Desesperación en medio del camino.

1201 Palabras
—Entonces podremos casarnos el fin de semana. Escuchó Dionisio decir antes de salir sin mirar atrás, mientras su corazón sangraba silencioso, repitiendo en su mente con odio y desesperación: "Mío… tú eras mío primero… y siempre lo serás, aunque tengas un hijo… aunque te cases… aunque ames a otra…¿pero como hago para que esto no me reviente el corazón" Lancelot ve como Dionisio sale. —Yo...me alegro que estés bien. Hablemos esto más calmadamente. Yo ahora voy a casa. La hora de visita ya va a cerrar...regresaré mañana. —¿Tan rápido? —Es cierto hija también nosotros debemos irnos. Te dejamos en buenas manos—dice su madre. Lancelot se despide de todos y desde que salió corrió tras Dionisio que ya estaba en el parqueo. Lancelot alcanzó a Dionisio en el estacionamiento, su respiración agitada, con el corazón golpeándole las costillas. Lo vio caminar rápido, con los hombros tensos, como si cada paso fuese un golpe contra el suelo. —¡Espere! —dijo, tomando su mano para obligarlo a girar. Dionisio se detuvo, pero de inmediato se zafó del agarre con brusquedad, como si aquella piel quemara. Sus ojos oscuros brillaban rojos, al borde de un llanto contenido. —¡No me toques! —escupió con rabia—. ¡Vete con tu novia y con tu bendito hijo! Lancelot dio un paso hacia él, intentando calmarlo. —La visita terminó… Solo quiero llevarlo a casa, no debería manejar así. —¡Te dije que si me tocas otra vez te mato! —rugió Dionisio, señalándolo con un dedo tembloroso. El color se le subía al rostro, estaba tan rojo como un tomate, pero no era ira lo que lo desbordaba: era dolor, celos, desesperación. El silencio entre ambos era tan denso que ni el ruido de los autos en la carretera lo rompía. —Usted… usted debía terminar con ella, Lancelot —murmuró Dionisio, y en su voz había más tristeza que rabia—. ¡No embarazarla! ¡No darle un motivo para atarse a ti! Lancelot bajó la cabeza, con el pecho encogido, buscando las palabras que no encontraba. —No lo entiendo… —dijo al fin, casi en un susurro—. Se supone que ella se cuidaba. Ella misma me lo dijo. Yo… yo confié. Dionisio soltó una carcajada amarga, una risa quebrada que se convirtió en un sollozo ahogado. —¿Y ahora qué? ¿Vas a decirme que fue un accidente? ¿Que el destino decidió por ti? ¡Maldito destino! —su voz se rompió, y se llevó una mano al rostro, cubriéndose los ojos húmedos—. Yo… yo no puedo con esto, Lancelot. No puedo. El vaquero dio un paso más, extendiendo la mano con un impulso casi inconsciente, pero Dionisio retrocedió como un animal acorralado. —No me sigas —advirtió, con la voz quebrada, los ojos llenos de lágrimas—. No me sigas… porque si lo haces… me vas a destruir más de lo que ya lo hiciste. Se giró bruscamente, caminando hacia su camioneta. Lancelot lo vio alejarse, impotente, sintiendo que el mundo se le derrumbaba bajo los pies. Cada palabra de Dionisio lo había atravesado como una lanza, clavándose en su pecho. Y mientras el motor del vehículo rugía y se perdía en la distancia, Lancelot se quedó allí, en medio del estacionamiento vacío, con las manos temblorosas y el corazón dividido en dos. “Se supone que debía cuidarlo… se supone que debía ser su fuerza… ¿y ahora? ¿Qué soy para él? ¿Un traidor? ¿Un cobarde?” Las luces del hospital parpadearon tras su espalda, pero Lancelot no las veía. Solo veía el rostro de Dionisio, enrojecido, roto, deshecho, y la certeza de que su vida jamás volvería a ser la misma. El tráfico nocturno iluminaba con destellos rojos y amarillos el rostro crispado de Dionisio. Sus manos, aferradas al volante, temblaban más por la tormenta de emociones que por el rugido de los motores alrededor. La ciudad parecía burlarse de su soledad, de ese vacío que lo devoraba por dentro. A unas calles atrás, Lancelot corría sin importarle los gritos de los transeúntes, ni el dolor que le ardía en los pulmones. No podía permitir que Dionisio desapareciera otra vez, no después de tantos años negando lo que sentía, no después de ver la manera en que la desesperanza lo estaba arrastrando. El semáforo de la esquina cambió a rojo. Dionisio golpeó el volante con rabia, cerrando los ojos un instante, como si quisiera que la oscuridad lo tragara. Entonces, la puerta del copiloto se abrió de golpe. Lancelot, jadeando, con el sudor corriéndole por la frente y los ojos brillantes de determinación, se dejó caer dentro del auto. Dionisio lo miró atónito, incrédulo, con el corazón en un puño. —¿Qué demonios haces? —gruñó Dionisio, con la voz quebrada. Lancelot, aún sin aliento, lo sostuvo con una mirada que no necesitaba explicación. Su voz salió firme, cargada de todo el amor que había callado desde su juventud: —Con usted vine… y con usted me voy. El semáforo volvió a verde, pero Dionisio no arrancó. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba perdido, que esa confesión, tan sencilla y feroz, le devolvía la vida. El viaje de regreso a la hacienda fue en un silencio sepulcral. El vehículo avanzaba entre los árboles y el polvo del camino, mientras el cielo ya estaba ennegrecido. Dionisio duró más de una hora en regresar. Iba a casi cero kilómetros pero Lancelot no se quejó. Lancelot miraba a Dionisio de reojo. Veía su mandíbula tensa, sus nudillos blancos sobre el volante y su respiración agitada, la pantalla del radio del carro roto, y él permanecía rojo como un tomate, como si contuviera un huracán dentro. Finalmente, Lancelot no aguantó más. —No me voy a casar con ella. Si es lo que estás pensando. Dionisio no desvió la vista del camino. Ahora no sabe a qué está jugando Lancelot. —Haz lo que quieras. Pero un bebé no se borra así por así. —Puedo reconocer al bebé sin casarme… —insistió Lancelot, con la voz rota—. No tienes que mirarme así. No es lo que crees… yo… yo te amo a ti. No sabía que saldría embarazada, es la verdad. Dionisio frenó de golpe en mitad del camino. La camioneta chirrió levantando polvo. Lancelot casi se golpea contra el tablero y luego lo mira, respirando con dificultad. —¿No es lo que creo? ¿No sabías que iba a quedar embarazada? ¿acaso no sabes cómo se hacen los bebés? ¿Como confías en una mujer cuando de seguro te dio señales de que quería una familia contigo?Nacen por un buen gustazo y un descuido y tú tuviste ambos—dijo Dionisio con voz baja, casi temblorosa—. Te vi… ¡Te vi muy normalito, Lancelot! Te vi aceptando, te vi sonriendo como idiota cuando dijeron que te casarías… —le gritó, con la voz quebrándosele—. ¡Y yo aquí… como un estúpido… como un perro echado…! ¡Como la cereza fuera del maldito pastel!
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