Lancelot lo ayudó a subir a la cama luego de ayudarlo a desvertir y le dió un beso en la mejilla.
Horas después, mientras Lancelot regresaba a casa de sus padres, aún se siente incómodo de ver lo que vio con trina en Elda espacio de Dionisio, miró los establos a lo lejos, recordaba algo que había enterrado en su memoria:
Era una noche húmeda y calurosa. El padre de Dionisio (cuando aún estaba vivo) salió del granero acomodándose el cinturón, con el sombrero cubriéndole el rostro sudado. Lancelot, de 14 años entonces, estaba cargando fardos de heno y se escondió detrás de los sacos cuando lo vio. Iba con un cigarrillo así que pensó que si lo veía estaría en problemas.
Luego… salió Trina, casi desnuda, con la falda arremangada y la blusa desabrochada hasta el ombligo con sus pechos al aire. Su cabello caía todo desgreñado sobre su espalda sudada, y caminaba cojeando ligeramente como si le hubieran metido dentro algo muy profundo, pero con una sonrisa satisfecha en los labios.
Ninguno de los dos lo vio ese dia, pero desde entonces Lancelot supo que ella era una víbora silenciosa. Se acostaba a escondidas de la patrona con el patrón.
Mientras se mete a su cama, un pensamiento oscuro se le clavó en el pecho.
—Si te atreviste con el padre… también puedes atreverte con el hijo… —murmuró, con la mandíbula apretada—Con toda esta incógnita de la muerte de ambos patrones, sino tuviste nada que ver deberías mantenerte a raya.
Y, sin saber por qué, un escalofrío de odio y celos le recorrió el cuerpo entero.
Al siguiente día se despertó muy temprano, el día le pasó tan rápido que apenas vio a Dionisio no más de dos veces a lo lejos en todo el día, parece que se recordaba de lo que sucedió en su despacho porque se puso rojo como tomate y lo estuvo evitando.
—Pequeño cervatillo ésta avergonzado.
Lancelot, se pasó el día pensativo, acababa de terminar de limpiar los establos, y antes de ir a su casa miro a Dionisio que hablaba con un capataz, pero alguien más lo estaba viendo a él guiarle un ojo a su patrón. Dionisio a penas le dedicó una sonrrisa más avergonzado.
Lancelot no bien había cruzado la puerta de su casa cuando Mariana, su madre, lo llamó a la cocina.
—¡¿Qué diablos haces, muchacho?! —espetó ella, con los ojos azules llenos de furia y preocupación—. Te vi… te vi guiñandole el ojo patrón hace rato, mientras que trina me dijo que anoche lo llevaste a su habitación luego de estar hora muerta en su despacho. ¿Que crees que haces Lancelot? No soy idiota. ¡Explícame ahora mismo qué es eso!
Lancelot bajó la cabeza, respirando con dificultad.
—Mamá… no te metas en esto.
—¡¿Cómo que no me meta?! ¿Acaso te gusta el joven Dionisio o solo estás apegado a él como cuando eran chicos?
—Mama estoy cansado. Esto no es algo para discutir. Trina está siempre de chismosa.
—Lancelot...tienes una novia con clase y prestigio, deja de cometer errores que se mal interpreten. Esa señorita viene casi todos los domingos a la casa, te trae almuerzos, te compra ropa … y tú… tú andas de chistosito con nuestro jefe… —dijo ella con la voz quebrada.
—¡No es así! —gritó él, pero se arrepintió al instante, bajando la voz—. No es así… no entiendes… yo… yo no puedo evitarlo…nos llevamos bien, mamá. No lo entenderías.
—Hijo no me vengas con mentiras.
Mariana negó con la cabeza, con lágrimas llenándole los ojos, sabe que le gusta el joven y está segura que él es el activo es ese embrollo provocando la situacion.Una madre difícilmente se equivoca.
—Te crié mejor que eso. Si me dices que son solo amigos te voy a creer. Pero sabes bien que se trata de algo más, te conozco porque fui la que te parió. Tu padre se va a morir si se entera… Que andas de propasado con el joven amo ¿Qué crees que pasará cuando esa gente de la iglesia se entere? ¿Cuando los peones lo descubran? ¿Cuando Trina lo difunda? ¡Te van a linchar, Lancelot! ¡Sabes que desde siempre ella da la vida por el joven!
Antes de que pudiera responderle, su celular comenzó a vibrar en el bolsillo trasero de su pantalón de mezclilla. Lo sacó con manos temblorosas.
—¿Bueno? … ¿Señora Genoveva? … ¿Qué? … ¿Qué le pasó a Teresa? … Sí, sí, voy de inmediato.
Colgó pálido como un papel. Mariana lo miró con preocupación.
—¿Qué pasa ahora?
—Teresa… está en el hospital. Sus padres dicen que tuvo un desmayo mientras trabajaba y la llevaron de emergencia. Debo ir.
—Ve… ve, pero esto no ha terminado, Lancelot. No te quiero perdiendo tu vida por un capricho o por estar enredado en el pasado.
—Hablemos cuando regrese mamá.
Lancelot salió de la casa, montó su caballo a toda prisa. A medio camino, vió la camioneta negra de Dionisio que venía de la planta de lácteos. El patrón le hizo señas para que se detuviera. Lancelot tiró de las riendas y frenó en seco.
—¿Dónde demonios vas tan rápido, potro? —preguntó Dionisio, bajando la ventanilla con picardia. Piensa que iba a buscarlo.
El dudó un poco antes de responder.
—Teresa… está en el hospital. Se desmayó. Sus padres me llamaron. Necesitan que esté allí.
Dionisio sintió un puñal de celos y miedo atravesarle el pecho. Había pensado que Lancelot había terminado su relación con ella pero se había equivocado. Asintió, reprimiendo su temblor interior.
—Súbete. Te llevo.
No lo dejaría solo. Ni quería verse como un hijo de puta que no le importa a nadie. Además tenía un mal presentimiento y él casi nunca se equivocaba.
Llegaron al hospital rural en quince minutos. Teresa estaba acostada en una camilla, con un suero conectado a su brazo. Su madre lloraba sentada junto a ella, y su padre hablaba con el médico.
—¡Lancelot! —exclamó Teresa al verlo entrar, con voz débil. Sus ojos cálidos se llenaron de lágrimas.
Lancelot caminó hasta ella y le tomó la mano.
—Estoy aquí, Teresa. ¿Qué pasó? —preguntó con voz suave, acariciándole el rostro.
—Estaba mareada… no entendía por qué… me hicieron un chequeo… —dijo, sollozando—. Estoy… estoy embarazada, Lancelot… vas a ser papá.
—¡¿Qué?! —respondió en voz alta Dionisio y todos se quedaron viendo.
¿No se supone que es el padre el que se sorprende más que nadie y es el primero en tomar la palabra?—pensaron algunos de los presentes.
El mundo se detuvo. Dionisio, que estaba de pie cerca de la puerta, sintió como si un abismo se abriera bajo sus pies. Había respondido antes que el padre. Lancelot.
Su respiración se aceleró y tuvo que aferrarse al marco de la puerta para no desplomarse.
—¿Estás… estás segura? —preguntó Lancelot, con la voz rota, casi en un susurro olvidándose de todos a su alrededor, menos de Dionisio que lo mira como quien dice trágame tierra.
—Sí… —respondió ella, sollozando con una sonrisa encantada de la vida—. Vas a ser papá… vamos a formar una familia, ¿verdad?
En ese momento, los padres de Teresa se acercaron. Su padre, un hombre alto de cabello canoso, le palmeó el hombro con fuerza.
—Felicidades, muchacho. Eres un buen hombre, trabajador, decente… no podríamos pedir mejor padre para nuestro nieto. Ahora sí, no tienes excusa de venirte a vivir a nuestra hacienda. Pero… —miró a su esposa, luego a Teresa, y finalmente a Lancelot—. Creemos que deberían casarse antes de que nazca el bebé. Ya sabes cómo es este pueblo. La gente es cruel con las mujeres solteras… y no queremos que la criatura nazca sin tu apellido ni que nadie hable mal de nuestra princesita.
"Princesa mi culo"—piensa Dionisio mordiéndose la lengua para no tragársela.
Lancelot abrió la boca para responder, pero ninguna palabra salió. Estaba en shock y no de felicidad precisamente. Su corazón latía como un caballo desbocado. Miró a Teresa, que lo miraba con ojos de borrego llenos de esperanza y felicidad desmesurada. Miró a sus suegros, con orgullo en sus rostros. Miró, finalmente, a Dionisio.
Y Dionisio… simplemente sonrió, una mueca rota y vacía, como un muñeco de porcelana astillado por dentro. Lancelot quiso morirse en ese mismo momento.
—Está de acuerdo ¿cierto joven patrón de Lancelot?—le dice Don Mauricio a Dionisio que ya empezaba a comerse las uñas. Ya no quería estar allí pero irse así no más, levantaría sospechas o lo haría ver como un hijo de la gran muralla china.
—Felicidades… —dijo Dionisio, con su voz grave y suave—. Todo hombre... sueña con dejar un heredero… y ahora lo tendrás, Lancelot. —Se giró hacia la puerta con la garganta seca—. Los dejo en familia. Tengo cosas que atender mientras tanto. Solo traje a Lancelot para que llegara más rápido cuando me tropecé con él en el camino. Nos vemos más tarde y por supuesto que sí él decide irse no puedo hacer nada.
—Ves hijo, ya tu patrón te dio el visto bueno—le susurra la madre de Teresa.
Dionisio siente que se hunde en el fango mientras Lancelot parecía perdido en sus propios pensamientos.