Cuando los ojos hablan

1482 Palabras
Al desmontar Lancelot la silla se dió cuenta que una correa estaba visiblemente cortada con una navaja. Su corazón casi se detiene en su pecho. —Debo disculparme correctamente. Esto debe ser investigado. Alguien deliberadamente cortó la correa. Lancelot siguió a Dionisio minutos despues, no quería que las cosas terminara asi. Sabe que es el responsable si le llega a pasar algo a su patrón. Sube las escaleras y entra sin tocar. Dionisio ya estaba sin ropa, en el baño. —¿Que haces aquí? ¿Ahora entras sin tocar la puerta? —Le quite la silla al caballo y me di cuenta de que alguien deliberadamente puso ese caballo allí. La correa estaba cortada, talvez con un cuchillo. Creo que intentaron hacerle daño. Dionisio se quedó inmóvil. Sus ojos se nublaron, como si el pasado regresara con la misma crudeza de aquella noche que lo había dejado huérfano. Se aferró al borde del lavamanos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. —¿Ves por qué no confío en nadie? —murmuró, su voz quebrada, apenas audible—. Si pudieron matar a mis padres, ¿qué les costaría hacer lo mismo conmigo? Estoy marcado, Lancelot… condenado a no llegar a viejo. Lancelot, sin apartar la vista de él, avanzó despacio. La respiración profunda del hombre llenaba el silencio, contrastando con la vulnerabilidad del joven frente a él. —No hable así, mi señor. —Su tono fue firme, aunque con un dejo de ternura—. Mientras yo respire, nadie pondrá un dedo sobre usted. Pueden intentarlo, pueden maquinar en las sombras… pero jamás lo alcanzarán si yo estoy cerca. Dionisio alzó la mirada hacia él. Sus ojos brillaban, no de orgullo ni de arrogancia, sino de miedo. Ese mismo miedo que se empeñaba en ocultar tras su temple frío. —¿Y si un día no llegas a tiempo? —preguntó con la voz rota—. ¿Y si la navaja que cortó esa correa apunta luego a mi cuello? Lancelot se acercó un paso más. Lo miró fijo, con una lealtad casi dolorosa. —Entonces, caeré antes que usted. Las palabras fueron tan graves, tan definitivas, que Dionisio perdió el aliento por un instante. El eco de aquella promesa lo sacudió por dentro. De pronto, ya no fue el joven heredero temido y respetado, sino un muchacho vulnerable, temblando en la penumbra. Lancelot, con una prudencia casi reverente, apoyó una mano en su hombro desnudo. El contacto fue un ancla. Un recordatorio de que, aunque el mundo se llenara de enemigos ocultos, no estaba solo. Dionisio cerró los ojos y por primera vez permitió que alguien sostuviera el peso de su miedo. —No quiero morir como ellos, Lancelot —susurró, con un dolor tan profundo que rompía el aire—. No ahora. No así. El granjero apretó más su hombro, inclinándose apenas. —No lo hará, mi señor. No mientras yo tenga vida. Yo estoy aquí para usted. El silencio que siguió fue denso, cargado de un pacto tácito, más fuerte que cualquier juramento ante un altar. Lancelot sintió un nudo en la garganta. Dionisio se inclinó y lo besó. Fue un rose apenas, pero fue suficiente para detonarlo. —Te necesito, Lancelot. —Yo también lo necesito. ¿Puedo tenerlo para mi? Dionisio se metió con él en la bañera que ya estaba lista. —Espere, deje que me quite la ropa. — No puedo esperar. Antes de poder responder, Dionisio se incorporó apenas, sus manos temblorosas bajaron hasta su cinturón, lo desabrocharon, bajaron la cremallera con lentitud, dejando al descubierto su virilidad gruesa y palpitante bajo el agua caliente. Con movimientos lentos, Dionisio se subió a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza rozarle la entrada hinchada y sensible. Un gemido bajo escapó de su garganta. Sus ojos miel, enrojecidos por el llanto, miraron a Lancelot con desesperación. —Alguien asesinó a mis padres… y hoy intentaron matarme a mí… —susurró mientras comenzaba a bajar, sintiendo cómo se abría poco a poco, su cuerpo temblando bajo el agua—. No sé si… mañana… estaré vivo… así que… hazme sentir que… pertenezco a alguien… aunque sea… por este dia. —Dionisio… —gimió Lancelot, con su voz grave quebrándose, mientras sus manos grandes lo sostenían de las caderas, ayudándolo a bajar con cuidado en su eje. Dionisio rebotaba suavemente, sus gemidos se mezclaban con el chapoteo del agua. Sus uñas se hundieron en los hombros de Lancelot mientras su cabeza caía hacia atrás, dejando expuesto su cuello marcado, tembloroso y vulnerable. Lancelot empujó sus caderas hacia arriba con fuerza y bajó de golpe, llenándolo por completo hasta el fondo. Dionisio gritó bajo, sus paredes internas abrazándolo con desesperación. —Más… —suplicó, con lágrimas cayendo de sus ojos—. Más fuerte… quiero… sentir que estoy vivo… quiero sentirte… todo. Lancelot obedeció. Sujetó sus caderas y comenzó a embestirlo bajo el agua, haciendo que las ondas rebotaran contra los bordes de la bañera, salpicando todo el suelo. Dionisio se arqueaba, sus botoncitos rosa duros rozan el pecho firme y mojado de Lancelot, su hombria golpea contra su vientre plano cada vez que bajaba con fuerza. —Me estás volviendo loco… —murmuró Lancelot con la voz ahogada por el placer y el dolor de verlo tan roto—. Quiero que seas solo mio...no muestres estas expresiones a nadie más… Los músculos de Dionisio comenzaron a tensarse, sus paredes internas apretaron con fuerza y un líquido claro y abundante brotó de su virilidad sin que necesitara tocarse, manchando el agua ya turbia de secreciones, sudor y lágrimas. Finalmente, sus cuerpos temblaron al unísono, derramándose juntos, exhaustos y empapados, sin separar sus cuerpos ni un milímetro. Lancelot lo sostuvo entre sus brazos un momento, con su cabeza apoyada en su pecho, escuchando sus latidos rápidos pero calmados. Luego lo levantó con cuidado, su m*****o aún dentro de él, y lo sacó de la bañera. Lo hicieron por segunda vez, y al terminar tomaron una ducha juntos. Luego lo secó con una toalla, lo limpió con delicadeza entre sus piernas, retirando los restos de su pasión, antes de recostarlo en la cama, arropándolo con las sábanas frescas. Dionisio ya estaba dormido cuando Lancelot le acarició el rostro con ternura y susurró: —No dejaré que nadie te toque… ni te haga daño… te protegeré… incluso de ti mismo… Apagó la luz y salió de la habitación en silencio, dejando atrás el eco de un amor oscuro, prohibido y cada vez más profundo. La primera ronda de interrogatorios comenzó al amanecer. La policía local, junto al inspector principal, habilitó un pequeño salón de reuniones junto a la oficina administrativa de la hacienda Larousse. Uno a uno, los empleados iban entrando con rostros tensos, algunos con el sombrero en la mano, otros sudando de nervios o tristes. Mas de doscientos empleados fueron interrogados. El primero fue Hugo, el capataz. Salió con la cara roja y el ceño fruncido. Le siguió Trina, que se retiró con una sonrisa burlona en los labios, moviendo sus caderas de forma exagerada frente a los oficiales. Luego, fue el turno de Lancelot. Dionisio observaba desde la ventana de su despacho, de pie, con los brazos cruzados y el corazón golpeándole el pecho con fuerza. Cuando Lancelot salió después de casi treinta minutos, caminó directo hacia él, sin expresión en su rostro bronceado. —¿Te preguntaron mucho? —inquirió Dionisio apenas abrió la puerta. —Quieren saber sobre el día del accidente, quién ensilló el caballo, quién le daba de comer, quién lo bañaba… cosas así. —Se encogió de hombros, quitándose el sombrero y peinándose el flequillo mojado de sudor hacia atrás—. Les dije que yo estaba con el semental nuevo en la semana, no vi nada raro. Pero ese dia fui enviado por tu papa a comprar alimento para los animales. Lo comprobaron con las facturas de ese dia y dos peones que me acompñaron. Parece que tambien tienen el testimonio y videos de Israel, el dueño de la agropecuaria. Pero en cuanto a su accidente aún no tienen nada. —Bien… —dijo Dionisio, suspirando, pero sin apartar la vista de él. Un silencio pesado se instaló entre ambos. Fue roto cuando el inspector golpeó la puerta suavemente, pidiendo entrar para entregarle un informe preliminar a Dionisio. Habian trece sospechozos cinco de ellos nuevos o sin recomendacion. Al retirarse, Lancelot lo miró de reojo, preocupado. —Patrón… —dijo, con voz grave—. No confíe en nadie… ni en mí si no es necesario. Dionisio lo miró con el ceño fruncido. Se acercó hasta quedar frente a él, tan cerca que podía oler su aroma a cuero, tierra y jabón neutro. —Tú… eres el único en quien confío. Lancelot bajó la mirada, tragando saliva con fuerza. —Gracias...espero que el culpable sea atrapado.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR