste asi, maldita sea. Te metes dentro de mis venas y ahora quieres deshacerte de mi ¿Así sin más?—murmuraba Lancelot, lamiéndole las lágrimas y luego besándolo con fiereza, hundiéndole la lengua, reclamándolo como suyo. Cada vez que se hundía, sentía cómo el vientre de Dionisio se levantaba ligeramente. Dionisio abrió los ojos y vio su propia piel estirándose, sintiéndolo tan profundo que casi le dolía respirar. Pero no quería que parara. No podía detenerlo. Lo necesitaba tanto como odiaba necesitarlo. Lancelot lo abrazó fuerte por la espalda, inclinándolo hacia adelante para hundirse aún más. Dionisio gritó, su cuerpo estremeciéndose cuando otro orgasmo lo azotó sin siquiera tocarse. Su virilidad liberó por segunda vez como chorros calientes entre sus vientres, manchando la camisa de Lancelot, sus músculos internos apretándose con fuerza alrededor de él. —¡Detente...ya me vine de nuevo! ¡Siento que voy a morir! —Carajos… Dionisio… —gruñó Lancelot, y con un par de embestidas más, su propio orgasmo llegó con brutalidad, llenándolo de calor líquido mientras su cuerpo temblaba, pegado a él, respirando pesado. Ambos quedaron jadeando, temblando de sudor y agotamiento. Lancelot le dio un beso suave en la nuca antes de retirarse lentamente, escuchando el gemido quebrado de Dionisio. —Esto… no se ha acabado…tú nunca sobrevivirás sin esto, sin mi —susurró Lancelot en su oído antes de subirse el pantalón—Si ya estás satisfecho me iré a mi área. Hablamos más tarde, amor. Dionisio se sintió sucio y expuesto. Eso nunca debió pasar. “Maldito seas… Lancelot… maldito seas…” —pensó, mientras lágrimas silenciosas caían por sus mejillas y una sonrisa rota se dibujaba en sus labios. —No lo creo. —¿Porqué lloras ahora? ¿No te gustó que lo hiciéramos aquí? De pronto, Dionisio reaccionó con un golpe de desesperación. Levantó la mano y le cruzó la cara con una bofetada dura y seca. ¡PAFF! . —¡Lárgate! —le gritó con voz rota, sus ojos llenos de lágrimas contenidas—. ¡Te dije que te largues! ¡Nada de esto cambiará mi pensar! ¡Así que toma tu cheque y lárgate! ¿Quien dice que no puedo vivir sin ti? ¿A caso eres el maldito aire? Lancelot respiró agitado y confundido, no sabe que hizo mal, mirándolo con los ojos rojos de furia y dolor. Pero no dijo nada más. Dio un paso atrás, recogió el cheque del escritorio, lo dobló y lo metió en su bolsillo. Antes de salir, lo miró una última vez, con el alma rota, y murmuró: —Aunque me saques de aquí… tu olor me seguirá… y cuando cierres los ojos… recordarás que fui yo quien te amó primero, fui el primero. Conste que fuiste tú que me botaste, espero que recapacites. Salió del despacho, cerrando la puerta con suavidad. Dionisio se derrumbó en su silla, todo embarrado de su propio jugo por delante y los jugos de Lancelot por detrás, cubriéndose el rostro con las manos, sintiendo cómo su corazón sangraba silencioso, como siempre… sin que nadie lo escuchara. El resto de la mañana transcurrió lento y pesado. La noticia del despido de Lancelot no tardó en esparcirse entre los empleados de la hacienda, como fuego en pasto seco. El era el principal empleado, el que estaba involucrado en casi todo. Muchos la recibieron con sorpresa, otros con temor y algunos con un silencioso alivio, pues siempre lo habían envidiado. Mariana estaba en la cocina amasando pan de maíz cuando su hijo entró a su casa con el rostro sombrío y la mirada vacía. Su delantal estaba lleno de harina y sus manos temblaban cuando lo vio dejar la bolsa de cuero sobre la mesa. —¿Qué te pasó en el rostro? ¿Qué es eso, hijo? —preguntó con cautela, limpiándose las manos en el pañuelo de su cintura. Lancelot abrió la bolsa con sus cosas que tenía en la mansión de Dionisio y le mostró el cheque, temblando. —Es mi liquidación… y… mi carta de despido, haz lo que quieras con el ya está endosado —susurró con un hilo de voz. Mariana se cubrió la boca con ambas manos, sus ojos azules se llenaron de lágrimas. —¿Pero… por qué…? Tú eres su mano derecha… ¿qué pasó…muchacho? ¿qué mierda hiciste? —preguntó, con la voz quebrada. —Nada, mamá… solo… ya no me necesita —dijo, apartando la mirada para que no viera su dolor. Mariana lo agarró de los brazos con fuerza. —Lancelot… no me mientas. —Ya, mamá. No sigas. —¿Tú… tú que harás? ¿Puede cambiar de parecer, verdad? ¿Nos va a correr a todos? ¿Es por la investigación de la muerte de sus padres? —No lo sé...tal vez no le agrado más. —Siempre lo supe… siempre lo protegiste… desde niños… tus ojos lo seguían como si fuera el sol… y ahora… te dedicaste a esta hacienda y así te paga. Me a engañado por completo ese muchacho. Y tu que ahora tendrás un bebé vas a tener que buscar otro trabajo. Antes de que Lancelot pudiera responder, Trina entró en la cocina con una sonrisa venenosa, sosteniendo una cesta de huevos frescos. —¡Ay, qué tragedia, Lancelot! —dijo, fingiendo preocupación—. Pero no te preocupes… un hombre fuerte y trabajador como tú consigue trabajo donde sea… además, ahora con un hijo en camino… deberías buscar estabilidad, ¿no crees? Mariana la miró con desdén. —Trina, no empieces con tu veneno, ve a tu casa con tu mamá que tiene rato buscandote. No está de humor —le advirtió, con voz firme. Pero Trina solo alzó una ceja, acercándose a Lancelot y pasando sus dedos por su brazo fuerte. —Teresa me llamó… estaba llorando de felicidad… dice que pronto pondrán fecha para la boda…me pidió ser la madrina —le susurró, con una sonrisa ladina. Lancelot la apartó bruscamente, con una mirada de asco y fastidio. —Sal de aquí, Trina… antes de que pierda la poca paciencia que me queda hoy. Trina soltó una risita suave y salió de la cocina, moviendo sus caderas con provocación. —Si...iré a consolar a mi patrón. Sabrá Dios qué hiciste para cabrearlo. Y solo yo puedo consolarlo.
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