Lancelot extendió la mano para tocar su rostro.
—No… no… no digas eso… patrón… Dionisio…amor... yo solo… yo no puedo decirles la verdad de que soy gay… No ahora...me matarían… te desacreditarian… déjame… déjame estar a tu lado, por favor…y pensemos juntos como salir de esto.
Dionisio lo empujó con fuerza, golpeándolo en el pecho con la palma abierta. Quiso tener un hierro de ganado caliente y estampárselo en la lengua.
—¡Cállate! ¡Cállate ya! ¡Eres un maldito cobarde! ¡Yo si sé lo que debo hacer contigo!
Lancelot bajó la cabeza, apretando los labios con fuerza, conteniendo las lágrimas que ardían en sus ojos azules. Se siente como todo un maldito idiota. Y lo peor es que ahora está consciente de cómo se siente Dionisio.
Dionisio condujo más rápido, y en menos de quince minutos lo había dejado frente a su casa. Cuando Lancelot se bajó del vehículo pensaba dar la vuelta para hablar con él más calmadamente. Pero en cuanto se bajó, Dionisio piso el acelerador hasta el fondo dejando detrás una cortina de polvo.
Cuando Lancelot llegó a su casa, Mariana lo esperaba en la sala, con un pañuelo floreado en la cabeza y un delantal lleno de harina. Sus ojos estaban inundados de lágrimas, pero esta vez eran de alegría.
—¡Lancelot…! —dijo ella, abrazándolo con fuerza, hundiendo su rostro en su pecho—. La mamá de Teresa me llamó… ¡Ay, hijo, qué felicidad! Me dijo que seré abuela… que vas a formar tu familia… que se casarán pronto… perdóname, mi amor… perdóname por pensar mal de ti… no sabía que ibas tan en serio con ella… perdóname, hijo…Genoveva pasará mañana para tomar café .
Lancelot tragó saliva. Su garganta ardía. Levantó la mano y le acarició el cabello con suavidad.
—Está bien, mamá… no pasa nada… hablemos mientras me sirves una taza de café ahora.
No tenía fuerzas para desmentir nada. No tenía fuerzas para decirle que no amaba a Teresa. Que su corazón… su cuerpo… su alma… ya pertenecían a otro hombre.
Dionisio llegó a su mansión en completo silencio. El motor del auto se apagó con un ronco quejido, y apenas puso un pie en el mármol del recibidor, la tensión se volvió palpable. Tina lo esperaba en la puerta, lista para recibirlo con una sonrisa como siempre, pero aquella sonrisa se congeló en su rostro cuando lo vio.
—¡Dionisio...digo, patrón! —exclamó ella, llevándose una mano a la boca al notar sus ojos enrojecidos, las lágrimas aún resbalando por sus mejillas. Nunca lo había visto así. Nunca.
Él no la miró. Caminó derecho, con paso firme aunque el peso en su pecho lo hacía tambalear. Tina, confundida, intentó acercarse.
—¿Qué pasó? ¿Está herido? ¿Le hicieron daño? —preguntó con voz temblorosa, pero Dionisio solo levantó la mano, en un gesto seco que significaba basta.
—No preguntes nada —dijo con la voz quebrada, casi irreconocible.
La esquivó como si fuese un fantasma en el pasillo y siguió directo hacia las escaleras. Subió los peldaños uno tras otro con rapidez, como si quisiera llegar lo antes posible a ese refugio que era su habitación. Tina quedó abajo, helada, con el corazón en la garganta, sin atreverse a moverse ni a seguirlo.
Al llegar al segundo piso, Dionisio se detuvo apenas para respirar. El eco de sus propios pasos lo acompañaba, y con un esfuerzo se obligó a abrir la puerta de su cuarto. Al entrar, cerró de golpe, apoyando la frente contra la madera, sintiendo que todo su mundo se desmoronaba.
—Que nadie me moleste —fue lo único que ordenó, con voz grave, antes de girar la llave desde dentro.
El silencio se adueñó de la mansión. Tina apretó los labios y bajó la cabeza, con los ojos brillando de preocupación. Nunca había escuchado a Dionisio suplicar de esa manera. No era el hombre de hielo que todos conocían. Algo había pasado… algo demasiado grande para romperlo de esa forma.
Dionisio se encerró en su habitación. Las cortinas estaban corridas y la penumbra lo envolvía como si la casa misma entendiera su dolor. El llanto no cesaba; un sollozo ronco que nacía desde lo más profundo de su pecho, como si estuviera arrancándose la vida a pedazos. Su potro, inquieto en el establo, relinchaba de vez en cuando, como si pudiera sentir que su amo estaba quebrado por dentro, pero sin comprender el peso de ese dolor.
—¿Qué hice yo para merecer esto? —murmuró Dionisio con la voz desgarrada, llevándose las manos al rostro.
En su mente se repetía la imagen de Teresa junto a Lancelot. No era solo la cercanía de ella con el padre de su hijo, era el lazo inquebrantable que ambos compartían, un vínculo que él jamás podría borrar. Teresa, aunque lo negara, siempre tendría a Lancelot en su vida, en su sangre, en su memoria. Y Dionisio sabía que eso era una batalla perdida.
Se levantó con pasos tambaleantes, como si llevara cadenas atadas a los pies. Fue hasta el escritorio y se sirvió un vaso de brandy, pero ni siquiera lo bebió. Lo sostuvo en la mano, mirándolo fijo, mientras el pensamiento más duro le atravesaba como daga: alejarse era lo único correcto.
—O me voy yo… o mando a Lancelot lejos de aquí. Pero alguien debe salir de aquí. —susurró con rabia contenida.
El dilema lo desgarraba. Parte de él deseaba regresar a la ciudad, huir de esa hacienda que solo le recordaba lo que nunca tendría. Pero otra parte, más posesiva y dolida, pensaba en expulsar a Lancelot o luchar por él y apartarlo de Teresa, aunque sabía que eso sería arrancar de cuajo al padre de un niño inocente.
Cayó de rodillas frente a la chimenea apagada, golpeando el suelo con los puños.
—¡Maldita sea! —rugió, con la voz quebrada.
Tina, desde el pasillo, escuchaba los ruidos y apretaba las manos contra su pecho. Nunca había visto a Dionisio de esa manera: derrotado, vulnerable, destrozado. Quiso entrar, consolarlo, pero el tono de su voz cuando ordenó que nadie lo molestara fue claro como un muro infranqueable.
Dionisio no durmió esa noche. Pasó las horas en vela, debatiéndose entre dos caminos: volver a su pasado en la ciudad, donde al menos no tendría que ver ese amor imposible todos los días… o cortar por lo sano y enviar a Lancelot a esa hacienda, sacrificando su amor.
Lo único seguro era que su corazón ya no resistía más.
A la mañana siguiente, el cielo estaba gris, cubierto de nubes cargadas de tormenta. Podía llover en cualquier momento. Lancelot llegó temprano al despacho de Dionisio, con el corazón hecho un nudo. No pudo dormir en toda la noche.
—Patrón… Buenos días ¿me mandó a llamar?
—Buenos días, Lancelot.
Dionisio estaba sentado en su gran escritorio, con su abrigo magenta y el cabello peinado hacia atrás con delicadeza, una camisa blanca y sandalias de cuero. No lo miró. Simplemente firmó un cheque y lo empujó hacia él sobre la mesa.
—¿Para qué soy bueno?
—Aquí tienes tu liquidación y la terminación de tu contrato. Incluye una suma extra como regalo por el nacimiento de tu hijo.
Lancelot lo miró, pálido como la cal.
—¿Qué… qué significa esto? —preguntó con voz ronca sin acercarse—. ¿Me… me está despidiendo?