Encontrando pruebas turbias.

1436 Palabras
—No sé, Mariana… No creo... pero Trina se va a infartar si se entera de tus dudas. Tú sabes que le gusta Dionisio. Como está esta juventud de liberal se puede esperar cualquier cosa. Pero tu hijo se ve muy macho y está comprometido. No creo que batee para ese lado. (pobre ilusa) Efectivamente, Trina estaba en la bodega limpiando los estantes. Sale con un cubo lleno de agua sucia y un trapo, cuando a la distancia, vio a Dionisio y Lancelot caminando hombro a hombro, hablándose con confianza y mirándose con sonrisas suaves camino al despacho. Un nudo de rabia le subió desde el pecho a la garganta. —Maldito seas, Lancelot… no solo vas a meterte en problemas, sino que parece que le gusta el patrón… Si piensa dejarme atrás está muy equivocado, ya que no me funcionó mi plan en el pasado, no estaría mal ponerlo a prueba una vez más con el hijo de los Watson—susurró para sí misma, con los ojos llenos de furia contenida. En el despacho, Dionisio cerró la puerta tras ellos. —Quiero que revises estos papeles conmigo. Si vamos a manejar esta hacienda juntos… hay cosas que no me cuadran del todo—le dijo, acercándose tanto que su aliento chocó contra la mandíbula de Lancelot—. Necesito que aprendas a detectar traiciones o compras no autorizadas cómo estás. Creo que alguien recibía pagos a escondidas. No se sabe por qué servicios. Lancelot bajó la mirada, su respiración acelerada. —Haré lo que usted diga, patrón. —Lo sé, potro salvaje… lo sé. Se sentaron a indagar un poco más entre coqueteos, miradas y palabras con doble sentido. La media tarde era calurosa al día siguiente. El inspector, con su camisa blanca empapada de sudor en las axilas, caminaba detrás del granero con un par de policías rurales y un perro de rastreo. Dionisio los observaba desde la baranda de madera, fumando en silencio. Estaba tomando un descanso. —Señor Watson —dijo el inspector, acercándose—. Encontramos rastros de la sustancia que se usó para dopar al caballo… aquí, detrás del granero. —¿Llombina? —preguntó Dionisio, con un hilo de voz. —Sí. Alguien la mezcló con melaza para dársela en la avena. Este es un lugar alejado del resto del área de preparación de comida de los animales y aún así hay huellas de bota pequeña… probablemente mujer. Estamos recolectando más muestras para verificar si encontramos huellas dactilares. Dionisio cerró los ojos y aspiró profundamente su cigarrillo, con el corazón latiéndole como un tambor en su pecho. —Háganlo rápido. Quiero respuestas —ordenó, con un tono peligroso. Eran casi las cinco de la tarde, cuando Dionisio, ya con unas copas de bourbon encima, se reclinó en su silla de cuero en el despacho. Su abrigo marrón colgaba de la ventana y llevaba solo una camisa blanca abierta hasta la mitad, dejando ver su pecho bronceado y su crucifijo de plata. Miraba el techo, borracho y pensativo. Cada vez que descubría algo nuevo sobre la muerte de esus padres lo llenaban de impotencia. De pronto, la puerta se abrió despacio. —Patrón… —dijo Trina con voz suave, entrando con su falda ceñida y su blusa ajustada. Dionisio apenas levantó la vista, sin interés. —¿Qué quieres? —Verlo… usted no ha comido bien, no duerme la siesta… está tan solito… —dijo ella, caminando hacia él con pasos felinos, moviendo sus caderas amplias. Antes de que Dionisio reaccionara, Trina se sentó a horcajadas sobre sus piernas al verlo fuera de si, la botella casi vacía y el vaso en su mano derramado un poco. Su aroma a talco y sudor dulce le subió por la nariz. —Mire no más como se ha ensuciado, parece un niño pequeño. Déjeme… hacerlo sentir mejor, patrón… yo sé que usted está estresado… —susurró, besándole primero los dedos llenos de alcohol, se los chupaba sin reservas, luego la mandíbula y bajando después a su cuello con labios húmedos. Dionisio gruñó, empujándola levemente, pero ella ya había desabrochado su pantalón y metido la mano. Se agachó frente a él, sacándole su m*****o, que colgaba flácido entre sus dedos largos. —Mierda… —murmuró Trina, mirándolo con sorpresa y decepción. Si fuera su padre ya hubiera estado erecto. Intentó lamerlo, pero no hubo respuesta. Se incorporó rápido cuando escuchó pasos acercarse y luego la puerta. Era Lancelot, entrando con una bandeja de madera. —Mierda, debí haber puesto seguro— murmura entre dientes. —Patrón… mi madre le envía este... pastel de manzanas recién horneado… —dijo él con voz grave, mirando la escena con el ceño fruncido. Trina se acomodó la blusa con manos temblorosas, fingiendo inocencia. —Estaba… limpiando… El patrón se ensució un poco —dijo, alzando un trapo que estaba sobre el escritorio—. El patrón se manchó y lo estaba limpiando… nada más. Le sube la cremallera antes de que el Lancelot se acercara más. Lancelot no dijo nada. Sus ojos azules la atravesaron con desdén. Caminó hasta el escritorio celoso, dejó la bandeja frente a Dionisio y se giró para salir. Antes de irse, miró a Trina por sobre su hombro. —Limpiadora muy entusiasta… —murmuró con sarcasmo. Cuando salió y cerró la puerta, Trina lo miró con furia. Le abrochó rápido la cremallera y tomó el trapo. “Maldito grandulón… igual te vas a enterar quién manda aquí… cuando tenga a su bebé”—pensó. Lancelot regresó a la puerta y la cerro con seguro, se gira hacia Dionisio, como si algo lo hubiese obligado a hacerlo. Dionisio estaba en el sillón, cabizbajo, con la comida intacta frente a él. —No ha probado nada, patrón —dijo con voz más suave—. Debe comer… después de lo del caballo, necesita fuerzas. Dionisio lo miró, con los ojos cansados, como si la vida misma se le escapara. Pero cuando Lancelot partió un trozo del pastel y lo llevó a su boca, Dionisio obedeció como un niño. Abrió los labios y mordió despacio. —Necesita azúcar. El capataz lo observaba con atención, y en ese instante comprendió que no era la comida lo que lo conmovía, sino el gesto. El simple hecho de que Lancelot lo alimentara lo llenaba de una ternura que no recordaba haber sentido jamás. —Está bueno… —susurró Dionisio con un hilo de voz. Lancelot sonrió apenas y continuó, dándole otro bocado, limpiándole con un dedo el borde de los labios. La respiración de Dionisio se volvió más pesada, no de hambre, sino de emoción. Y fue entonces cuando Lancelot lo notó. Entre sus pantalones, su virilidad despertaba, traicionando su aparente debilidad. El vaquero sintió un calor recorrerle el pecho, un hambre distinta, peligrosa. —Patrón… —murmuró, inclinándose hasta quedar frente a él—. Déjeme… ayudarlo. —Trina quería, pero no sé me paró con ella y contigo sólo con verte me hace sentir bien. Dionisio no respondió, solo cerró los ojos, como rindiéndose. Lancelot bajó la mirada, desabrochó con manos firmes la cremallera y sacó aquel m*****o tenso y palpitante. Se inclinó, lo envolvió con sus labios y comenzó a succionar despacio, con un cuidado reverencial. Un gemido escapó de Dionisio, grave y contenido. Su mano temblorosa se posó sobre la cabeza de Lancelot, acariciando su cabello rubio, aferrándose como a un salvavidas. —Lancelot… —jadeó, con la voz cargada de placer y dolor—. No sabes… cuánto te necesitaba. El vaquero aceleró, tragando cada embestida de aquel cuerpo desesperado, hasta que Dionisio se arqueó y estalló en su boca, soltando un gemido ahogado que llenó la habitación. Lancelot lo sostuvo, lo limpió con delicadeza, y lo acomodó en el sillón, besándole la frente como si acabara de salvarle la vida. —Ya está, patrón… descanse. Yo lo llevo arriba. Con una facilidad que contrastaba con la intimidad del momento, lo levantó en brazos, sujetándolo con firmeza. Dionisio, exhausto, apoyó la cabeza en su hombro, murmurando apenas: —Contigo… me siento a salvo. Mientras subían las escaleras, Trina los observaba desde la esquina del pasillo, con los ojos encendidos de rabia. Mordía el trapo que aún llevaba en las manos, susurrando entre dientes con veneno: —Maldito grandulón… tarde o temprano lo arruinaré. Y cuando cargue en mi vientre al heredero Larousse, veremos quién ríe al final. Pero en esa noche, en ese instante, solo existían Dionisio y Lancelot, fundidos en un pacto silencioso de deseo, protección y un amor que, aunque prohibido, comenzaba a arder como fuego imposible de apagar.
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