Él no apartó la mirada de la carretera, pero su mano encontró el control del vibrador en su bolsillo y lo encendió a una intensidad media. Jessica gimió, agarrando el asiento con fuerza. —¿Y si yo te ordenara que te lo cojas? —preguntó, esta vez con un tono más oscuro, más dominante. Ella lo miró, sorprendida, pero una sonrisa picarona se dibujó en sus labios. —Siempre haré lo que me pidas. Esa respuesta fue suficiente para que Francisco perdiera el poco control que le quedaba. Apretó el acelerador, llevando el auto a una velocidad peligrosa mientras el vibrador seguía zumbando entre las piernas de Jessica. No hubo paciencia para llegar a casa. Francisco desvió el auto hacia un camino solitario, alejado de miradas indiscretas, y estacionó bruscamente. —Desnúdate, mi niña —orden

