Montura suelta.

1632 Palabras
La camioneta de Teresa se detuvo frente a la pequeña casa de los capataces. Lancelot bajó sin decir nada, no quería ir a la mansión principal, no a esa hora. Tenía el rostro serio, cansado, y su camisa arrugada. Teresa lo miró con un dejo de ternura y lástima. No le dió mucha mente a lo que sucedió, lo atribuyó a la bebida y el estrés, ella reconoce que es la intensa de la relacion. Se inclinó sobre el asiento, sujetándolo de la nuca, y le dio un beso en la boca, un beso suave pero cargado de una posesividad que ya no tenía sentido. —Te amo, Lancelot… no lo olvides —murmuró—. Descansa. —Gracias por traerme —respondió él sin emoción, cerrando la puerta. —Bien, te llamo mañana. El bajó del vehículo cerrando la puerta con suavidad. La camioneta arrancó, levantando polvo en la madrugada. Lancelot se giró para entrar en su casa, pero algo lo detuvo. Sintió una presión invisible en su pecho. Levantó la vista hacia la gran casona iluminada tenuemente y allí, detrás de una de las ventanas del segundo piso, estaba Dionisio, parado en su habitación, mirándolo con un rostro inexpresivo, pero con sus ojos encendidos de molestia. Sus miradas se encontraron durante un segundo que se sintió eterno. Lancelot agachó la cabeza con respeto y entró a la casa de sus padres, dejando al patrón mirando la noche oscura con el corazón hecho un nudo de celos y frustración. —"Maldito Lancelot"— pensó. La mañana siguiente amaneció con un cielo despejado y aire fresco que olía a tierra húmeda y pasto recién cortado. Dionisio no durmió nada. A las seis en punto ya estaba en el despacho de su difunto padre, revisando uno a uno los documentos que su madre guardaba en carpetas de cuero n***o. Sobre el escritorio encontró un archivador de madera maciza con varias carpetas etiquetadas por año. Comenzó a revisarlas, sin prisas, sin omitir nada. Entre las facturas, contratos y notas de compra-venta, halló algo que le aceleró el pulso: una serie de depósitos millonarios hechos desde la cuenta principal de su padre hacia cuentas externas, a nombre de personas extrañas y algunas empresas fantasmas.. Su ceño se frunció. —¿Qué demonios es esto…? —murmuró, sacando el cuaderno de anotaciones contables de su padre. Allí estaban registrados también los pagos mensuales a todos los empleados de la hacienda, desde los cocineros y mozos hasta los veterinarios y peones de limpieza. Incluso encontró pagos generosos realizados cada dos meses a sus tíos, con el concepto de “compra de parte proporcional de terreno familiar” "pago de sueldos de empleados" "Y préstamos pendientes de pagos para ellos mismos". —Así que… les pagaba… y aún así querían más… encima le deben dinero. Esto no se quedará asi—susurró con amargura. Se recostó en la silla de cuero, frotándose los ojos. Su pecho ardía de rabia y dolor. El despacho aún olía a tabaco y ron. Todo allí le recordaba sus regaños, sus enseñanzas y su voz grave diciéndole que algún día todo sería suyo, que debía ser fuerte para defender lo que le pertenecía, que debía ser sabio y no ser engreido. Cerró los ojos, respirando hondo para no quebrarse. Su corazón latía con fuerza y su mente no dejaba de pensar en Lancelot. En esa mirada suya llena de sometimiento, en su cuerpo perfecto sobre él, en su manera de domarlo como un potro rebelde. Sacudió la cabeza y se obligó a enfocarse. Tomó una libreta nueva, un bolígrafo n***o y comenzó a anotar cada gasto, cada pago, cada montones préstamo y cada depósito extraño. Cuando terminara ese inventario, saldría a cabalgar. Necesitaba sentir el viento en su rostro, el peso de su caballo bajo su cuerpo, la libertad de ser solo él y la tierra. Y quizás, si Lancelot aparecía en su camino, lo haría pagar el precio de haber recibido un beso de otra frente a sus ojos. Si, porque él vio la noche pasada el beso que esa mujer le propinó, con tanta pasión. En su interior, Dionisio estaba decidido. “Si este potro es mío… lo será por completo… y nadie más volverá a montarlo, pero debo castigarlo por estar de resbaloso.” El sol aún no había alcanzado su punto más alto cuando Dionisio salió al campo con paso firme, vestido con su camisa blanca arremangada, jeans ajustados y sus botas marrones recién lustradas. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, dejando su frente despejada y su expresión fría como el acero. Caminó hacia el establo y vio a su caballo favorito ya listo, atado en la cerca, con la silla colocada. Sin pensarlo, montó con elegancia y jaló las riendas para dirigirlo hacia el campo abierto. Necesitaba sentir la velocidad bajo sus muslos, el viento despeinándole, la sensación de libertad que solo un caballo al galope podía darle. Desde la baranda de madera del rodeo, Lancelot lo miraba con los brazos cruzados sobre su pecho amplio, el sol iluminando su cabello rubio y sus ojos celestes como el cielo. No quiso ser el primero en acercarse. Siente que hizo algo malo. —"El patrón es tan bonito"—pensó. Mientras su mente vagaba en la apariencia de su patrón, notó algo extraño en la montura, un amarre flojo que colgaba cerca del estribo izquierdo. Su corazón se aceleró. —¡Patrón! —gritó con fuerza, bajando de un salto de la baranda—. ¡Deténgase! Pero Dionisio no escuchó, o no quiso escuchar. Solo se giró con fastidio sobre el caballo, sin detener el paso. Pensó que simplemente quería persuadirlo o mentirle sobre lo que pasó la noche anterior con su novia. —Malficion es su novia, no tengo derecho de ponerme asi—murmura para si mismo —¿Por qué demonios me gritas ahora? —alcanzó a decir, antes de que la silla se ladeara de golpe. Lancelot al ver que no le hacía caso montó su caballo y corrió detrás. Todo ocurrió en un segundo: el cuero de la cincha cedió, la silla se volcó hacia un lado. —!Ahhh¡ Dionisio perdió el equilibrio, pero antes de que su cuerpo se fuera contra el suelo, un brazo fuerte lo sostuvo por la cintura y lo levantó con un tirón brusco. Lo trajo hacia su pecho. El caballo se encabritó, relinchando nervioso. Lancelot, montado en su propio corcel, lo sujetaba con firmeza, manteniéndolo erguido mientras sus pechos se rozaban y sus rostros quedaban a escasos centímetros. Podía sentir el calor que emanaba de su pecho desnudo bajo la camisa abierta y el perfume tenue de su sudor mezclado con jabón y heno. —¿Está bien, patrón? Tranquilo te tengo—preguntó Lancelot con la voz ronca por el esfuerzo, inclinado hacia su rostro con sus ojos fijos en los suyos, llenos de preocupación genuina. Dionisio sintió su corazón retumbar en las costillas. Sus labios estaban tan cerca que podía contar las pequeñas pecas sobre la nariz recta de Lancelot. Por un segundo, solo un segundo, se dejó embelesar por su mirada azul y su respiración agitada. Pero entonces, como un látigo, el recuerdo de Teresa besando esa boca horas antes le quemó la mente. La rabia le subió por el pecho y le endureció la mandíbula. —¡Suéltame, bruto! ¡Casi me matas!—espetó, empujándolo con fuerza—¿Quién ensilló ese caballo? En ese momento llegaron corriendo varios peones del rancho, alertados por los relinchos y el grito. Miraron la escena con ojos preocupados y asustados. —¿Qué pasó, patrón? ¿Está bien? —preguntó Hugo, el capataz principal, acercándose. Lancelot desmontó ágilmente y luego ayudó a Dionisio a bajar con cuidado, sosteniéndolo por la cintura hasta que sus botas tocaron la tierra. Dionisio respiraba agitado, intentando recuperar el control. Su pecho subía y bajaba con violencia mientras lanzaba miradas de furia contenida a su alrededor. —¿Quién… —dijo con voz alta, cargada de veneno— …quién diablos hizo el montaje de ese caballo? Los peones se miraron entre ellos, nerviosos, moviendo las manos y encogiéndose de hombros. Ninguno se atrevía a responder o ninguno tenía idea. —Patrón… —dijo Lancelot con calma, poniendo su mano enorme sobre su hombro—. La silla no estaba bien asegurada. Si nadie se lo entregó usted no debió montarlo sin que yo revisara antes. Posiblemente fue ensillado ayer. Dionisio le apartó la mano con un manotazo y lo fulminó con los ojos. —¡Estaba ensillado, Lancelot! ¡Estaba listo! ¿Acaso no es tu trabajo verificar todo antes de que yo salga? ¿O estabas demasiado ocupado besuqueándote con tu novia anoche como para hacer tu trabajo hoy? El silencio cayó como plomo entre los hombres. Lancelot apretó la mandíbula, conteniendo su respuesta. Su pecho subía y bajaba con rabia, pero bajó la vista con humildad. —Fue mi error. Me disculpo, patrón. Dionisio le sostuvo la mirada un segundo más, viendo cómo el rubio respiraba hondo para tragarse el orgullo. Un calor extraño le recorrió la espalda, un placer oscuro al verlo obedecer como un potrillo bien domado. Pero al final no sintió placer por hacerlo sentir mal, al contrario se sintió frustrado. —Encárgate de arreglar esa silla. Si me hubiera caído, te juro que te haría pagar cada hueso roto con tu vida —escupió, girándose con elegancia para caminar de regreso al establo. Mientras se alejaba, su corazón latía desbocado, cargado de celos y deseo. Porque en su mente, solo podía repetirse una cosa: “Si no fuera por esos labios que otra ya besó… lo besaría ahora mismo, aquí, frente a todos, y le mostraría a quién pertenece este potro indomable.”
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