Cuentas ocultas.

1762 Palabras
Teresa llegó al mediodía, conduciendo su camioneta roja, levantando polvo sobre el camino de gravilla. Llevaba un vestido ajustado floreado y sandalias de tiras. Su cabello castaño brillaba bajo el sol de Oklahoma, perfectamente peinado. Había ido a la casa principal pero allí le habían dicho que Lancelot estaba en los establos. Cuando entró al corral, buscó con la mirada a Lancelot. Lo encontró junto al establo número cuatro, hablando con Dionisio. A la distancia, observó con el ceño fruncido cómo su novio reía suavemente ante algo que Dionisio decía. Lancelot estaba inclinado hacia él, sus brazos llenos de músculo tensos mientras arreglaba la montura del caballo n***o llamado avalancha. Dionisio le acariciaba la nuca suavemente, quitándole una pajita de heno que se le había pegado al cabello rubio y húmedo. Teresa parpadeó varias veces, sintiendo un frío recorrerle la espalda. “¿Desde cuándo su patrón se toma esas confianzas…? ¿Y Lancelot… desde cuándo le permite que lo toque así…y más si se trata de otro hombre?”— pensó con un nudo en el pecho. Se acercó con paso firme, con su perfume chillón llegando hasta ellos antes de su voz. —Buenas tardes. Espero no interrumpir. Hola, amor —dijo, forzando una sonrisa mientras miraba fijamente a Dionisio—. Te llame antes y no contestaste.. —Teresa, buenas tardes. —Buenas tardes—respondió Dionisio con frialdad, apartando la mano de la nuca de Lancelot—. ¿Qué la trae por aquí tan temprano? —Vine a ver a mi hombre —respondió con un brillo venenoso en los ojos—. No le molesta ¿Cierto? ya es hora de haber terminado sus horas laborales. Dionisio no respondió. Simplemente se giró hacia su caballo, acariciándole el cuello con lentitud. —Pero Teresa. yo no puedo ahora.. —Lancelot, cuando termines aquí, ve a mi despacho. Tengo algo que enseñarte sobre las exportaciones de leche a Boston. —Sí, patrón —respondió Lancelot, con la cabeza baja. —Es un placer hablar con usted pero tengo cosas que hacer. Hasta luego. Dionisio montó a avalancha y salió galopando con elegancia. Teresa lo miró con incredulidad. —¿Vas a ir a su despacho… así nada más? Es casi la hora de tu cena ¿se te olvidó que ibamos a comer juntos? —preguntó, conteniendo su enojo. —Es mi trabajo, Teresa, No vuelvas a aparecerte sin avisar y si llamas asegurate que te responda antes de venir. A mi patron no le gusta que extraños entren a sus tierras sin permiso. —No me digas eso, desde que tu jefe se mudó aqui andas rarito. —¿Como raro? Hoy hubo otra investigacion y no estamos de humor por aqui, dejemos esto para otro dia. Cuidate de regreso... —respondió él con voz grave y firme, caminando hacia el establo, dejándola sola con su inseguridad creciendo como hiedra venenosa en el corazón. A las cinco de la mañana siguiente, Dionisio no pudo conciliar el sueño. Se había pasado toda la noche trabajando con Lancelot, cenaron en el despacho y hasta tomaron whisky pero nada sucedió entre ellos, pero no podía apartar la mirada de sus músculos o sus ojos. Se levantó, se colocó unos pantalones de lino verde olivo y una camisa blanca ligera. Caminó hasta la casa de los capataces, donde vivía Lancelot con sus padres. La noche anterior decidió no dormir en la mansión principal. Los gallos cantaban y las vacas mugían pidiendo ser ordeñadas. Los padres de Lancelot ya estaban despiertos, sentados en la mesa de madera desayunando pan de maíz y café n***o. —Buenos días, patrón —dijo la doña con un pañuelo amarrado en la cabeza, levantándose rápido para servirle café. —Buenos días. No vengo a desayunar… vengo a buscar a Lancelot. ¿Está despierto? —No, se acostó muy tarde anoche jodiendo con el tractor para que este listo para hoy, pero puede pasar. Está en su habitación —respondió su padre, con respeto, haciendo un gesto hacia la puerta del fondo. Dionisio caminó hasta el cuarto de madera. Empujó la puerta sin tocar. Allí estaba Lancelot, desnudo sobre su cama de sábanas beige, cubierto apenas hasta la cintura. Su torso ancho subía y bajaba al ritmo de su respiración profunda, con una mano sobre la almohada y otra sobre su vientre musculoso. Su cabello rubio estaba alborotado, y su boca ligeramente abierta mientras dormía como un niño exhausto. Dionisio tragó saliva al verlo erecto tan temprano. Un cosquilleo le recorrió la entrepierna. Se acercó a la cama, se inclinó sobre él y le susurró: —Despierta, potro salvaje. Tengo mucho que enseñarte hoy. Lancelot abrió los ojos lentamente. Al ver a Dionisio tan cerca, sonrió adormilado. —Patrón… ¿ya amaneció? —Hace rato…tu amigote despertó primero que tú —le susurra mirando el trozo de carne de su entrepierna erguida apuntando casi al techo — vístete y ven a mi despacho. Hoy vas a aprender más de mí… y de esta hacienda… —le dijo con una mirada cargada de deseo, no pudo soportar no acariciarlo un segundo. —Me levanto enseguida. —Ocúpate de esa erección primero. Salió del cuarto antes de perder la poca compostura que le quedaba y terminar montándolo alli mismo. El reloj marcaba las siete de la mañana cuando Dionisio, con los ojos rojos de desvelo, terminaba de revisar los balances del año anterior en el despacho familiar. Tenía papeles esparcidos sobre el escritorio de roble, la luz cálida de la lámpara iluminando su rostro serio y el retrato de su difunta hermana, sonriéndole desde la pared. Había estado enseñando a Láncelo un poco de finanzas, conteniéndose de no brincar sobre él y comérselo a besos. Quería formarlo para que sea de ayuda y su mano derecha en la administración de la hacienda, ya que sus familiares solo eran un cero a la izquierda. Para su pesar Lancelot tuvo que ir a los corrales porque una vaca estaba a punto de dar a luz. Así que Dionisio se quedó solo en su despacho luego de desayunar algo rápido. —¿Por qué diablos…? —murmuró, tecleando en su laptop mientras revisaba el historial de movimientos bancarios de la hacienda. Entre las columnas de números, un depósito de 5 mil dólares mensuales durante seis meses a una cuenta desconocida le heló la sangre. Revisó el destinatario: Fondo Agropecuario Resguardo R-0091. Ninguna descripción adicional. En ese momento, tocaron a la puerta. —Patrón, ¿puedo pasar? —era Gloria Navarro, su ingeniera agroindustrial. —Adelante, Gloria. Bienvenida. Que bueno que llegaste rápido. Ella entró con su carpeta de cuero marrón, su cabello caoba rizado suelto sobre los hombros, oliendo a perfume de flores. —Traigo los reportes de la planta de quesos. Pero… patrón, ¿se encuentra bien? —preguntó, notando sus ojeras. —No dormí nada. Gloria, ¿tú recuerdas si este fondo agropecuario está asociado a nosotros? —Le giró la laptop, mostrándole la pantalla. Gloria arqueó una ceja y ajustó sus lentes. —No… jamás he visto ese número de cuenta en las facturas de la planta ni de distribución. ¿Desde cuándo aparecen esos pagos? —Seis meses antes del accidente de mis padres… quiero saber quién autorizó esto o quién lo recibió. Gloria tragó saliva. —Podría ayudarle a revisar los correos y firmantes en el sistema contable. Si le parece, llamo a Samuel para que revise las firmas físicas en la caja fuerte. O podemos comunicarnos con el abogado y mirar los estados de cuentas de la empresa en el banco central. —Hazlo. Ahora. Quiero una respuesta para esta semana, lo más tardar —ordenó Dionisio, con un tono que no admitía réplica. Gloria asintió y salió rápido. Minutos después, entró Samuel, el herrero de la hacienda que se encargaba de los trabajos minoristas de la empresa, con su sombrero polvoriento en mano. Iba acompañado de su esposa Abigail, la costurera, quien se ofreció a traerle café caliente recién hecho al patrón. —Samuel, ¿tienes conocimientos de algún trabajo adicional dentro de la hacienda que haya sido pagado mensualmente o de algún proveedor de algún servicio que mi padre haya contratado durante los seis meses?—preguntó, mostrando la carpeta de pagos impresos. Samuel ajustó sus lentes de leer y revisó una por una. —Es la firma de su padre… pero aquí… —se detuvo, frunciendo el ceño— esta letra… no es de él. Su padre escribía la 'A' de Arturo y la ‘W’ de Watson siempre más grande que el resto de las letras. Esta está abierta. Esto parece falsificado o alguien más intentó firmar como él. —¿Quién tenía acceso a estos documentos y a su sello? —Emiliano, su amigo, como veterinario tenía acceso a la bóveda cuando debía retirar efectivo para compra de medicinas o alimentos en el pueblo. También su madre Bernina le daba autorizaciones a Mariana cuando compraba grandes cantidades de alimentos. Pero Mariana nunca firmaba. Ella pedía a la señora que firmara. —¿Y Trina? —No, patrón. No que yo sepa. Trina solo limpia la cocina, pela yuca y víveres… Y le hacía mandados al patrón—dijo Samuel, serio—En cuanto a trabajos extras en la hacienda se pagaba en efectivo. Nunca transferencias. Puede verlo con el abogado financiero. —Gracias, pueden retirarse. Cuando se fueron, Dionisio se masajeó el puente de la nariz, sintiendo un hormigueo de rabia en los ojos. “Emiliano… ¿por qué tú?” Horas después, mientras inspeccionaba la bodega de alimentos, vio a Lancelot cargando sacos de heno en su hombro ancho y firme. Sus brazos estaban tensos, sudados, sus venas marcadas como raíces en un tronco fuerte. La vaca había salido bien del parto junto a su novillo. —¡Lancelot! —llamó Dionisio. El rubio volteó, con una sonrisa suave al verlo. —Patrón… ¿todo bien? —Ven. Necesito enseñarte algo en el despacho. Ahora. —Sí, patrón. Mientras caminaban juntos, pasaron por la cocina, frente a Mariana Harris, la madre de Lancelot, que sacaba pan de maíz recién horneado del horno. Su cabello rubio cenizo estaba trenzado y su rostro arrugado mostraba preocupación al verlos tan juntos. Miró a Carlota Esquivel, la madre de trina, que picaba plátanos verdes, y susurró: —Ese patrón está muy pegado con mi hijo…lo busca a cada hora como si no pudiera hacer nada sin él, hasta se quedan horas a solas en su habitación ¿tú crees que…? Carlota suspiró, sin mirar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR