—Quédate así… no te muevas —ordenó él, jadeando, mientras buscaba su teléfono con manos temblorosas. —Sí, papi —susurró ella, obedientemente inmóvil, sintiendo cómo el líquido pegajoso comenzaba a enfriarse en su piel. Francisco no pudo resistirse. Tomó foto tras foto, capturando cada ángulo de su hija deshecha, su rostro manchado, sus labios entreabiertos, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de vergüenza y excitación. "Me siento tan sucia… pero me encanta", pensó Jessica, conteniendo un gemido al ver la manera en que su padre la observaba, como si fuera un tesoro que acabara de descubrir. "Complacerlo… eso es todo lo que quiero". Cuando Francisco terminó, guardó el teléfono y le acarició la mejilla con el pulgar, esparciendo aún más su semen sobre su piel. —No te muevas ha

